Capítulo 22
Un gorjeo agudo.
Un parloteo.
Un dracovol revolotea en torno a mi cabeza, agitando las alas y soltando una bocanada de humo gris.
Aterriza sobre mi hombro, y doy un respingo. Veo que se acerca alguien caminando. El cabello dorado le brilla a la luz del sol, y al llegar fija la vista en la dragona muerta a mis espaldas.
—¿Ruth?
— Por aquí — dice, señalando hacia el mar.
La sigo.
—¿Cómo has sabido que estaba aquí?
— Atlas.
—¿Atlas?
Llegamos a una serie de rocas, justo donde no alcanzan las olas, y Ruth se agacha.
— Aquí dentro.
Frunzo el ceño, mirando más de cerca, y la veo desaparecer entre las rocas.
El dracovol la sigue. Me arrodillo en la arena y miro abajo.
Lo que pensaba que era una charca es en realidad un orificio.
Me siento en la roca, con los pies colgando en el orificio y salto.
No hay mucha caída, y cuando me pongo en pie me encuentro en un espacio oscuro pero amplio.
—¿Ruth? — susurro.
Oigo el roce de una cerilla y una pequeña llama cobra vida. Ruth enciende un farol y lo levanta, acercándomelo al rostro. Atlas está a su lado y, tras ellos, las paredes están cubiertas de una vieja tela de lana.
—¡Viv! — exclama Atlas, agarrándome de los hombros —. Te he visto caer. Pensaba... Pensaba... — Los ojos se le van a mi brazo ensangrentado —. ¿Estás bien?
— Estoy bien — respondo, pero se me quiebra la voz —. ¿Qué hacéis los dos aquí abajo? ¿Dónde estamos?
— Son túneles abandonados por los guivernos — dice Ruth.
— Llegan hasta Sanday — añade Atlas.
— De hecho cruzan toda la isla — señala Ruth.
Me la quedo mirando.
—¿Estos túneles son lo que usáis para moveros de un sitio a otro?
— Sí. Los dracovols son los que los han explorado todos. Son capaces de orientarse en la oscuridad, como murciélagos.
— Con la ecolocalización — susurro.
— Así es como encontrasteis al dracovol que me buscaba — dice Atlas —, en el otro extremo de Canna.
Ruth asiente.
—¿Los guivernos lo saben?
— Por supuesto que no — dice Ruth —. Una vez abandonan un túnel, nunca vuelven.
— Yo ya no contaría con ello — respondo, pensando en Abelio —. Vuestras cuevas en Sanday... no las construyeron los antiguos isleños, ¿verdad?
Ruth sonríe y menea la cabeza.
—¿Adónde lleva este túnel? — pregunta Atlas.
— De vuelta al campo de batalla — dice Ruth —. ¿Es ahí donde queréis ir?
— No — responde él, negando con la cabeza —. Desde luego que no.
Yo frunzo el ceño.
— Sí, sí que queremos — digo yo.
Atlas me agarra el brazo tan fuerte que me duele.
—¿Qué estás haciendo? — le espeto.
— Tenemos que irnos — dice él, echando otra mirada al túnel —. Al otro extremo de la isla. Enseguida. Sé que no quieres, Viv, pero tienes que confiar en mí. Tienes que venir conmigo, porque no tienes ni idea de lo que se nos viene encima y no tengo tiempo de...
— Atlas — le digo —. Chumana está muerta.
Se le escapa un ruidito gutural y abre bien los ojos, perplejo.
—¿Cómo es eso?
— Ralph le disparó.
Atlas fija la vista en la tela de lana a mis espaldas.
— Entonces quizá ya sea incluso demasiado tarde — murmura.
—¡No! — replico —. Krasimir está muy debilitado. De eso se encargó Chumana. Y Goranov está prácticamente muerto. Ralph y él...
Al pensar en Ralph, siento la boca seca.
Ha sido él quien ha disparado la Speerspitze que ha matado a Chumana, inyectándole un veneno que ni mi sangre habría podido neutralizar.
Me aseguraré de que no haya una segunda oportunidad para él.
Pero Atlas sigue meneando la cabeza. Me mira como si estuviera borracho, como si no supiera quién soy. Y entonces, de pronto, se centra.
— Lo siento — dice —. Lo siento mucho mucho.
«¿De qué está hablando?».
— Te he contado muchas mentiras. Pero fue todo para salvarte, Viv, y tienes que dejarme intentarlo. Tienes que venir conmigo. Por favor.
Parpadeo, atónita.
—¿Para salvarme?
Le tiembla la mandíbula.
— Los rebeldes sí tienen un plan B, por si no conseguíamos convencer a los guivernos para que usaran su koinamens.
Siento cierto alivio.
—¿Y cuál es?
Se me queda mirando.
— Goranov ha accedido a poner fin a su guerra en Britania.
Accedió hace meses, antes incluso de que salieras de Londres.
Resulta que hay un dragón en Bulgaria que es el jefe de un Consejo de Regios.
Bebe sangre humana para mantenerse con vida y su...
su humano ha muerto. Necesita uno nuevo, pero en Bulgaria no queda gente.
— Ya he oído hablar del consejo — digo yo, recordando lo que nos contó Daria en Sanday —. ¿Pero cómo has oído hablar tú de él?
— Por Hollingsworth — responde —. Goranov le pidió diez humanos al año, para enviarlos a Bulgaria como donantes de sangre para el jefe del consejo. A cambio de la retirada inmediata de los bolgoriths. Y el primer humano que quiere Goranov... es la lengua de latón.
No me creo lo que oigo.
—¿Yo?
Atlas asiente, y Ruth se lo queda mirando, horrorizada.
— Por eso acepté la misión secreta de Hollingsworth.
Ella me habló del plan B, me dijo lo importante que era que los guivernos colaboraran con los rebeldes.
Por eso te mentí, Viv. Por eso seguía mintiéndote en la Canna House.
Tenía que conseguir que los convencieras, porque no puedo permitir que adopten el plan alternativo.
Se pone a llorar, y en mi mente veo la imagen de Hollingsworth en la colina.
— Quieres decir que, como los guivernos se negaron a usar su koinamens, porque yo no se lo pedí, ¿van a ofrecerme en sacrificio? — Apoyo la mano en la pared para no perder el equilibrio —. ¿Por qué no me lo dijiste?
Me mira a los ojos.
—¿Eso habría cambiado algo? ¿Habrías intentado forzarlos para usar su ecolocalización? Sé que no, Viv.
— Podríamos haber elaborado un plan diferente — respondo, enfadada —. Tú, yo, Marquis...
—¿Qué plan? — estalla Atlas —. ¿Qué pueden hacer un puñado de chavales para evitar que un bolgorith se te lleve a la fuerza?
¿Cómo íbamos a convencer a todo el movimiento rebelde de que su líder había hecho un trato inconfesable desde una isla escocesa perdida?
¿Y qué hay de Ursa? ¿Habrías intentado escapar, dejándola para que se la comieran los bolgoriths?
— resopla —. Antes habrías preferido entregarte voluntariamente a Goranov.
Tiene razón.
—¿Quién sabe de este plan?
— Hollingsworth, Cormac, la doctora Seymour y yo.
Me quedo pálida.
—¿La doctora Seymour?
— Por eso te envió el diario de Clawtail y las indicaciones en código — dice Atlas —. Sabía lo que haría Hollingsworth si fracasábamos, y que ella no podría detener el plan una vez que se pusiera en marcha.
—¿Así que la intención de Hollingsworth — digo, con voz temblorosa —, es entregarme, sin más?
— Junto con otras nueve personas — precisa Ruth —. Cada año. Otra oferta corrupta de carne humana a cambio de paz.
Niego con la cabeza. Nada de todo esto tiene sentido. Hollingsworth es una rebelde que cree en la igualdad entre humanos y dragones, que defiende a los oprimidos de la tercera clase. No sería capaz de algo así.
«¡Aquí la tienes! ¡Llévatela!».
Miro a Atlas a los ojos.
— Antes, en la playa, todo lo que dijiste sobre tus dudas en cuanto al sacerdocio, sobre...
— Era todo cierto — responde, convencido —.
He estado perdido un tiempo, después de lo de Bletchley.
Pero todo eso dejó de tener sentido en cuanto Hollingsworth me habló de su plan.
Sabía que haría todo lo que estuviera en mi mano para protegerte, incluso forzar a los guivernos.
— Se ruboriza de la vergüenza —. Y yo también lo sabía.
Ese fue el único motivo por el que me lo dijo.
Y por eso me fui en busca de Chumana cuando salimos de los túneles de los guivernos.
Iba a contárselo todo, a pedirle que se te llevara volando, pero entonces nos encontramos con que la habían atrapado. Ahora, por favor, Viv, ven conmigo.
Me tiende la mano.
—¿Adónde? ¿Y qué hay de Britania?
—¡Ya no me importa Britania! — estalla Atlas —. Si Goranov se te lleva a Bulgaria, los bolgoriths te chuparán la sangre el resto de tu vida.
— Pero Britania estaría a salvo — digo, sin alterarme —. Ursa estaría a salvo.
Atlas cae al suelo de rodillas.
— Serías capaz de prender fuego al mundo por salvar a tu hermana, ¿no?
Asiento.
— Yo sería capaz de hacerlo por ti, Viv — dice, sollozando.
Me dejo caer a su lado, sintiendo las lágrimas en los ojos.
— Pero tenemos que hacer lo correcto, Atlas. No podemos pensar en salvarnos solo nosotros. — Pienso en la persona que era yo en Bletchley Park, cuando estuve a punto de negarme a unirme a los rebeldes por miedo a lo que pudiera pasarle a mi familia —. Eso ya lo he intentado antes, ¿recuerdas?
Le doy un beso en la mejilla y nos quedamos allí arrodillados, en silencio, llorando.
—¿No irás a entregarte? — me dice Ruth, incrédula.
— No — digo yo, meneando la cabeza —. No mientras aún tengamos alguna oportunidad de ganar.
—¿Tú crees que la tenemos?
— Gracias a Chumana, sí. Tanto Krasimir como Goranov están heridos. Seguro que los rebeldes tienen suficientes dragones como para acabar con ellos.
Tiro de Atlas, haciendo que se ponga en pie.
— Entonces, por aquí — dice Ruth.
Se gira y echa a caminar por el oscuro túnel. Yo me dispongo a seguirla, pero Atlas me agarra de la mano. Tiene las mejillas rojas de llorar y la boca convertida en una línea recta, temblorosa.
—¿Qué pasa?
— Si fracasamos, no permitiré que te entregues a Goranov. Lo sabes, ¿verdad?
— No hará falta, Atlas — le miento.
Me besa con delicadeza, tímidamente, y al ver que no me aparto, su boca me busca con más decisión. Yo le devuelvo el beso, con los labios quemados y la mente aturdida, entre la sorpresa y el deseo.
Los bordes de la herida del brazo me arden. ¿Me dolerá aún más cuando un dragón me chupe la sangre?
— Por el amor de Dios — grita Ruth —. ¿No podéis dejar los arrumacos para cuando estéis seguros de que vais a sobrevivir?
Nos separamos, con el rostro lleno de lágrimas. Le doy la mano a Atlas y seguimos la voz de Ruth en dirección al campo de batalla, dejando el tapiz de los guivernos a nuestras espaldas.