Capítulo 18 #2
Por un momento tengo la impresión de que está bromeando, pero luego veo la expresión en la cara de Atlas. Se ha quedado paralizado, y tiene las mejillas rojas.
—¿A mí? — responde, incómodo y con una voz forzada.
Entonces lo veo. El trocito de papel que el dracovol lleva en la garra izquierda.
— Llevaba esto — dice Ruth.
Abre la palma de la mano, donde tiene un trocito de tela verde de lana, el mismo material del que está hecho el uniforme de la Coalición que lleva Atlas.
Recuerdo el cuadradito cortado del forro del bolsillo de su chaqueta.
El dracovol adelanta la pata y Atlas se vuelve despacio a mirarme. Coge el papel doblado.
En la parte delantera está su apellido, garabateado, y reconozco la florida caligrafía.
Se me encoge el corazón.
— Ábrelo — le digo —. Y léemelo.
K:
Sé que harás lo que haga falta para asegurar nuestro éxito. Para cuando llegues hasta mí, estoy seguro de que muchos habrán cambiado de opinión. Te espero donde están los dibujos.
H
Levanta la vista, avergonzado.
— H... — digo yo, muy seria —. ¿No será... esa H?
Su silencio me dice todo lo que necesito saber.
Mientras las chicas reman en silencio, echándonos miradas curiosas, yo procuro digerir la sorpresa.
Atlas se comunica con Hollingsworth. Todo este tiempo estábamos intentando deducir qué era lo que quería que les pidiéramos a los guivernos y si los rebeldes tenían un plan alternativo...
y él no dijo en ningún momento que podía contactar con ella.
Sabía que no la habían detenido ni había sido torturada, pero nos permitió que lo creyéramos. De pronto lo veo claro.
¿Quién más podría haberle ordenado una misión secreta?
— Supongo que ella es la que quiere usar la ecolocalización de los guivernos para combatir a los bolgoriths... — le digo —. Solo hablabas de eso últimamente.
— Viv... — dice él, acongojado —. Si vienes conmigo a la Canna House, ella misma...
—¿Canna House? — estallo —. ¿Hollingsworth está en la isla?
¿Qué sentido tenía ir en busca de Chumana, si las respuestas a nuestras preguntas estaban ahí mismo, en la bahía?
— Quiere verte — dice Atlas —. Y todo quedará explicado. Tú crees que has fracasado en tu misión, Viv, pero no es así. Aún no.
— Mi plan de traducir el cannair para convencer a los guivernos de que nos ayudaran estaba condenado desde el principio. Así que si no podemos ganar sin ellos...
— Ven conmigo a verla — insiste —. ¡Por favor!
Se lleva el pedazo de papel arrugado al pecho y, por un momento, tengo la impresión de que se va a echar a llorar.
— Si no...
Aprieta los puños y se traga el resto de la frase. Yo frunzo el ceño, cada vez más alarmada.
— Si no, ¿qué, Atlas?
— Tú... di que vendrás — me ruega, tembloroso.
Me lo quedo mirando, oyendo el siniestro golpeteo de las olas contra el costado de la barca. ¿Dónde está el chico que bromeaba conmigo poco antes?
— Muy bien — decido —. Iremos. Ahora.
Ruth nos lleva hasta una pequeña cala algo más allá, lejos del campamento de Wyvernmire. Me giro hacia ella mientras Atlas baja del bote.
— Ruth, si los rebeldes pierden la guerra, Canna se llenará de dragones búlgaros. Tendréis que marcharos todos, iros de la isla.
Se ríe y menea la cabeza.
— No sufras, Featherswallow. En el lugar al que vamos, ni siquiera un dragón podrá encontrarnos.
Querría preguntarle cuál es su plan, pero la otra chica se está ajustando las pieles, mirando nerviosa al cielo. Me doy cuenta de que aquí están expuestas, a la vista tanto de cualquier dragón que pase volando como de los guardias que puedan recorrer la costa. Asiento.
— Gracias por salvarnos.
Atlas me tiende la mano para ayudarme a desembarcar, pero yo no hago caso y salto a la arena mojada.
Tengo la ropa pegada al cuerpo, y es muy incómodo, pero ya casi no siento el frío.
Mientras caminamos, sin decirnos ni una palabra, noto que un calor me recorre el cuerpo por dentro, por efecto del miedo y la curiosidad.
¿Qué es lo que estoy a punto de descubrir en la Canna House?
Cuando llegamos veo que la puerta delantera ha desaparecido por completo. Los primeros rayos de sol acarician el jardín delantero, y me giro a mirar a Atlas.
—¿Estás seguro de que está aquí? — pregunto, en voz baja.
Él echa una mirada al papelito que tiene en la mano.
— Tiene fecha de hace cuatro días.
Los cristales crujen bajo nuestras botas al recorrer el pasillo. Miramos dentro de todas las habitaciones.
— Vacío — digo, y mi voz resuena en el espacio en penumbra.
El sol va asomando lentamente, y las sombras se extienden por los tablones del suelo. Intento no pensar en lo que podrían estar ocultando. ¿Y si los guardias nos han tendido una emboscada? ¿Y si el correo del dracovol es falso?
— Atlas, esto no me gusta.
— Debe de estar arriba — susurra, desapareciendo por las escaleras.
— No sé qué hacer. Arriba podría haber alguien. Me quedo mirando cómo sube y un escalofrío me recorre la columna. Ha estado en contacto con Hollingsworth y me lo ha ocultado todo este tiempo. ¿Qué otros secretos me oculta? ¿De verdad puedo confiar en él?
Reacciono y lo sigo. En tiempos de guerra la información tiene que estar clasificada, eso es lo que dijo Marquis. A pesar de que no haya sido honesto conmigo, Atlas no deja de ser un rebelde, y Hollingsworth sigue siendo la líder de la Coalición Humanos-Dragones.
Nos paramos un momento junto al cuarto infantil en el que me encontró Ralph la última vez. También está vacío. Seguimos por el pasillo, examinando cada habitación.
— No está aquí — susurro —. Deberíamos buscar a los otros, y luego esperar a que regrese Chumana.
— Hay otra escalera — señala Atlas.
Tiene razón. Al final del pasillo veo más escalones.
Me aparto y le dejo pasar delante. En lo alto hay una puerta.
Atlas la empuja y la luz de las velas lo ilumina y se proyecta hacia las escaleras.
Entramos y la nariz se me llena de un olor químico.
Las cortinas están cerradas y en un rincón veo la llama azul de un fogón de gas portátil.
Hay latas de comida amontonadas cuidadosamente y, detrás, un sillón.
Y alguien sentado en él.
Oigo el chasquido de una cerilla al encenderse.
La persona que está ahí sentada enciende la lámpara junto al sillón y la habitación se ilumina con una luz amarilla, que deja a la vista una voluminosa melena y un rostro arrugado que conozco bien.
— Doctora Hollingsworth — dice Atlas.
Hollingsworth lo mira con una sonrisa fatigada en el rostro, y luego se vuelve hacia mí.
— Hola, Vivien.
Me la quedo mirando, con las mejillas encendidas.
No puedo decir nada. Si lo hago, no creo que pueda evitar gritar.
Observo el uniforme rebelde que lleva en lugar de su habitual abrigo de pieles y me siento como si formara parte de un truco maquiavélico.
No la he visto desde aquella última mañana en su despacho, cuando los guivernos no eran más que los personajes del diario de Clawtail.
—¿Qué está haciendo aquí? — le pregunto.
— No me parece que eso sea una disculpa aceptable por haberme dejado en Londres, ¿no te parece?
—¿Y qué tal si se disculpa usted por dejar que creyera que Atlas estaba muerto? — replico —. ¿O por no decirme en ningún momento qué era lo que quería que les pidiera a los guivernos? ¿O por exigirme que aprendiera un idioma imposible?
A medida que voy alzando la voz, veo que Atlas cambia de posición, incómodo.
Y de pronto lo odio.
—¿Cuánto tiempo hace que conspiráis juntos? — le digo, con voz temblorosa —. No pensabais que pudierais confiar en el resto de nosotros, ¿es eso? ¿Y por qué? ¿Porque sois Hollingsworth y King, los grandes rebeldes de Bletchley Park? — Me los quedo mirando, furiosa, incapaz de contener el tono.
— Atlas — dice Hollingsworth, alzando una ceja —. ¿Te importaría explicárselo?
Atlas se pone aún más colorado.
— Es cierto que tenía una misión secreta — confiesa —. La misión de contarte lo que tú no sabías de los guivernos de las Hébridas, y por qué eran la clave para ganar la guerra.
—¿Y por qué no lo hiciste? — le digo, y me giro hacia Hollingsworth —. ¿Por qué no me envió un dracovol a mí?
— Porque tenías que asimilar la información despacio — responde Hollingsworth sin inmutarse.
Se me escapa la risa entre los labios.
—¿Perdón?
Hollingsworth se pone en pie.
— Ahora ya sabes que la ecolocalización de los guivernos tiene la capacidad de salvarnos de la primera ministra y sus bolgoriths, ¿no?
— Eso dice Atlas — respondo —. ¿Cómo? ¿Y por qué no me lo dijo usted en Londres, en lugar de decírselo a él?
— Mi plan era informarte de forma gradual, Vivien. Por eso no te envié a Canna enseguida, y por eso me quedé destrozada cuando me enteré de que te habían detenido y te habían traído aquí.
Frunzo el ceño y Hollingsworth vuelve a juntar las manos. Sus anillos de plata brillan a la luz de las velas.
— Lo que viviste en Bletchley Park fue terrible — reconoce —.
Sé lo valiente que tuviste que ser para negarte a traducir las llamadas de ecolocalización, tal como te ordenaba la primera ministra; lo difícil que debió de ser descubrir quién era realmente y cambiar de bando, por decirlo así.
En ese momento yo acababa de confirmar lo que hacía tiempo que sospechaba: que la ecolocalización de un grupo de guivernos escoceses podía servir de ayuda a la Coalición.
Pero, para entonces, Chumana ya te había hablado del peligro que planteaba para los dragones la explotación de esa lengua misteriosa por parte de los humanos.
Así que... ¿cómo iba a pedirte que hicieras precisamente eso por el bien de unos rebeldes en los que aún no confiabas del todo?
— Desde luego no me esperaba que fuera usted quien abogara por hacer algo así — replico, con voz gélida —.
Le dije a Atlas que usted nunca pondría en peligro a los dragones de ese modo.
Usted, la líder de la Coalición Humanos-Dragones...
— Miro a Atlas, que sigue con la vista fija en el suelo —. Parece que me equivocaba.