Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

— Tú y yo nos hemos necesitado — dice Chumana con calma, mirándome fijamente a los ojos —.

Para enseñarnos mutuamente lo importante que es tener una segunda oportunidad.

Yo te he visto vivir una nueva vida en esta isla, tal como dijiste.

Te he observado desde lejos, luchando para los rebeldes, mientras te esforzabas en cumplir con el papel que pensabas que te tocaba.

Tú no sabes quién eres si no cuentas con las etiquetas que te ponen los demás.

Identidades que están arraigadas en el propio sistema que luchas para destruir.

Hija, estudiante, delincuente. Traductora, rebelde, Golondrina.

— Chumana, por favor.

—¿Me vas a dejar que diga lo que tengo que decir?

— protesta, y se pasa la lengua por los labios ensangrentados —.

Igual que una dragona, te morías por liberarte de la piel vieja.

Eres humana, así que no puedes, pero sí puedes probar diferentes pieles, en el sentido metafórico, y ver cuál te encaja mejor.

Se me acelera la respiración al ver que empieza a costarle hablar y hago un esfuerzo por no decir nada, aferrándome a cada palabra que sale de su boca.

—¿Quién eres tú si no eres una traductora dracónica?

— Un temblor le sacude todo el cuerpo —.

Al fin y al cabo, eso no es más que una profesión.

La esencia de lo que eres, de la persona que has sido desde el principio, no cambia.

En cuanto al resto... tienes toda una vida por delante para descubrirlo.

—¿Y tú? — le pregunto, con los ojos llenos de lágrimas —. Tú has cambiado de piel cien veces desde la Masacre, intentando perdonarte. ¿Ya has descubierto quién eres?

— He sido cría de dragón, dragona, amante y asesina, delincuente y una luchadora encomiable. Pero cuando te enfrentas a la muerte, nada de todo eso importa. Nadie es la suma de sus errores ni de sus logros. — Suspira —. Soy Chumana.

— La Doncella Serpiente — murmuro.

Suspira, y estira los labios, sonriendo, al tiempo que cierra los ojos.

— Solo Chumana. Igual que tú eres solo Vivien.

— Es la primera vez que me llamas por mi nombre.

— Nunca pensé que te encajara bien — dice, con un gruñido —. Hasta que Daria me hizo ver que significa «viva». Y así es como quiero que sigas.

Apoyo la cabeza en su morro y hago un esfuerzo por no llorar.

— Cuando Krasimir y Goranov estén muertos y esta guerra se haya acabado — dice —, tienes que intentar dejar de ser alguien.

No te encontrarás a ti misma hasta que no lo hagas.

No hay ningún título de cargo que te defina, sé simplemente Vivien.

Y puede que al principio te resulte algo duro, pero a medida que Britania se reconstruya, tú también lo harás.

Asiento.

— Atlas también ha estado probando diferentes personalidades. Seminarista. Novio. Traidor. Y la última vez me pareció que iba a decirme que me quiere.

—¿Y el sentimiento es mutuo?

— Sí — confieso, casi sin voz —. Pero ¿y si cuando me haya reencontrado a mí misma, no siento lo mismo?

La traducción ocupaba una parte enorme de mí, demasiado grande.

Y ahora creo que ha desaparecido. ¿Y si mi amor por Atlas es igual?

¿O y si, después de esta guerra, él también descubre que es otra persona?

Parpadeo, enjugándome las lágrimas, y veo esos dos enormes discos dorados mirándome fijamente.

— Por supuesto que serás diferente. Esta guerra te moldeará, niña humana. Pero no es la primera vez que te transformas. Ni será la última.

Me sorbo la nariz, y fijo la vista en el mísero cuchillo ensangrentado que hay en el suelo.

— Si una vez me haya ido decides sacar esa bola, asegúrate de usar un cuchillo mejor. Las dos sabemos que no puedes contar con tus dientes.

Sonrío en respuesta a la vieja broma y por un momento siento que vuelvo a una de mis antiguas vidas, cuando era una niña asustada, confundida y furiosa y decidí liberar a una dragona criminal e iniciar una guerra.

Luego miro ese rostro anguloso ya familiar y me doy cuenta de que no siento su respiración sobre la piel.

—¿Chumana?

Sus grandes ojos dorados se cierran.

Los gritos de los combatientes resuenan al otro lado de los acantilados y entiendo que no me puedo quedar. Siento una presión en la garganta, y unas punzadas de dolor en el pecho que amenazan con desgarrármelo.

— Pero yo te quiero — le susurro, conteniendo el llanto —. Te quiero, así que no te puedes ir.

Contemplo a la colosal criatura que un día se dignó a hacer un trato conmigo, que cruzó el mar volando para buscarme, que se sentó conmigo en una zanja húmeda y decidió que me merecía una segunda oportunidad.

La luz del ocaso le da un brillo rosa anaranjado.

Le doy un beso en el morro, aún cálido, y en ese momento una bandada de golondrinas se lanza en picado desde el cielo y ejecuta una danza sobre nuestras cabezas.

Me pongo en pie, y los recuerdos más recientes que tengo de ella me invaden la mente, superponiéndose unos a otros.

Volando las dos juntas al amanecer. Observando cómo prendía fuego al campamento de Wyvernmire para liberarme.

Las noches juntas en la fábrica de azúcar, dos improbables compañeras de piso.

Su presencia, un rastro de luz en la oscuridad de mis pesadillas.

— Una vez tuvisteis el honor de ser como ella — les murmuro a los pájaros —. Cuidadla. No está acostumbrada a dormir sola.