Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 21 #2
86%

Capítulo 21 #2

Los ojos se me van a las cicatrices que tiene Chumana entre las alas, en el lugar del que le he extraído dos detonadores que tenía incrustados bajo la piel.

¿Qué queda de la niña que liberó de aquella biblioteca a una dragona sentenciada a cárcel?

Yo ya no soy esa. Ni tampoco soy la que se aventuró a penetrar en los túneles de los guivernos.

El fragor del combate me rodea, y el viento glacial hace que no pueda pensar en nada más. Mi educación, mi reputación, cada nota y cada una de mis expectativas, cada azote con la vara. Ya no soy una traductora dracónica, ni una desencriptadora, ni el rostro de la rebelión.

Ahora mismo, volando libre con Chumana, soy un papel en blanco. Tan nueva como el día en que respiré mi primera bocanada de aire.

Otra sacudida: Chumana ha dado un bocado a Goranov en el muslo. Él se retuerce para devolverle el golpe y, cuando lanza su dentellada, dirigida a las patas traseras, sus ojos amarillos de pronto se clavan en mí.

— Has perdido, lengua de latón — me dice, con un gruñido.

— No es ninguna lengua de latón, Goranov — replica Chumana —. Es Vivien Featherswallow.

Chumana pronuncia esas palabras con decisión, como si yo no fuera otra cosa que mi nombre. Podría ser algo anodino, pero es algo aterrador. Mediocre.

Y liberador.

No soy más que Vivien Featherswallow.

Y si a Chumana le basta con eso, a mí también.

Entre el barullo de alas y escamas, veo que Ralph levanta el brazo.

—¡Chumana! — grito.

De la punta de la Speerspitze sobresale una esfera de metal. Me pongo en pie y rodeo la cabeza de Chumana con los brazos.

—¡Aléjate!

Chumana da un bocado a la pata trasera de Goranov.

Con una fuerza que casi hace que salga despedida, se la arranca, reventándole el costado, del que sale una sangre espesa y viscosa.

Goranov suelta un gemido rabioso. Chumana sale disparada hacia atrás, con un estallido que hace que me revienten los tímpanos.

Damos tumbos por el aire.

De pronto no veo nada, no distingo el cielo del mar. Y luego caemos, precipitándonos tan rápido que no puedo ni pensar. Algo afilado me abre un tajo en el codo, y siento que Chumana gira bajo mis pies, pero cuando golpeamos la arena no siento dolor. Abro los ojos a la oscuridad.

— No veo nada — murmuro, angustiada —. No veo...

Chumana retira el ala que me envolvía, dejando que me llegue la luz del sol y el humo.

Estoy tendida sobre su pecho, sintiendo en el rostro el calor de las duras escamas que le cubren el esternón.

Una de sus púas me ha provocado un corte en el codo.

Me deslizo con cuidado hasta su cola y bajo a la arena de un salto.

El ruido de la batalla sigue flotando en el aire, pero desde aquí no veo el combate. Estamos en una bahía resguardada.

— Chumana — exclamo, preocupada —. ¿Estás bien?

Recorro la playa con la vista, pero no hay ni rastro de Ralph ni de Goranov.

Rodeo el cuerpo de Chumana a la carrera hasta llegar a su cabeza y me dejo caer de rodillas a su lado.

Ella parpadea y resopla, y de la boca le salen unas gotitas de sangre.

Se me encoge el estómago. Le examino el costado hasta que la veo: una bala del tamaño de mi puño, incrustada por encima de la pata izquierda.

— No es nada — le digo —. No está cerca del corazón ni de ningún otro órgano vital.

— Humillante — gruñe Chumana.

Vuelvo a trepar por su cola enroscada hasta llegar a la bala. La áspera superficie de metal sobresale de la herida abierta, de la que brota una sustancia gris brillante.

— No es nada — le digo otra vez —. Te la sacaré.

— Ya me ha llegado al riego sanguíneo, niña humana.

Me echo atrás y me siento.

—¿Al riego sanguíneo?

— Los niños de Canna no han sido los únicos a los que se les ha ocurrido usar veneno contra los dragones.

—¿Las balas están envenenadas?

—¿Cómo crees si no que consiguen abatir dragones con ellas?

«Importadas de Alemania. Y llevan el nombre de una serpiente».

Trago saliva.

Luego cojo el cuchillo de Marquis, que llevo al cinto, y lo hundo en la herida.

Chumana suelta un rugido.

Agarro con fuerza el mango, paso la cuchilla bajo la piel, en torno a la bala, intentando desalojar el metal, y por la hoja del cuchillo va cayendo más líquido.

—¡Es inútil, inconsciente! — chilla Chumana.

Su cola aparece de la nada, y me derriba con tal fuerza que caigo al suelo a su lado, jadeando.

—¡Joder! — exclamo, rabiosa, mientras intento ponerme en pie —. ¿Es que quieres morir envenenada? Quédate quieta y déjame...

—¡Niña humana!

Me quedo paralizada.

— Ven aquí.

Suelto otro improperio, pero me arrodillo junto a su cabeza. Sus ojos ámbar brillan igual de fuerte bajo la luz del sol que en la oscuridad. Parpadea como si estuviera cansada. Alargo la mano y le limpio la sangre que le cae por la comisura de la boca.

— Si no dejas que te saque esa bala — le digo, con voz temblorosa —, te matará.

Ella suspira, y vuelven a caer unas gotas de sangre sobre la arena.

— Ya me ha matado — responde, con voz suave.

El pecho se me encoje y de la boca me sale un ruido extraño que no controlo.

—¿Por qué... por qué te rindes tan fácilmente?

Chumana suelta una risita.

—¿A esto le llamas rendirse? Krasimir está herido y Goranov se desangrará antes de que acabe el día. Como si estuviera muerto.

—¿Y si no lo está? Además, quedan cientos de búlgaros que matar. — Casi no tengo aliento —. Encontraré a otro dragón, a alguien que pueda curarte con su koinamens, los guivernos... ¡Daria! Sé que la quieres. Debéis de estar vinculadas, sin duda.

— Nuestro vínculo no es tan fuerte como para eso, aún no — responde Chumana —. Es el precio que pago por haberla dejado hace tantos años.

—¡Entonces yo! — exclamo, subiéndome la manga de la sudadera y dejando a la vista la profunda herida del brazo —. Toma mi sangre, toda la que necesites. Venga, hazlo.