Capítulo 19
Aterrizamos en Sanday. La luz de la mañana le da un aspecto tranquilo. El islote está vacío, salvo por una enorme piel de dragón tendida en la hierba, frente a nosotras.
—¿Es tuya? — pregunto, con la garganta irritada de tanto llorar.
— Tenía que quitarme de encima lo que el sobrino de Wyvernmire me hizo en aquella tienda — gruñe Chumana.
Asiento, y noto que se me pone la piel de gallina. No quiero saber lo que le hizo. Bajo de su grupa y me quedo de pie sobre la hierba húmeda, de espaldas a la red de túneles de Ruth, contemplando el mar.
— Ya no puedo seguir siendo traductora.
— Por favor, no contamines mi aire con tus tonterías — responde Chumana.
Me envuelve con su cola cubierta de púas, y el calor que desprende tiene en mí el efecto de un bálsamo. Observo las olas, moviéndose adelante y atrás, como cuando me golpeaban contra las rocas.
— Atlas me ha traicionado, Chumana — susurro.
En su garganta resuena un gruñido grave.
Baja la cabeza, situándola a mi altura. Tiene unos círculos blancos en torno a los ojos, hechos de pequeños mechones de pelo, y la mandíbula manchada de sangre.
Contemplamos el mar en silencio hasta que oigo unas voces.
Miro al otro lado de la playa: Marquis, Serena y Gideon están bajando de la grupa de Daria.
—¿Por qué os ha salvado? — pregunto, en el momento que echan a caminar hacia nosotras —. ¿La conocéis?
—¡Chumy! — dice Marquis —. Me alegro de verte otra vez.
— No volverás a llamarme así una segunda vez — le espeta Chumana, cuando llega a nuestra altura.
Marquis sonríe de oreja a oreja, hasta que ve el rastro de las lágrimas en mi rostro.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está Atlas?
— Está... No sé ni cómo decirlo. Atlas ha estado en contacto con Hollingsworth desde antes de que llegáramos a Canna — susurro, sintiendo una presión en el corazón al recordar todo lo sucedido la noche anterior —.
Hollingsworth está aquí, en la Canna House.
Le encargó la misión de condicionarme para que descubriera por mí misma lo que no me dijo en Londres: que el modo de ganar la guerra es pedirles a los guivernos que usen la ecolocalización para lanzar llamadas mortales, que son así de fuertes a causa del vínculo que los une a todos.
—¿Qué? — exclama Serena, al tiempo que Chumana resopla, ofendida.
Marquis tensa la mandíbula.
—¿Así que Atlas tenía razón? ¿Y lo ha sabido todo este tiempo?
Asiento, conteniendo las lágrimas.
—¿Pero por qué no te lo dijo Hollingsworth desde el principio? — pregunta Serena.
— Porque sabía que me negaría a pedírselo a los guivernos — respondo —. Chumana me dijo lo que es el koinamens para los dragones, por qué no se puede explotar, pero Hollingsworth pensó que con el tiempo, y con Atlas, acabaría accediendo.
—¡Eso no puede ser cierto! — estalla Chumana —. Rita Hollingsworth ha defendido el koinamens desde que descubrió su existencia.
— Dice que es el único recurso — respondo —. Cree que puede proteger a los guivernos, asegurarse de que el mundo no se entera de su papel en la guerra, para que se mantenga el secreto sobre la ecolocalización.
— Eso es imposible — exclama Daria —. Todas las naciones querrán saber cómo derrotaron los británicos a los dragones búlgaros.
Me quedo mirando a la dragona que conocí en la playa de la isla de Skye. Es más pequeña que Chumana, más esbelta, pero aun así tiene un aspecto más fiero, el rostro anguloso y unas escamas afiladas que brillan al sol.
—¿Quién eres tú? — le pregunto —. ¿Y por qué estás aquí?
— Ya te lo dije la primera vez — responde, con un murmullo —. Vine a Britania buscando a una amiga.
—¿Y la has encontrado?
Daria mira a Chumana y veo un brillo en sus ojos.
— Oh.
Me las quedo mirando a las dos.
— Nos conocemos de cuando estaba en Bulgaria — dice Chumana.
— Ya veo.
Chumana vivió en Bulgaria muy poco tiempo, enviada por el gobierno británico para ayudar a los bolgoriths búlgaros en la masacre contra sus compatriotas humanos.
Ese es el motivo de que estuviera a punto de suicidarse en la biblioteca de la Universidad de Londres, el día en que llegué yo y la liberé.
¿Entonces Daria es culpable de los mismos horrores?
— Cuando Chumana regresó a Britania, las circunstancias me impidieron volver con ella — cuenta Daria —. Hace cincuenta y nueve años que no la veo. Pero cuando me destinaron a vuestro país, al empezar esta guerra, supe que sería la excusa perfecta para encontrarla.
Miro a Chumana.
—¿Pero no es el enemigo?
— No, niña humana — dice Chumana —. Daria no apoya ni a Goranov ni a Wyvernmire. Es de los nuestros.
Asiento, aunque me revuelve el estómago encontrar una aliada en una invasora búlgara cuando el rebelde en el que más confiaba me ha traicionado.
— Krasimir, Goranov y yo somos hijos del mismo padre, con muchos años de diferencia — dice Daria, en voz baja —. Pero ahí es donde acaban nuestros vínculos familiares.
—¿Tú eres la tercera dragona del trío búlgaro? — exclamo, sin poder evitar el tono de acusación en mi voz.
Pero Daria se limita a sonreír.
— Pensaba que los dragones búlgaros no hablaban otros idiomas... — observa Gideon, mirando a Daria con desconfianza.
— Sí que los hablan, cuando los aprenden en secreto — responde Daria.
—¿Qué pasó después de que os marcharais del campamento de Wyvernmire? — le pregunto a mi primo.
— No encontramos a Chumana, obviamente — responde Marquis, poniendo los ojos en blanco —.
Pero sí a Jasper, que volvía a su campamento para recuperar todo lo posible antes de refugiarse ahí dentro — añade, señalando las cuevas de la red de túneles de Ruth —.
Nos dijo que vio a Ralph dándole su sangre a Goranov.
—¿Otra vez?
—¿Goranov ha estado bebiendo sangre de Ralph Wyvernmire? — pregunta Chumana, sorprendida.
Marquis asiente y veo que las dos dragonas cruzan una mirada.
— También lo vimos hacerlo después de que Wyvernmire gaseara los túneles de los guivernos — digo yo.
— Aunque no parece que le sirva de mucho — señala Marquis —. Jasper nos dijo que Goranov tenía problemas para volar.
— Entonces sí le está dando fuerzas — gruñe Daria —. Goranov está gravemente enfermo. Así que si lo que decís es verdad, la sangre del sobrino de Wyvernmire podría ser lo único que lo mantiene con vida.
—¿Está enfermo? — pregunto.
Daria asiente.
— La tradición búlgara de perfusión sanguínea estuvo durante mucho tiempo reservada a los regios — dice —. Pero ahora que quedan tan pocos humanos en Bulgaria, el regio Vasil, jefe del Consejo de Regios, se ha adueñado del privilegio en exclusiva. Para los demás está prohibido.
—¿Qué es un regio? — pregunta Serena.
— La realeza dracónica búlgara — digo yo, sin apartar la vista de Daria.
— La práctica implica adoptar un protegido humano, alguien que esté dispuesto a mutilarse para permitir que un dragón beba su sangre — explica —.
Las células de la sangre humana desencadenan una reacción química en el cuerpo del dragón que hace que sus propias células se regeneren.
Si un dragón sano bebe sangre a diario, puede alargarle la vida un siglo.
Si la bebe un dragón moribundo, puede retrasar la muerte varios años.
—¿Así que la sangre humana cura a los dragones? — pregunta Marquis.
— Sí — responde Chumana, siseando.
Se me pone la piel de gallina al recordar cuando Ralph me hablaba de una Britania en la que los humanos serían como ganado en manos de los dragones búlgaros. En esas condiciones no resultaría muy difícil convencer a una persona para que entregara su sangre, si así mantenía a su familia con vida.
— La próxima vez que vea a Ralph, le pego un tiro — gruñe Marquis —. Necesitamos a un Goranov debilitado, no drogado con hemoglobina de Wyvernmire.
— Viene Ruth — anuncia Serena.
Ruth sale de la cueva y se nos acerca, con Jasper y Freddie a los lados. Dudan un momento al ver que las dragonas los miran, pero levanto una mano para tranquilizarlos y no se detienen.
—¿Ya habéis vuelto? ¿Tan pronto? — me pregunta Ruth, arqueando una ceja. No menciona a Atlas.
—¿Dragones búlgaros? ¡No me jodas! — murmura Freddie, dirigiéndose a Jasper —. Pensaba...
— Pensabas que eran el enemigo — digo yo, mirándolo fijamente —. Estas dos son diferentes, pero no puedo prometerte que Chumana no se coma a alguien si Ruth se lo pide, así que asegúrate de que los tuyos se comporten.
Ruth me mira con una sonrisa cómplice en el rostro y me pasa un par de binoculares.
— Ahí arriba, sobre la colina.
Apunto los binoculares hacia la dirección que indica. En el cielo, volando hacia Compass Hill, veo las gráciles siluetas azules los guivernos de las Hébridas.
— Esa es Cindra — digo, enfocando a uno de ellos —. Y Aberdine.
—¿Ves a Aodahn? — pregunta Serena.
Niego con la cabeza.
— Parece que han decidido luchar — dice Marquis —. Me pregunto que le parecerá a Abelio.
— Hollingsworth quiere que les pida que usen la ecolocalización para derrotar a los bolgoriths — digo yo, girándome hacia los recién llegados —. Pero si lo hacen, tendrán que vivir ocultos el resto de sus días.
—¿Qué es la ecolocalización? — pregunta Jasper.
— Un lenguaje ultrasónico que usan los dragones — responde Marquis, divertido —. No se lo digas a nadie.
Chumana suelta un gruñido.
— De modo que no voy a pedírselo — concluyo.
Los miro uno por uno, esperando sus objeciones, pero no las hay.
—¿Así que no vamos a ganar esta guerra? — pregunta Ruth.
Digo que no con la cabeza.
— Aun así lucharemos — afirma Chumana —. Ningún dragón escoge la rendición cuando puede morir luchando.
— Y vosotros tenéis que esconderos — les digo a Ruth, Jasper y Freddie —. En lo más profundo de los túneles, donde podréis sobrevivir unos meses si racionáis vuestras provisiones.
Pienso en Ursa, que habrá escapado de Eigg a lomos de un dragón con la doctora Seymour, que seguro que habría tenido la precaución de esconder a mi hermanita, igual que a su bebé. Quizá ellas también se hayan escondido bajo tierra.
Ruth está meneando la cabeza.