Capítulo 20 #3
Se la están llevando a otra tienda y, justo antes de que llegue a la entrada, levanta la vista al cielo.
La boca se le encoge en una mueca de horror.
¿Cómo debe de sentirse sabiendo que el motivo de que no pueda ver las nubes entre tanto dragón búlgaro es porque fue ella misma quien invitó al enemigo a que viniera?
¿Cómo debe de sentirse sabiendo que le ha fallado a su país tan estrepitosamente?
Se mete en la tienda, convertida en prisionera de guerra.
La lucha dura horas, pero me parecen minutos.
Me agacho, protegiéndome la cabeza, al oír el murmullo de los aviones en las alturas.
No puedo saber si los pilotan los rebeldes o si se trata de guardias obligados a combatir para los bolgoriths.
Llegan más dragones a la orilla. Surcan los cielos como colosos voladores, pero sus alas golpean el aire con la elegancia de las mariposas, como impulsados por corrientes invisibles.
El corazón me da un brinco en el pecho al ver una inmensa dragona del oeste, de un azul tan oscuro que es casi negra.
—¿Bolgoriths? — grita —. ¡Inclinaos ante la reina!
Los dragones le hacen hueco, y aterriza en la playa, agitando la cola, que golpea en la cara a un bolgorith que estaba combatiendo con dos ddraig gochs rebeldes.
Me quedo mirando, atónita. Así que de ahí es de donde han venido los refuerzos de los rebeldes.
—¿Os atrevéis a desafiar a la monarca de las Islas del Mar Profundo? — ruge la dragona del oeste —. ¿Vencedora del último duelo dracónico, dragona suprema de Britania, madre de dragones, la Baronesa Azul, el terror de Beatriz? ¿Vuestra reina?
Caigo al suelo de rodillas, aliviada.
Ignacia se ha unido a la Coalición.
Ruge con una voz áspera, rabiosa, y los otros dragones británicos casi parecen pequeños a su lado.
Tiene el mismo tamaño que los bolgoriths, que inmediatamente lanzan un ataque.
Una sombra me pasa por encima, y me agazapo tras las rocas, viendo como aparecen más dragones búlgaros que se lanzan contra la Reina de los Dragones.
Se le echan encima como una jauría de perros, los rebeldes se acercan para defenderla, y la batalla enseguida se concentra a su alrededor.
Me quedo contemplando la escena por entre la hierba alta.
La arena dorada sale despedida en todas direcciones.
En Canna hay una cantidad enorme de dragones británicos.
Los niños, armados con cuchillos, fusiles y ballestas, se cuelan entre los enormes cuerpos cubiertos de escamas y los guivernos chillan, elevándose como pájaros.
Localizo a Atlas y Cormac, que están cargando una Speerspitze juntos mientras, a su lado, dos guardias ayudan a Serena a apuntar con su arma hacia el cielo.
Siento un cosquilleo en el cuerpo. Ya no es Wyvernmire contra los rebeldes, sino Britania contra los bolgoriths.
Y, ¿quién sabe? Con un poco de suerte igual hasta podríamos ganar.
Una mole negra.
Goranov pasa a toda velocidad frente a mí, con otro dragón pegado a sus talones.
Krasimir.
Me pongo en pie de golpe, buscando a Sophie o a Hollingsworth con la mirada, pero no hay ni rastro de ellas.
De las anillas incrustadas en la piel de Krasimir cuelgan miembros humanos.
Se lanza hacia Ignacia y le da un bocado en el flanco.
Ella suelta un grito de dolor, y sus guardias obligan a Krasimir a retroceder; uno de ellos incluso le arranca unas cuantas escamas del rostro.
Él vuelve a lanzarse hacia la reina, sin importarle lo mucho que está sangrando.
—¡Está desquiciado! — ruge una voz.
Chumana pasa volando sobre mí. Se cuela por la línea de defensa de Ignacia, y debe de estar emitiendo llamadas de ecolocalización, porque ninguno de ellos intenta detenerla. Se sitúa frente a Krasimir, con las fauces bien abiertas, mientras Ignacia agita la cola en señal de reconocimiento.
La reina emite un gruñido y las dos dragonas se lanzan simultáneamente contra Krasimir. La luz del sol me ciega por un momento. Lo único que veo es un destello de azul y rojo sobre negro.
—¡La muerte te espera, gran regio! — brama Chumana.
Combaten hombro a hombro, la dragona que firmó el Acuerdo de Paz y la dragona que lo violó.
Chumana le da una dentellada en la pata a Krasimir, que ruge de agonía.
Ignacia le asesta un bocado en la cola y tira de él hacia atrás, haciéndole dar vueltas en el aire.
Se ha retomado el combate, pero sin el mismo ímpetu, porque rebeldes y bolgoriths tienen los ojos puestos en Chumana e Ignacia.
La sangre me bulle en las venas. Estoy presenciando un momento histórico.
Estoy presenciando cómo lo mejor de las fuerzas de Britania expulsa a los invasores búlgaros de nuestro territorio.
Krasimir ataca por la retaguardia e Ignacia suelta un chillido que me hiela la sangre.
Chumana le clava las garras en el lomo, pero no antes de que el gran dragón negro consiga atrapar la cabeza de Ignacia con sus fauces.
Krasimir se revuelve en el aire, retorciéndole el cuello a la reina, y con un movimiento brusco la decapita.
Su cuerpo cae a tierra, soltando sangre en todas direcciones.
El impacto crea una reverberación que siento bajo los pies.
Un coro de llamaradas se alza desde la arena, a su alrededor, al tiempo que Krasimir se eleva por los aires, exhibiendo la cabeza de la reina Ignacia visible a través del humo y la niebla.