Capítulo 20
Por un momento se me olvida respirar.
— Mi padre llevaba el otro — dice Hollingsworth —, pero como su cuerpo no apareció nunca, no lo tengo. Fui yo quien instaló esa tumba vacía en Canna, con la tela de la memoria, siguiendo la tradición de los guivernos.
Sonríe.
La cabeza me da vueltas. ¿Rita Hollingsworth es la niña de la que escribe Clawtail en su diario? ¿Es su hija?
—¿Tú eres Marguerite? — pregunta Aodahn.
— Sí — responde ella, con voz suave —. Mis padres y yo vivimos con vosotros antes de que desaparecierais.
—¡Lo recuerdo! — exclama Aodahn, eufórico.
Echa una mirada a Cindra, que se acerca y olisquea el aire como si buscara el rastro de una mentira. Se gira hacia él y se comunican en silencio.
—¿Ya conoce a estos guivernos? — le pregunto a Hollingsworth, con la voz temblorosa —. ¿Ha vivido en esta isla, habla cannair? ¿Y aun así me ha enviado a mí, a ciegas?
— Nos ha mentido a todos — espeta Chumana.
—¡Podría haber encontrado a los guivernos usted misma! — le grito.
—¿Encontrarlos yo misma? — responde Hollingsworth, sin alterarse —.
Vivien, tengo sesenta y cinco años. Ya no me quedan las fuerzas necesarias para abrirme paso por una isla salvaje, por mucho que quisiera regresar al lugar de mis primeros recuerdos, los más queridos.
No recuerdo más que unas cuantas palabras de cannair.
Y te olvidas de quién soy. Si me hubiera venido a Canna sin más, nos habríamos puesto al descubierto.
— Por eso tenía el diario de Clawtail. No pertenecía a la Academia. Lo obtuvo de su familia.
— De mi madre — dice Hollingsworth, asintiendo —.
Después de que el gobierno matara a mi padre, nos reubicaron en Inglaterra, perdonándonos la traición de mi familia a cambio de que adoptáramos nuevas identidades.
Por supuesto, yo nunca olvidé la vida con los guivernos, ni siquiera cuando su idioma empezó a borrarse de mi joven mente.
Apenas conservaba nada de nuestro pasado hasta que fundé la Academia, en honor a mi padre.
Por el rabillo del ojo veo que Aodahn se mueve. Mete la mano en el bolsillo donde debería estar su huevo y saca un minúsculo anillo de oro.
— La alianza de Patrick — dice, sosteniéndolo torpemente entre sus grandes garras.
Hollingsworth junta las cejas, sorprendida, y coge el anillo. Lo coloca junto a su pareja, en la palma de la mano.
—¿Entonces eras amigo de mi padre?
— Desde luego, querida — dice Aodahn —. Él me enseñó inglés y yo le enseñé cannair. — Abre bien los ojos —. Tú aprendiste a leer conmigo.
Las mejillas de Hollingsworth adoptan un intenso color rosado y en sus labios pintados aparece un temblor.
Levanto la vista al cielo y veo llegar más dragones que aterrizan a nuestro alrededor y de cuyas grupas descienden rebeldes a los que no he visto nunca.
¿Pero dónde están Goranov y Krasimir? ¿Dónde están los bolgoriths?
— Aodahn — dice Hollingsworth —, mis reclutas os han hablado de la guerra que está librando el país, de la invasión de los dragones búlgaros, que ya habéis presenciado por vosotros mismos.
— Observa a los otros guivernos y fija la mirada en Cindra —.
He venido a pediros que uséis vuestro koinamens para liberar a Britania de estos invasores.
Sé que es algo sagrado para vosotros, un secreto que debería quedar entre los dragones.
Los rebeldes humanos hemos luchado por protegerlo, pero tengo que rogaros que lo compartáis con nosotros, por una sola vez y nunca más, y contaréis con nuestro agradecimiento y respeto eternos.
Sin él, nuestro país está condenado a convertirse en territorio de los bolgoriths búlgaros, y nuestros humanos y dragones en comida o esclavos.
— Pero, ¿cómo puede ayudaros nuestro smuainswel ?
— Juntos — dice Hollingsworth, con voz suave —, los guivernos de las Hébridas podéis emitir una llamada de ecolocalización lo suficientemente fuerte como para matar a uno de los líderes búlgaros.
Él, a su vez, tiene un vínculo tan íntimo con sus dos hermanos, que estoy convencida de que sufrirán las mismas consecuencias a través de él, y también morirán.
Daria encoge la cola, como una serpiente.
— Patrick nunca nos habría pedido algo así — responde Cindra en cannair.
— Tienes razón — respondo, en el mismo idioma —. Debéis negaros, Cindra. Si usáis el smuainswel , todos los humanos y los dragones del mundo sabrán quiénes sois y lo que podéis hacer.
Hollingsworth abre la boca para hablar, pero cambia de idea al ver que Chumana da un paso adelante.
— Los humanos querrán convertiros en un arma — añado, pasando al inglés —. Los dragones intentarán mataros. No seréis respetados, solo temidos. El miedo engendra odio, Cindra, y vosotros seréis los dragones más odiados de Europa.
— Los bolgoriths búlgaros son los dragones más odiados de Europa — responde Hollingsworth, elevando el tono —.
¿Es que la gente no respeta su poder? Nuestro país caerá en sus manos, igual que cayó el suyo.
Debemos combatirlos con un arma que no se esperan que usemos.
Y vosotros no solo tenéis esa arma, sino que contáis con la mejor versión.
Una versión que nos salvará a todos. Cindra, te lo suplico.
Chumana suelta una dentellada al aire en dirección a Hollingsworth y ella da un salto atrás. Se queda pálida de golpe.
— Los guivernos lucharemos a vuestro lado, niña de la máquina dorada — dice Cindra —. Pero con nuestros dientes. — Mira a Hollingsworth con dureza —. No con la mente.
Asiento, aliviada, y observo el temblor en las manos de Hollingsworth cuando se gira. Atraviesa el prado, y no para hasta llegar al borde del despeñadero, donde se queda contemplando el horizonte.
— Bolgoriths — anuncia Serena de pronto.
Toda una horda se acerca volando desde el interior, mientras que desde el mar acuden más dragones rebeldes, con unas pequeñas figuras negras que desmontan de su grupa al llegar a la playa y empiezan a disparar sus armas.
— Somos más de los que esperaba — murmuro, esperanzada.
—¿No decían que los rebeldes no tenían suficientes efectivos? — dice Marquis, resoplando.
En la playa, los guardias están cargando una batería de Speerspitzes bajo supervisión búlgara. Y procedente de algún lugar lejano se oye un zumbido de aviones. Un dragón de las arenas aterriza a mi lado.
— Saludos, recluta — dice Soresten, bajando la cabeza —. Nos han dicho que encontraríamos a la golondrina aquí.
— Me alegro de verte, Soresten — respondo yo, casi sin aliento.
De la grupa de Soresten baja alguien. Apenas lo reconozco: es el hombre al que vi con la doctora Seymour cuando aterrizamos en Eigg tras la batalla de Bletchley, el padre de su hijo.
Alguien se pone a gritar órdenes y los rebeldes empiezan a organizarse a nuestro alrededor.
A medida que los dragones van plegando las alas, distingo otros rostros humanos: Arthur Burke, de la Academia; el chófer de Hollingsworth, Johnstone; un verdulero de Pimlico.
Se me encoge el estómago. George Beecham, el que celebró la fiesta en Pimlico y...
¿Edward? ¿En qué momento se ha unido a la Coalición?
¿Hyacinth también está aquí? Me pongo a buscarla con la vista por entre la multitud, pero alguien me agarra del brazo y me obliga a girarme.
Una chica flacucha, con una larga melena rubia y una pulsera de la amistad roja.
Sophie.
No puedo controlar las lágrimas.
—¡Viv! — dice, con una gran sonrisa en el rostro —. ¿Cuál es el plan?
Parece otra. Tiene el rostro más redondeado y el cuerpo más musculoso. Me quedo mirando esos ojos brillantes, sin acabar de reaccionar del todo.
—¿Por qué pareces contenta de estar aquí? — le digo, entre lágrimas. Ella se ríe justo en el momento en que explota una Speerspitze.
—¿No es esto para lo que hemos entrenado? El año pasado éramos prisioneras, Viv. ¡Pero ahora somos rebeldes!
Sus últimas palabras quedan amortiguadas, porque Marquis se le echa encima y la abraza con fuerza. Serena se gira a decirme algo y en sus ojos veo reflejado un brillo naranja.
—¡Al suelo! — grita Atlas.
Nos cae encima una llamarada de fuego de dragón, tan ardiente que la hierba a mis pies queda chamuscada.
Un velo rosado me cubre en el momento en que me lanzo al suelo.
Cuando abro los ojos veo el cuero del ala de Chumana, fino como el papel, y luego el rostro de Atlas junto al mío, con los ojos cerrados y un brazo sobre mi espalda.
—¿Serena? — grito, aunque mi voz se oye amortiguada por la cubierta protectora del ala de Chumana.
— Aquí — dice Serena, con un hilo de voz.
El ala se levanta y la veo tendida en la hierba junto a Hollingsworth, Sophie y Marquis. La hierba está en llamas, que se extienden por entre las patas de los dragones y hacen que los humanos salgan corriendo en busca de refugio.
—¿Dónde está Gideon? — dice Marquis.
— Con Aodahn — respondo yo.
Cuando me pongo en pie, veo al guiverno de pie sobre Gideon, envolviéndolo con la cola para protegerlo mientras un bolgorith los sobrevuela en círculos.
Alguien me coge de la mano.
Atlas.
Se oye una explosión. Los guardias, que están disparando las Speerspitzes a los pies del acantilado. Lo miro. Él me mira.
Es como si de pronto fuera un extraño.
Chumana suelta un chillido y alza el vuelo, junto a Daria, yendo al encuentro de los bolgoriths.
El cielo está plagado de dragones y yo intento pasar lo más desapercibida posible cuando veo un enorme dragón negro volando de forma errática sobre las colinas, elevándose y luego dejándose caer, con el ala izquierda colgando.
—¿Ese es Goranov? — pregunta Serena.
— Y Ralph — responde Atlas, muy serio.