Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Atlas cruza corriendo la playa cubierta de sangre y contempla, horrorizado, el cuerpo decapitado de Ignacia, mientras Cormac orienta la Speerspitze en dirección a Krasimir.

El cielo se llena de gritos y movimiento, y numerosos dragones salen disparados en dirección al mar.

Por un momento tengo la impresión de que van a enfrentarse a otro ataque de los bolgoriths, pero no es eso lo que está sucediendo.

Los dragones de Ignacia están huyendo, tan rápido como han llegado.

Krasimir suelta la cabeza de la reina, que cae pesadamente en el mar.

¿Dónde está Chumana?

Dos proyectiles Speerspitze casi alcanzan su objetivo, pero Krasimir desvía el primero con la cola y el segundo rebota contra sus escamas.

Flota en el cielo, sobre el campo de batalla, como una sombra oscura y gigantesca, contemplando con deleite a sus tropas, que vapulean a un dragón rebelde y dejan caer el cadáver al suelo, aplastando a un grupo de humanos.

Veo a Serena saliendo de detrás, arrastrándose por la arena.

Se ha librado de una muerte segura por centímetros.

No puedo respirar.

Marquis está cargando una Speerspitze mientras Freddie dispara. Atlas sigue inmóvil, contemplando el cielo, congestionado por el calor de las llamas. Sigo la línea de su mirada. Las nubes se abren de repente, soltando gruesas gotas de lluvia, y con ellas llega Chumana.

Cae en picado, recta como una aguja, con las alas pegadas al cuerpo, y gana cada vez más velocidad.

Krasimir no tiene tiempo de levantar la vista.

Chumana extiende las alas en el último momento, lo agarra del cuello y lo sacude como un perro sacudiría a una rata.

Tres bolgoriths la atacan desde los lados y se ve obligada a soltar su presa. Forcejean en el aire.

Veo un barullo de alas extendidas y enredadas, dobladas de forma antinatural.

Y entonces se oye el crujido del hueso.

—¡Chumana! — grito.

Observo la escena, con el corazón golpeándome el pecho, intentando interpretar las fugaces imágenes de tendones tensos y plumas que flotan en el aire.

Van a descuartizarla.

Un chillido.

Los guivernos envuelven a los bolgoriths, lanzándose en picado como si fueran gaviotas.

Clavan los colmillos en sus enemigos, levantando salpicaduras de sangre.

Aodahn suelta un latigazo con la cola, cegando a su víctima.

Chumana queda libre y se revuelve otra vez hacia Krasimir, que se da la vuelta, pero esta vez con un ímpetu menor.

Noto un sabor a hierro en la boca y me doy cuenta de que tengo salpicaduras de sangre por toda la cara. Krasimir sangra por el cuello, y en el lugar donde Chumana le ha clavado los dientes se ve una maraña de tendones y huesos. Desciende, se eleva y luego cae hacia las olas.

— Traidora — ruge, mientras Chumana se lanza a por él —. Has traicionado a tu propia patria.

Los búlgaros siguen lanzando llamas que no llegan hasta Chumana. Soresten y Addax vuelan por encima, y con su fuego desvían la atención de los bolgoriths.

— Una patria así merece ser traicionada — responde con furia Chumana.

Krasimir suelta un aullido de rabia, sin dejar de caer.

Sus garras rozan las olas. El cuello le tiembla, en un espasmo incontrolado, y suelta un chillido angustioso mientras hace un esfuerzo para girar la cabeza y enfrentarse a Chumana, que está cada vez más cerca, con las fauces abiertas y la lengua enroscada, como si quisiera darle el beso de la muerte.

El golpe de gracia.

La arremetida final.

—¡Lengua de latón!

Un dragón negro se abalanza sobre mí. Tengo que dar un salto para esquivar las llamas de Goranov. Siento el calor en el rostro, y la hierba del lugar donde estaba un segundo antes queda chamuscada.

—¡Arriba, arriba! ¡Te vas a estrellar! — oigo que Ralph le grita.

Goranov remonta y al pasar junto al acantilado veo a Ralph, aún montado en su grupa, con los pies encajados entre las escamas negras y una Speerspitze sobre las piernas.

El pánico me atenaza al ver la colina desnuda.

Vaya hacia donde vaya, no puedo esconderme.

Las llamas de Goranov me alcanzarán antes de que consiga ponerme a cubierto.

Echo a correr colina abajo, chocando con la vegetación, y Goranov aparece de nuevo, situándose a mi altura.

Veo el rostro de Ralph, pequeño y pálido, aferrado al lomo de su señor.

Mis pies pierden contacto con el suelo y caigo rodando unos metros.

Aterrizo con un golpetazo que me deja sin respiración. Alguien tira de mí y me pone en pie.

—¿Doctora Hollingsworth? Pensaba que se había ido con Sophie.

Ambas levantamos la vista y vemos a Krasimir volando sobre la superficie del mar, aún vivo.

Entonces Goranov da media vuelta y traza un círculo en el aire en torno a mí.

Hollingsworth me agarra el brazo con fuerza y echa la cabeza atrás.

—¡Aquí la tienes! — grita —. ¡Llévatela!

«¿Qué?».

El tiempo se frena de golpe. Goranov abre sus enormes fauces y veo un resplandor naranja entre sus dientes. Siento el calor de sus llamas cuarteándome la piel del rostro.

Un chirrido como el del frenazo de un coche cruza el aire y veo una llamarada.

El enorme cuerpo de Chumana pasa rozándome la cabeza y se posa frente a mí, extendiendo las alas con un rugido, protegiéndome como un escudo.

Goranov se ve obligado a retroceder y trazar otro círculo en el aire, pero Chumana lanza una dentellada y suelta un rugido ensordecedor:

— Tócala y arderás — le grita.

Por un momento veo a Ralph haciendo esfuerzos para no soltar la Speerspitze. Goranov me lanza otra llamarada, pero Chumana la intercepta con la cola.

— Rata inmunda — lo oigo murmurar en slavidraneishá.

Ella también suelta una enorme llamarada que envuelve el ala de Goranov, chamuscándole la punta. Las llamas llegan peligrosamente cerca de Ralph, y Goranov se ve obligado a lanzarse en picado al mar para apagarlas.

— Aquí no puedo protegerte — me dice Chumana, girando la cabeza —. Vas a tener que volar.

Asiento, buscando a Hollingsworth con la mirada, pero ha desaparecido.

Me subo a la cola de Chumana, usando las púas para apoyarme y trepar hasta su grupa.

Mis pies encuentran los recovecos que ya conozco entre sus escamas y bajo el cuerpo, pegándolo al suyo, sintiendo el calor de su piel. Me recuerda la primera vez que lo hice.

—¡Tenías que haber matado a Krasimir! — le grito.

—¿Y dejar que Goranov te matara a ti? — replica.

Nos elevamos en el aire. Chumana sobrevuela el mar, siguiendo el rastro a Goranov y Ralph desde lo alto. El viento me deja sin respiración y hace que me lloren los ojos. Goranov sigue volando de forma errática, torcido, y no coge velocidad hasta que no se da cuenta de que nos tiene encima.

—¿Qué es lo que le pasa? — grito.

Viramos hacia un lado y Chumana se sitúa a la cola de Goranov.

— No ha bebido lo suficiente — dice ella.

Bajo la vista en dirección a la playa y se me encoge el corazón. Krasimir está luchando en tierra, y lo veo clavar los dientes en el cuello de otro dragón. Soresten y Addax lo atacan desde arriba, pero da un coletazo que impacta en Addax, lanzándola contra las rocas del acantilado.

—¡No!

Entonces veo a Hollingsworth, corriendo ladera abajo, hacia la playa.

¿Qué es lo que ha pasado antes? ¿A quién le gritaba que se me llevara?

¿A Chumana... o a Goranov? Más allá veo a Marquis, Freddie y Serena que siguen luchando contra los guardias de Wyvernmire; otro dragón cae al mar con un gran estruendo, abatido por un disparo.

Marquis sonríe, satisfecho, empuñando la Speerspitze como si lo hubiera hecho toda la vida.

Eso es lo que quería, donde sentía que debía estar desde que empezaron las protestas en Fitzroy Square, hace ya una eternidad.

Marquis siempre supo a qué bando pertenecía, y de pronto ahí está, convertido en un rebelde de elite bien entrenado, de los que marcan diferencias en la guerra.

Y yo, en cambio, estoy aquí, entre las alas de Chumana, sin poder hacer nada para ayudarla.

Llegué a esta isla pensando que yo, el rostro de la rebelión, los iba a salvar a todos.

Pero ahora, sin mis idiomas, sin ningún tipo de formación, lo único que puedo esperar es que los demás me salven a mí.

—¿Qué hace Atlas...? — empiezo a decir, pero me quedo sin aire en los pulmones.

Los acantilados pasan por debajo de nosotras, una serie de rocas grises cubiertas de manchas de fuego.

La batalla se extiende por los salientes rocosos de Canna, invadiendo sus playas.

El cuerpo de Chumana parece alargarse cuando recoge las alas y se lanza tras Goranov siguiendo su errático vuelo a lo largo de la costa.

Atlas está en lo alto de Compass Hill. Me entra el pánico.

¿Qué está haciendo ahí arriba? Debe de estar buscándome.

Aprieto los muslos y con las manos heladas me agarro a las escamas de Chumana en el momento en que le da un bocado en la cola a Goranov, que se revuelve, acercándose de nuevo hacia el campo de batalla.

— Sabe que no es rival para ti — le grito a Chumana —. Quiere que te canses, que aterrices.

Chumana se ríe.

— Aterrizaré cuando esté muerta. Pero no mientras Bulgaria intente subyugar nuestros cielos.

Goranov va descendiendo, estremeciéndose en pleno vuelo.

—¡Arriba! — oigo que grita Ralph, al ver que Goranov se lanza en picado por entre varios dragones enzarzados en sus luchas.

Vuelve a ganar altura, pero esta vez muy despacio.

Chumana ruge y lo sigue, y pierdo de vista a Atlas, aunque veo más movimiento en las colinas cercanas: gente a caballo.

Ruth cabalga a toda velocidad hacia la playa, esquivando por poco los mordiscos de varios dragones al pararse para recoger a un rebelde herido.

Gideon la sigue en otro caballo, y Sophie va detrás. Respiro hondo.

De momento, todos mis seres queridos siguen vivos.