Capítulo 22 #2
Cuando salimos de una cueva en la pared del acantilado ya está oscureciendo, y el cielo está lleno de humo.
Estamos en la playa donde antes se encontraba el campamento de Wyvernmire, pero todas las tiendas están calcinadas, y solo quedan las estacas de metal, que reflejan el brillo de las antorchas usadas por los rebeldes para poder ver y manipular sus Speerspitzes.
Veo un agujero negro en la arena: el detonador debe de haber explotado.
En lo alto de la colina hay un avión lanzallamas derribado.
El enfrentamiento sigue en todo su apogeo y la arena está cubierta de cadáveres.
Cadáveres de guardias y de rebeldes. Cadáveres de dragones.
Ruth se agacha junto a una figura menuda, vestida con pieles. Luego levanta la vista y veo las lágrimas que le caen por el rostro.
Cuerpos de niños.
Apenas puedo contener un grito de horror.
Marquis, Serena y Freddie siguen luchando, con el rostro manchado de sangre y hollín. A su lado están Hollingsworth, Sophie, Gideon y Cormac, y todo un grupo de rebeldes y guardias. Y el cielo sigue lleno de dragones búlgaros.
—¡Viv! — grita Marquis, cuando nos acercamos a las Speerspitzes.
Salta a la arena y me abraza, con la ropa empapada en sudor. Huele a pólvora y tiene los ojos rojos de agotamiento. Mira a Atlas y luego a Ruth.
—¿Dónde habéis estado? — dice Serena, mientras carga otra esfera cargada de veneno en el cañón de una Speerspitze.
Freddie, a sus espaldas, ajusta la posición del arma.
Vemos correr a un grupo de rebeldes y luego una sombra que se cierne sobre la playa.
Es Krasimir, que nos pasa por encima, con el cuello ensangrentado.
Consigue agarrar a un humano y se lo lleva volando, para luego soltarlo, lanzándolo contra las rocas.
—¡Ahí va! — grita Freddie.
Krasimir se gira y planea hacia nuestra posición, con restos de entrañas en las garras.
Veo a Aodahn, Cindra y Aberdine surcando el cielo.
Atacan desde lo alto. Son mucho más pequeños que Krasimir, pero consiguen abrirle cortes en la piel, como buitres hambrientos.
Otros guivernos atacan desde el suelo y, cuando Krasimir se lanza hacia ellos, desaparecen por los agujeros de la arena en un abrir y cerrar de ojos.
Freddie gira el arma en dirección a Krasimir, pero el bolgorith vira hacia un lado y esquiva el disparo de Serena.
Otro bolgorith suelta una llamarada en dirección a los guivernos y, cuando Aberdine se eleva para evitarla, Krasimir la agarra del cuello.
Aberdine convulsiona durante varios segundos, hasta que él cierra la mandíbula del todo, matándola.
Luego la deja caer al suelo, sin más ceremonia.
Cindra suelta un aullido de dolor y se lanza hacia Krasimir de nuevo, acompañada por unos cuantos dragones rebeldes más.
Entre ellos reconozco a Yndrir, otro dragón de Bletchley.
En el momento en que atacan, el resto de dragones búlgaros se concentran en torno a Krasimir.
Cuento más de cincuenta, todos ya fatigados por el combate, pero aún con fuerzas.
—¡Retirada! — grita una voz.
Cormac está ordenando a un batallón de rebeldes armados con fusiles que se resguarden, esquivando el cuerpo de un dragón británico que cae pesadamente sobre la arena.
Desde lo alto, su asesino lanza una llamarada sobre lo que queda de las tiendas del campamento.
Los rebeldes chillan y huyen por la playa.
Miro a Atlas y veo el desaliento en sus ojos.
— Ningún humano puede sobrevivir a esto.
Él se gira hacia Ruth y le dice algo. Ruth sale corriendo hacia la multitud y empieza a llevarse a la gente hacia la cueva de la que hemos venido.
—¿Dónde está Chumana? — me grita Sophie.
Veo un resplandor naranja por la comisura del ojo. La agarro y nos tiramos al suelo. Las Speerspitzes a nuestra izquierda estallan, provocando un incendio, y Serena suelta un chillido, con la manga izquierda de la chaqueta en llamas.
—¡Serena! — grita Marquis.
Freddie se lanza sobre ella y sofoca las llamas con las manos. Luego la levanta y se la lleva lejos del fuego.
Me acerco, reptando por la arena.
—¿Está bien?
Serena está sollozando, agarrándose el brazo, temblando violentamente de la cabeza a los pies.
— Tenemos que volver a las cuevas — propongo, mirando a mi alrededor hasta que veo a Hollingsworth, que dispara junto a Cormac.
Freddie asiente y levanta a Serena de la arena.
Atlas va corriendo a por Hollingsworth. Los veo discutir entre las sombras y el resplandor de las llamas.
Entonces ella fija la vista en mí, y siento que algo se ha roto en mi interior.
¿Tendrá forma de contactar con Goranov desde aquí?
Atlas le está gritando algo. Ella asiente levemente, dejando su Speerspitze, y Atlas vuelve corriendo conmigo.
—¿Qué le has dicho?
— Le he dicho que Chumana sabe lo de su plan. Y que si intenta algo, acabará con ella.
— Pero Chumana está...
— Ella no lo sabe — dice Atlas —. De momento dejémoslo así.
—¡Por aquí! — grita Ruth, llevándonos hacia el túnel.
Cojo la mano de Atlas y corro, pero de pronto tropiezo con un cadáver tirado en la arena. Doy un salto atrás y me quedo mirando el rostro, frío e inerte.
Ralph.
Observo su mirada perdida y no siento nada. Tiene la piel pálida y suave, y la única herida que se le ve es pequeña, probablemente del afeitado. Pero tiene el pecho extrañamente hundido. Goranov debe de haberlo aplastado al caer los dos del cielo.
¿Pero dónde está su dueño y señor?
— Estamos perdiendo — exclamo, con la voz entrecortada, mientras Freddie y Marquis se llevan a Serena hacia la entrada de la cueva. Ruth corre adelante y atrás por la pared del acantilado, haciendo gestos a los rebeldes y a los niños para que la sigan.
—¡Viv! — grita Atlas.
Tira de mí hacia la cueva. Pegamos el cuerpo a la fría pared de piedra, dejando paso para que entre más gente. En la playa se oyen unos rugidos terribles y en el interior oscuro de la cueva se ve el brillo de unos ojos asustados.
Me asomo a contemplar la batalla: el fuego ilumina hasta el último rincón del cielo y la cumbre de la colina.
Ursa está escondida en algún lugar lejos de aquí, con la doctora Seymour y su bebé.
Pero si los dragones búlgaros se hacen con el control esta noche, ¿tendrán que vivir para siempre escondidos?
Hay cientos de personas dentro de la cueva, una mezcla de guardias, soldados rebeldes uniformados, niños de Canna y civiles que deben de haber volado hasta la isla desde otras partes del país.
Veo a un grupito de chavales armados con cuchillos de sílex y a Jasper entre ellos.
Me mira y asiente, mientras observa cómo Freddie le venda el brazo a Serena.
Me abro paso por entre la multitud y me acerco.
Serena ha dejado de temblar, pero tiene el gesto torcido en una mueca de dolor.
Freddie le ha envuelto la quemadura con un pañuelo húmedo y la está ayudando a colocarse un cabestrillo.
— Así evitarás que se te infecte — murmura. Ella parpadea, sorprendida.
— Nos prometieron aviones — oigo que grita alguien —. Aviones lanzallamas. ¿Dónde demonios están?
Me giro hacia la voz.
— Hemos volado hasta aquí en una misión suicida — protesta el hombre, cuya voz resuena en la húmeda cueva —. Vamos a morir todos abrasados.
Cierro los ojos y me limpio el sudor de la frente. En el exterior veo el vapor que emana la arena.
— Nuestra flota de aviones lanzallamas quedó devastada cuando los bolgoriths atacaron Eigg, hace unos días — dice una voz entrecortada. Hollingsworth avanza y se sitúa en el centro de la cueva —. Todos los aviones que habíamos construido en Eigg en el último mes quedaron calcinados, salvo dos.
— Mierda — murmura Marquis.
Se oye un lamento quejumbroso procedente de un rincón de la cueva. Es Edward, que está tendido en un charco de sangre en el suelo, con la chaqueta de George sobre los hombros. Me acerco y doy un paso atrás, impactada. Siento arcadas. Le falta una pierna.
—¿Pen? — dice, levantando la vista y mirándome, pálido como la arena.
— Edward... — susurro.
Me dejo caer a su lado y le cojo las manos.
— Un bolgorith — dice, con voz temblorosa, bajando la mirada hacia donde tendría que estar su pierna —. Beecham tuvo que hacerme un torniquete. He tenido suerte de que no me devorara por completo.
Me giro hacia George, que está mirándome con los ojos brillantes.
—Pero… ¿qué estás haciendo aquí? —Me vuelvo hacia Hollingsworth —. ¿Es que le ha cogido el gusto a esto de enviar a soldados sin formación al campo de batalla?
Ella me mira y entorna los ojos.
— La rebelión acepta a todos los voluntarios decididos a luchar. Y estábamos desesperados.
— Tendrías que haberte quedado en Londres, Ed — le digo, apesadumbrada —. Los dos teníais que haberos quedado.
— Teníamos que luchar por nuestro país — responde George —. Y parece que estamos a punto de morir por él.
— Fueron esos malditos panfletos tuyos los que me hicieron apuntarme a la causa. — Edward me aprieta la mano —. En realidad no te llamas Pen, ¿verdad?
Los panfletos. Mi insignificante acto de rebelión sirvió en realidad para que la gente se pasara a la acción. Contengo las lágrimas.
— Hyacinth siempre pensó que eras más de lo que mostrabas.
Se oye un rugido ensordecedor en el exterior y se me encoge el estómago del miedo. Se acabó. La batalla apenas acaba de empezar, pero ya hemos perdido.
¿Por qué pensamos que podríamos ganar contra los bolgoriths búlgaros?
—¿Dónde está la Golondrina? — murmura alguien —. Pensaba que se suponía que debía estar aquí para dirigirnos.
Hollingsworth me señala con la mano.
— La Golondrina es...
— Cállese — le espeta Atlas —. Cierre la boca.
Se hace el silencio en toda la cueva y veo que Marquis da un paso atrás, estupefacto. Pero Hollingsworth ni se ha inmutado. Da un paso adelante y me señala de nuevo.