Capítulo 18 #3
Hollingsworth asiente, como dejando claro que está de acuerdo conmigo, y siento que de pronto no entiendo nada. «¿Qué está pasando aquí?».
— Sabía que no te encantaría la idea. Así que le pedí a Atlas que fuera transmitiéndote la información poco a poco, para que fueras dándote cuenta de por qué ese nuevo recurso inesperado es crucial para ganar la guerra. De por qué te envié a comunicarte con los guivernos.
Parpadeo, confusa.
«¿Transmitirme la información?».
Atlas parece estar destrozado.
—¿Qué... qué quiere decir? — pregunto, casi sin aliento.
— En Londres ya te conté que los dragones búlgaros se comunican sobre todo con la ecolocalización, ¿verdad?
Ese es el motivo de que hablen menos idiomas que la mayoría de dragones, de por qué sus guerreros se distribuyen en grupos con vínculos familiares.
Eso recuerda mucho a los guivernos de las Hébridas, ¿no te parece?
Cuando mis espías me informaron de que Wyvernmire estaba en posesión de una máquina locuisonus y de que habías huido con ella, le sugerí a Atlas que la usaras para escuchar a los guivernos.
Y luego le dije dónde estaba la tumba de Clawtail, para que pudiera llevarte hasta allí.
Me lo quedo mirando, con el cuerpo en llamas. Él no se mueve, no me mira.
—¿Cómo se comunicaron?
— Le asigné la misión secreta a Atlas antes de enviarlo a Canna — dice Hollingsworth.
— Y luego me envió un dracovol diciéndome que mantuviera la máquina locuisonus cerca. Me llegó cuando estábamos registrando la Canna House por primera vez — cuenta Atlas —. Entonces le robé la radio a Serena, en los túneles, y encontré señal...
— Por eso sabías lo de la tumba — digo yo, acabando la frase por él. Miro a Hollingsworth —. ¿Es usted quien escribió ese pergamino de la memoria? ¿Cómo sabe que los guivernos pueden curar a los humanos?
— Cuando Clementius me advirtió que los guardias venían de camino a la oficina para detenerme, conseguí escapar y emprendí el viaje a Canna. Sabía lo mucho que te enfadarías cuando descubrieras la segunda misión de Atlas. Y quería ser yo quien te contara toda la verdad.
—¿Toda la verdad?
— Piensa, Vivien, en lo que sabes ahora sobre la ecolocalización. ¿Qué es lo que puede hacer?
No sé si responder.
No se lo merece, pero quiero saber.
Quiero saberlo todo.
— Puede curar — respondo, enfadada. Recuerdo cómo presionaban el morro contra sus huevos Aodahn y Aberdine para hablar con sus crías —. Puede favorecer la eclosión. Y...
Pienso en lo que me dijo Chumana en Bletchley Park.
«Por supuesto que no sabías que el koinamens también puede matar, igual que puede curar y fomentar el crecimiento de las crías».
— Puede matar.
Hollingsworth asiente.
— No me diga que todo este rato era eso lo que intentaba decirme — le espeto —.
¿Para eso necesitaba a Atlas? ¿Para que me hiciera llegar a la conclusión de que el koinamens podía usarse para matar?
¿Y cree que eso puede ayudarnos? Puede matar a las crías en el interior de los huevos.
Dragones vulnerables, que aún no han nacido.
¡Los guivernos no pueden matar dragones búlgaros con la mente, no sea ridícula!
Si pudieran, no necesitarían esos dientes ni esas garras.
— No es la debilidad física de las crías lo que hace que puedan matarlas — me interrumpe Hollingsworth —.
Es el vínculo indisoluble entre dragón y cría lo que permite que funcione la llamada que los mata, tan contraria al instinto natural paterno o materno.
Un dragón no puede matar un huevo con el que no esté vinculado, Vivien.
Pero los guivernos de las Hébridas, con su especial capacidad para establecer vínculos con otros muchos guivernos, pueden sortear esa necesidad previa, y penetrar en cualquier mente, siempre que emitan su llamada juntos.
Con la ecolocalización, pueden curar juntos a un humano.
Y juntos, pueden matar a un dragón adulto.
¿Un vínculo múltiple?
De pronto me siento como si cayera al vacío, como si me estuviera sumergiendo de cabeza en una verdad fría y evidente.
De pronto echo de menos la confusión que me tenía bloqueada en los túneles de los guivernos, en la que pensaba que estábamos atrapados Atlas y yo, juntos.
Todo lo que me acaba de decir Hollingsworth tiene sentido, y me da rabia no haberlo visto antes.
— Si es así, aprovecharse del koinamens sería aún más peligroso de lo que pensábamos. Si los guivernos pueden hacer todo eso, es decir, matar dragones búlgaros con solo unir sus mentes, son un peligro para el mundo entero. Y si accedieran a ayudarnos, humanos y dragones les darían caza.
— La doctora Hollingsworth puede protegerlos — me interrumpe Atlas, levantando la vista por primera vez —. Si no, yo nunca habría accedido...
— Ni siquiera mi hermana de seis años se habría tragado esa mentira — le espeto.
Baja la cabeza, abatido.
—¿En qué fase de nuestra relación decidiste que ibas a traicionarme?
— Yo... Viv, yo no quería. Solo accedí porque la doctora Hollingsworth insistió, porque los rebeldes tienen que ganar la guerra, porque sabía que, una vez comprendieras que los guivernos estarían protegidos, harías lo que hiciera falta para salvar a Britania de...
— Esto no — respondo, negando con la cabeza —. El koinamens es secreto por un motivo, y ahora que sabemos lo que pueden hacer los guivernos, con más motivo hay que ocultárselo al mundo. Es por esto por lo que luchamos en Bletchley Park, Atlas. — Se me quiebra la voz —. ¿Por qué lo has hecho?
Da un paso hacia mí y me estremezco. Se frena.
— Tienes que escucharla, Viv. Tienes que convencer a los guivernos. Si no, lo perderás todo. Yo lo perderé todo.
Me giro hacia Hollingsworth.
— Así que no me hizo aprender cannair para que descubriera cómo podían ayudarnos los guivernos.
Eso ya lo sabía. Simplemente quería que me ganara su confianza, para que pudiera hacerles esa petición tan descabellada.
— Meneo la cabeza —. ¿Sabe? Por un momento pensé que sería posible.
Traducir el cannair al inglés y, a cambio, pedirles una alianza que quizá habría puesto de manifiesto lo que usted quería saber.
Pero lo que yo no sabía es lo que el propio Clawtail ya había descubierto: que la lengua de los guivernos es intraducible.
Hollingsworth frunce el ceño.
—¿Y eso?
— En inglés no tenemos palabras que puedan transmitir con precisión lo que significan sus llamadas.
Y, sobre todo, ninguna traducción conservaría su esencia, que es lo que desean los guivernos.
— Tomo aire —. Una transcripción escrita del idioma no puede capturar el acento o la entonación de la voz, ni sus modismos.
No vale para mantener vivas tradiciones como el abatanado de la lana o el tejido de las nubes, si no hay palabras que puedan explicar cómo se hace.
Llegué a un acuerdo con una de las líderes de los guivernos, Cindra, para hacer eso precisamente, pero no lo conseguí, porque su idioma y el mío son incompatibles.
El único modo de preservar el cannair es permitir que otros lo aprendan por inmersión, experimentando de primera mano su cultura, y no desde las páginas de un libro.
Los guivernos tendrán que salir de su reclusión, doctora Hollingsworth.
¿Usted cree que podrán hacerlo, cuando todo el mundo sepa lo de su ecolocalización?
— Los guivernos tienen la oportunidad de jugar un papel crucial en la historia y nosotros se lo reconoceremos, sin revelar cómo ocurrió — responde ella —.
La Coalición está perfilando un plan de protección para los guivernos y sigue abogando por la destrucción de todas las máquinas locuisonus existentes.
— Hollingsworth se pone en pie —. Sí, les estamos pidiendo a los guivernos que usen la ecolocalización, pero no tenemos intención de manipularla nosotros.
El koinamens debería estar siempre protegido de la interferencia humana, y así será.
Esa es la promesa que mantiene a los dragones rebeldes de nuestro lado.
—¿Entonces ellos lo saben? ¿Los dragones rebeldes conocen este plan?
— Solo unos cuantos.
—¿Lo sabe Chumana?
Hollingsworth suspira y niega con la cabeza.
— No se lo ha dicho — le digo, incrédula —, porque sabe que estará en contra.
— Sí — confiesa Hollingsworth —. Contaba con que tú le explicarías por qué hay que hacerlo. Porque estoy convencida de que será capaz de ver la verdad, Vivien, igual que tú. Creo que conseguirás convencerla, igual que serás capaz de convencer a los guivernos de las Hébridas.