Capítulo 19 #3
Veo dragones sobrevolando la bahía con personas en la grupa.
Hay muchos humanos, deben de haber llegado de todas partes: de Eigg, del resto de Escocia, de Londres...
Sobrevolamos el campamento de Wyvernmire.
Está vacío salvo por unos pocos bolgoriths que conducen a los Guardias de la Paz a las tiendas.
Está ocurriendo tal como dijo Ralph. Los humanos están siendo apresados.
Si Wyvernmire gaseó los túneles de los guivernos para encontrarme y conseguir la máquina locuisonus, quizá es que sabía que los búlgaros iban a volverse en su contra.
A lo mejor estaba intentando escapar. Eso explicaría por qué no hay ni rastro de ella en la playa.
Chumana ruge al llegar a Compass Hill:
—¡Rita Hollingsworth! Parece que no todos los rebeldes conocen sus secretos.
Los guivernos de las Hébridas retroceden al ver aterrizar a Chumana y Daria.
Cindra se coloca a la cabeza del grupo. La veo más pequeña que antes, y siento un gran dolor por los guivernos muertos.
Abelio no ha venido. Nos quedamos a un par de metros de Hollingsworth, pequeña pero imponente con su uniforme verde y sus botas de cuero.
Lleva el cabello recogido con una cinta negra.
Atlas está a su lado y, cuando veo su mirada de dolor, siento a la vez la necesidad de quedarme pegada al abrigo que me ofrece el cálido cuerpo de Chumana y un deseo irrefrenable de lanzarme a sus brazos. Pero lo ignoro y bajo al suelo.
— Es un alivio verte, Chumana — dice Hollingsworth.
—¿Me recibe con más mentiras? — gruñe Chumana.
— No son mentiras, Chumana. Solo verdades que llegan tarde.
— El koinamens es cosa de los dragones, no hay que meter la mano en él, ni siquiera deben hablar de él. Esas fueron sus palabras, pronunciadas ante los dragones que se unieron a la Coalición.
—¿Y por qué te uniste a esa Coalición? — responde Hollingsworth.
Tiene el aplomo de una militar mientras mira el enorme rostro de Chumana, cubierto de púas —.
Para acabar con un Acuerdo de Paz corrupto.
Para abolir un sistema de clases injusto.
Para asegurarte de que humanos y dragones puedan vivir juntos en paz, sin que unos intenten imponerse a los otros.
Estamos a una sola batalla de conseguir todo eso, Chumana, con ayuda de los guivernos.
Pero sin su ayuda, la Coalición no cuenta con los efectivos necesarios para una victoria.
— Así que quiere empezar ese supuesto tiempo de paz explotando a los dragones — replica Chumana —. Se repite la historia.
Hollingsworth mira a Cindra.
— No es explotación si ellos están de acuerdo. Vivien, ¿quieres presentarme?
El miedo me atenaza. Chumana parece estar a punto de escupir fuego, o algo peor: de abandonarnos definitivamente.
Un brillo azulado.
Aodahn se ha adelantado. Echa una mirada nerviosa a Chumana y luego se dirige a Atlas.
— Esto es por el smuainswel . ¿Verdad, querido?
Atlas se queda mirando a Aodahn como si hubiera visto un fantasma.
—¿Tú eres Abelio? — pregunta Hollingsworth.
Aodahn niega con la cabeza.
— Yo... yo soy Aodahn. Esta es Cindra — dice, señalándola con el ala. Ella da un paso adelante.
— Abelio se niega a salir a la superficie — explica ella, con un gruñido —. ¿Tú quién eres?
— La rectora de la Academia de Lingüística Dracónica y líder de la Coalición Humanos-Dragones — responde Hollingsworth, y Aodahn abre los ojos como platos —. Puede que no me recordéis. Hace mucho tiempo.
Mete la mano en el bolsillo y saca un pañuelo de seda. Lo despliega, y yo estiro el cuello para ver qué hay dentro.
Un anillo.
— Esto perteneció a June Clawtail. Mi madre.
De los documentos privados de Patrick Clawtail
Marguerite ha cumplido ya siete años, tiene los ojos grises, es alta y juguetona, nada que ver con el bebé indefenso que trajimos cuando vinimos a vivir con los guivernos de las Hébridas. No conoce a ningún otro niño humano, y no comprende lo raro que es que juegue solo con crías de guiverno.
Ayer nos dijo a su madre y a mí que había salido de un huevo. « Neamroque» (la transcripción es mía), fue la palabra que usó. Creo que la palabra cannair para «huevo» se traduce literalmente como «roca celestial», y procede del gaélico « neamh» (cielo) y el anglonormando « roque» (roca).
A veces me divierto con estos pequeños juegos etimológicos, pensando en cómo podrían transcribir determinadas palabras los guivernos si plasmaran su lengua en papel.
Pero lo que más me interesa actualmente son los « neamroques» en sí mismos, y la promesa que albergan.
Los huevos, con ese brillo nacarado que tienen, en un enorme nido en la playa, bañados en el calor de las llamas y de la luz del sol, son una promesa de futuro para Canna.
Un futuro para el cannair y el gaélico que marcaron sus orígenes.
Soy consciente de la suerte que tenemos de estar aquí, viviendo en secreto entre los dragones, cuando tantos isleños se vieron expulsados de sus hogares.
Observo a mi mujer y a mi hija, que salta entre las olas; el sol que se pone sobre Canna cubre de una luz dorada sus cuerpos y se les enreda entre los mechones del pelo, como si quisiera quedarse allí para siempre.
El atardecer en las Hébridas da al mar un tono lavanda y las casas de piedra abandonadas destacan contra el horizonte .
La música de los pájaros ostreros y el arrullo de los dragones se mezcla con el silencio de una lengua que en otro tiempo hablaba del mar y de las islas, donde las columnas de basalto se alzan y besan el cielo.
«Neamroque» .
Esa roca celestial es Canna.