Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 18 #4
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Capítulo 18 #4

— Porque soy una traductora dracónica — respondo de inmediato —.

Solo que he fracasado en la traducción, doctora Hollingsworth.

He construido toda una vida en torno a un objetivo que no es la labor noble e infalible que pensaba que era.

La traducción no siempre preserva. A veces solo da la ilusión de la preservación.

Así que... ¿qué sentido tiene? — Mis ojos, cubiertos de lágrimas, me traicionan —.

Creo que no quiero seguir siendo traductora.

— Tú eres mucho más que tus idiomas, Viv — dice Atlas, con voz suave —. Es solo un trabajo, no define quién eres.

— Vivien, no te escogí para esta misión solo por tu habilidad con los idiomas — añade Hollingsworth —. ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?

Asiento, recordando la cena en nuestra casa de Fitzrovia, antes de que mis padres fueran detenidos y mi vida cambiara para siempre.

— Esa noche vi a una jovencita que no estaba segura de lo que decía, desesperada por agradar y que, a pesar de sus impresionantes logros académicos, carecía de confianza en sí misma.

Pero solo unas horas más tarde liberaste a una dragona condenada por la justicia, la convenciste para que prendiera fuego a Downing Street y negociaste para obtener un trabajo para ti y para tu primo que salvó a toda tu familia.

Fue entonces cuando supe quién eras realmente.

Escucho, incapaz de responder.

— Y entonces vi lo que hiciste en Bletchley Park.

— Estudiar el koinamens para Wyvernmire — susurro, avergonzada.

— No, eso no — responde Hollingsworth —.

Negarte a entregar a la doctora Seymour cuando descubriste que era una espía rebelde.

Destruir la máquina locuisonus. Intentar salvar a Atlas a pesar de saber que eso probablemente provocaría tu detención.

Yo creo en ti, Vivien, no porque seas traductora, sino porque estás dispuesta a remover cielo y tierra para asegurarte de que ganamos la guerra, para asegurar la libertad de los dragones y de la tercera clase.

Por eso te convertí en la Golondrina..., porque creo en tu capacidad para triunfar.

— Pues siento haberla decepcionado — murmuro.

— No me has decepcionado. Sé que aún puedes convencer a los guivernos para que nos ayuden. Tú comprendes los idiomas mejor que la mayoría, pero también las expectativas y las emociones que transmiten, porque el bilingüismo ha sido parte de ti desde que naciste.

Pienso en cómo usaba el inglés con papá y el búlgaro con mamá, y una mezcla de los dos con Ursa. Los dos idiomas ocupan partes diferentes de mí, no soy la misma en uno y en otro. Y, de hecho, también hay partes de mí que son intraducibles.

— Usted es la líder de la Coalición Humanos-Dragones — respondo, sin alterarme —. Sin duda contará con otro plan, ¿no? Con otra arma.

— El koinamens es un idioma, y un idioma es un arma — dice Hollingsworth —. Eso ya te lo he dicho muchas veces — suspira —. ¿Les pedirás a los guivernos que nos ayuden, Vivien? ¿Lucharás por los rebeldes una vez más?

Quiero decir que sí. «Sí, si me asegura que mantendrá a los guivernos a salvo. Sí, si no tengo que ver nunca más a Atlas mirándome así».

— No.

Hollingsworth aprieta los labios.

— Los guivernos ya han sufrido bastante — añado —.

Y aunque accedan, nunca podrá protegerlos, ocultar al mundo lo que puede hacer su ecolocalización.

Me han enseñado sobre traducción más que lo que haya podido aprender nunca en la Academia, y no voy a explotar su idioma, el tesoro más precioso que tienen, en nuestro beneficio, doctora Hollingsworth. Ni siquiera para ganar esta guerra.

Lentamente, Atlas se deja caer en el sillón de Hollingsworth.

Las piernas me llevan escaleras abajo, pero siento como si mi alma hubiera abandonado ya mi cuerpo, adelantándose a mí para encontrarse con el frío aire de la mañana.

Entonces lo comprendo todo: mi fracaso, la corrupción de Hollingsworth, la traición de Atlas.

Es algo que se me clava en lo más profundo de mi ser, creando una oscura nube de ansiedad que me presiona el pecho y me dificulta la respiración, al recordar cómo me dejaba hablar Hollingsworth de él cuando pensaba que estaba muerto, cómo me besaba Atlas, diciéndome que no veía un futuro sin mí.

Ambos me han utilizado.

Lloro, desesperada, mientras nace el día. Grito como lo hice meses atrás, cuando estaba convencida de que Atlas había muerto, como habría querido gritar cuando lo vi sano y salvo. Lo perdí y lo encontré, para luego perderlo por segunda vez. Y esta vez sé que no hay vuelta atrás.

Atlas King no volverá a besarme.

Empieza a llover. Alzo la vista hacia las nubes y dejo que sus gotas me empapen el cabello, aspirando el olor a tierra mojada hasta que se me cuela bajo la ropa y siento el frío en los huesos. Y sigo llorando, por todo lo que he perdido. La traducción, Atlas y la guerra.

Una sombra cruza el cielo.

Asisto, inmóvil, al aterrizaje de la dragona.

Dejo que se acerque, que me rodee con su cola, que su enorme cabeza toque la mía, calentándome el cuello con su aliento.

Y lo único que puedo hacer es levantar la mano como una niña pequeña, tocar con la punta de los dedos el relieve de sus escamas calientes.

Mi alma vuelve a encontrarse con mi cuerpo, y ambos caen rendidos, de dolor y de agotamiento.

Entonces Chumana me envuelve con sus alas y se me lleva volando hacia el amanecer.