Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Al acercarse Goranov, veo a Ralph en su grupa, encajado como un parásito entre las alas del dragón.

En la playa resuenan unos chillidos guturales, los de los bolgoriths que se lanzan contra los rebeldes.

El chasquido metálico al chocar escamas contra escamas.

Veo un destello rosa: son Chumana y Daria, que caen rodando por la ladera, enzarzadas en la lucha contra un tercer dragón.

Volvemos a agacharnos, apretando el cuerpo contra el suelo mientras los dragones van dando tumbos junto al despeñadero, elevándose de vez en cuando.

Veo dragones del oeste, de las arenas, ddraig gochs e incluso varios dragones plateados luchando contra los bolgoriths.

— No veo a Krasimir — les grito a los otros —. ¡Tenemos que atraerlo hasta aquí!

Hollingsworth me mira a los ojos y asiente.

Respiro hondo.

Así que ella tampoco se ha rendido.

—¿Krasimir? — dice Sophie, cuando nos reagrupamos de nuevo —. Krasimir es mi misión. Cormac y yo — añade, señalando a un hombre con kilt que baja por la ladera hacia la playa — hemos estado siguiéndole el rastro con ayuda de Daria.

¿Sophie ha estado trabajando con Daria?

Al ver mi gesto de sorpresa sonríe:

— Están vinculados, así que Daria puede percibir dónde está.

— Chumana dijo que Daria odia a sus hermanos.

— Así es. Pero ellos la criaron.

De pronto recuerdo que Goranov me ecolocalizó cuando me dirigía hacia la posición de Daria, en Bualintur, a pesar de los kilómetros que los separaban. Krasimir debía de estar situado a medio camino entre los dos, haciendo de puente.

—¿Y dónde está? — pregunto, preocupada —. ¿Krasimir?

Sophie levanta la vista.

— Está en el bosque, tras la Canna House, dejando que su avanzadilla haga el trabajo duro.

Un grupo de guivernos se lanza hacia la playa, y de pronto oigo el golpeteo de cascos de caballo contra el suelo. Ruth y Jasper se acercan al galope, perseguidos por un dragón.

— Ese es Sargo — digo, echando mano de mi bolsita del veneno instintivamente.

El dragón desciende un poco, acercándose a Ruth, pero ella no se gira a mirar atrás.

Cabalga a pelo, y su larga melena ondea al viento.

Se oye un zumbido y Sargo sale despedido por los aires hasta estamparse en la ladera.

Busco con la mirada el origen del disparo y oigo de dónde ha salido antes incluso de verlo.

Una algarabía de vítores.

Han montado una batería de Speerspitzes en Sanday, a los mandos de cada una hay un niño.

—¿Lo ves? — dice Ruth, casi sin aliento, haciendo parar al caballo a nuestro lado —. Somos el cebo que os mantiene a salvo.

Me giro hacia los otros.

— Eso es lo que tenemos que hacer con Krasimir.

— Ahí está Freddie — anuncia Serena.

Un poco más abajo, Freddie y unas cuantas de las chicas de Ruth están arrastrando más Speerspitzes por entre las charcas de marea.

—¿Tú crees que podrías disparar una de esas cosas? — le pregunta Atlas a Serena.

Ella suelta un bufido, burlona.

—¿Cuántas veces te he ganado en las prácticas de tiro, King?

— Deberías ir a ayudarlos — digo yo, asintiendo. Miro a Marquis y Gideon —. Y vosotros también.

—¿Y tú? — pregunta Atlas.

No me giro a mirarlo.

— Yo iré con Sophie, a hacer de cebo para Krasimir.

— Tú no puedes ser el cebo.

—¿Por qué no?

Responde balbuceando:

— No quiero que tú...

— Eso ya no es asunto tuyo — replico.

Le echo una mirada, y hay algo en mi interior que espera que mis palabras le hayan hecho tanto daño como me han hecho a mí, pero en sus ojos no veo al Atlas torturado y arrepentido que vi anoche.

— Olvídalo — dice él —. Tú no vas a ir.

Lo miro y entorno los ojos.

—¿Es que vamos a enviar a alguien en mi lugar? ¿Quién sugieres que lo haga?

— Nadie — responde Atlas —. Basta de niños ofrecidos como forraje para los dragones, ¿no?

Mira a Hollingsworth, desafiante, y da la impresión de que se comunican sin hablar. Sobre algo de lo que yo no formo parte.

— King tiene razón — dice Hollingsworth.

Sigue con la vista puesta en la batalla, a los pies del acantilado, con su cigarrillo humeando entre los dedos. Se gira hacia Sophie.

— Bueno, señorita Rundell. Indíqueme la dirección del objetivo.

—¿Quiere ser usted la que saque a Krasimir de su escondrijo? — pregunto, incrédula.

— Sí — responde ella, con una sonrisa en el rostro —. Ya es hora de que vea la batalla de primera mano.

Todos nos quedamos boquiabiertos, y Sophie niega con la cabeza.

— No creo... no creo que Cormac lo permita.

— Pues menos mal que Cormac no es el jefe de la Coalición — dice Hollingsworth, extinguiendo su cigarrillo bajo la suela de su zapato —. En marcha, recluta. No tenemos todo el día.

—¿Pero por qué iba a salir de su escondrijo Krasimir por usted, doctora Hollingsworth? — pregunto.

Ella se echa a reír.

—¿Tú crees que en todo el tiempo que llevan los dragones búlgaros intentando ocupar nuestro país no han tratado de contactar conmigo en ningún momento?

Vieron la debilidad en la ambición implacable de Wyvernmire y la aprovecharon.

Pero no encontraron ni rastro de debilidad en la mía, así que intentaron ganarme con promesas.

A mí también me han ofrecido un puesto destacado en el nuevo orden — añade, fijando la vista en mí —.

Y haré que Krasimir piense que lo voy a aceptar.

Quizá así aún tengamos alguna posibilidad, aun sin el koinamens de los guivernos.

— Pasea la mirada por la multitud de dragones, guivernos, humanos y Speerspitzes que hay en la playa —.

Ese desgraciado no se enterará siquiera de dónde le vienen los palos.

Sonrío, complacida.

— Yo iré con usted, señora — se ofrece Gideon, echándose el fusil al hombro y mirando a Sophie —. Dinos por dónde.

— Gideon — le digo yo —. Habrá...

—¿Bolgoriths? — responde, sin mucha convicción —. Si no me matan hoy, no volveré a quejarme nunca de los dragones. — Echa una mirada a Sophie y a Hollingsworth —. Pero si consigo protegerlas mientras llevan a cabo su misión, al menos podré decir que he hecho algo en esta guerra.

Sophie me agarra de la mano y me la aprieta, y los tres se ponen en marcha colina abajo. Atlas se los queda mirando mientras se alejan.

— Bueno — dice Serena —. Pues manos a la obra.

— Mi grupo ya está casi listo — anuncia Jasper —. Su objetivo son los guardias.

Señala un punto alejado de la playa, donde un gran grupo de adolescentes están cargándose a la espalda todo tipo de armas de sílex.

Están envueltos en una muralla de niebla blanca que impide que los detecten los bolgoriths que combaten a solo unos metros.

Levanto la vista y veo unos espacios azules entre el muro de fresca bruma.

— El arte de tejer nubes, propio de los guivernos — digo, en voz baja.

Me quedo mirando a Atlas y sé lo que está pensando. Yo no puedo combatir como los demás. No puedo rastrear a Krasimir ni traducir cannair. No hay nada que yo, Viv Featherswallow, pueda hacer para contribuir a ganar esta guerra. Da un paso hacia mí.

— Vete — le digo —. Me mantendré apartada de la refriega, no te preocupes.

Observo su rostro cansado, los cortes que tiene en las manos de haberme sostenido en la pared de roca, los rizos mojados pegados a la frente. Ahora mismo, ni siquiera me importa que me mintiera. Lo único que me importa es que, si baja a esa playa, puede que no vuelva.

Me busca con la mirada.

— No sé por dónde empezar... — dice, en voz baja —. Solo puedo decir que lo siento.

Respiro hondo.

— No hay tiempo para eso.

— Viv, quiero que lo sepas. Yo...

— Por favor — respondo, con un susurro —. No lo digas. Aquí no. Así no.

Abre la boca como si quisiera protestar, pero se limita a asentir.

Marquis nos está observando, con los ojos brillantes. Lo miro, miro a Serena, y me obligo a sonreír.

— Bletchley Park al rescate otra vez — bromeo, mientras Marquis tira de mí y me abraza.

Aspiro su olor, por si resulta que es la última vez que puedo hacerlo. Un día, espero, todos comeremos pierogi en la mejor vajilla de mamá otra vez. Me pone un pequeño cuchillo de sílex en la mano. Atlas me mira fijamente y los tres echan a correr, colina abajo, hacia las Speerspitzes de la playa.

Soy la única que queda en Compass Hill.

Me quedo ahí de pie, sintiéndome expuesta, con la mirada fija en el cielo mientras la batalla aumenta de intensidad a mi alrededor.

¿Cuánto tiempo tardará en verme algún bolgorith?

Ojalá supiera usar un cuchillo como los chicos de Jasper o cabalgar a lomos de un caballo como Ruth.

En lugar de eso, tengo la cabeza llena de palabras intraducibles en cannair que no me sirven para nada.

¿Qué puedo hacer yo, aparte de esconderme con los niños en Sanday?

Sigo con la mirada, aterrorizada, a Atlas, Marquis y Serena, que llegan a la playa.

¿Y si los matan ante mis propios ojos? ¿Cómo vamos a tener alguna posibilidad sin el koinamens de los guivernos?

Observo cómo se desarrollan los planes de combate.

Los dragones rebeldes están enfrentándose a los bolgoriths en el aire mientras los humanos apuntan desde el suelo.

Los rebeldes parecen haber asignado un dragón y tres humanos a cada bolgorith, y trabajan en colaboración para aprovechar sus puntos débiles.

Veo a un rebelde que agujerea la bolsita que lleva colgada al cuello, llena esta vez no de veneno, sino de sangre.

Su objetivo lo huele de inmediato y cambia de trayectoria, mientras los otros dos humanos rebeldes apuntan.

Disparan con rifles, no con Speerspitzes, pero la distracción del bolgorith hace que deje a la vista la parte blanda del vientre.

Una bala de rifle le atraviesa la piel, y mientras el bolgorith suelta un chillido furioso, el dragón rebelde lo arrastra al suelo.

En la playa, alguien sale de una de las tiendas.

Wyvernmire.

Así que sigue ahí. Dos bolgoriths la acompañan, uno a cada lado, pero no componen un séquito oficial. Tiene el hombro derecho caído, dislocado, y la manga empapada en sangre de lo que solo puede haber sido un mordisco.