Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Mis huesos chillan de dolor. Un frío glacial me quema la piel y la boca se me llena de agua salada. Intento respirar y los pulmones se me inundan de agua. Abro los ojos, presa del pánico.

Atlas ha desaparecido.

El mar es de color gris azulado. Me lanza hacia delante con una fuerza descomunal y yo apenas tengo tiempo de poner las manos por delante de la cara antes de chocar con algo sólido.

La roca me araña la mejilla, pero no siento dolor.

Me ahogo, la presión que siento en la cabeza es tal que tengo la impresión de que los ojos me van a explotar.

El remolino me engulle de nuevo, la tela de lana de mi abrigo ondea a mi alrededor creando una línea pálida en el agua, como la estela de un pez al nadar.

Me sacudo el pesado material, quitándomelo de encima de los hombros y nado hacia la superficie, pateando con las piernas doloridas, haciendo acopio de la poca energía que me queda.

Me arden los pulmones, que amenazan con explotar, y consigo sacar la cabeza del agua justo cuando empiezo a ver puntitos de luz.

Respiro un aire helado, y, en ese momento, otra ola vuelve a lanzarme contra la superficie del acantilado.

El cielo del atardecer está en llamas.

Me revuelvo, girándome de cara al acantilado, que se alza sobre el agua, una implacable pared de roca gris alisada por siglos de olas. No tengo donde agarrarme, no hay modo de salir del agua.

Voy a ahogarme.

Me giro y veo la blanca corriente de agua que viene hacia mí. Grito.

—¡Atlas! ¿Dónde estás?

Cojo aire de nuevo, justo antes de que las olas me arrastren, sacudiéndome, para luego pasar por encima de mi cabeza. Veo un pequeño círculo negro justo enfrente.

Las olas se retiran, llevándose a Atlas consigo, para luego empujarlo hacia mí y lanzarnos a los dos bajo el remolino de espumarajos. Cuando salimos a la superficie, me agarra de los brazos. Quiero abrazarlo, pero eso podría matarnos a los dos. El frío es como una cuchilla que me corta la piel.

—¿Dónde...? — jadeo, pero no consigo acabar la frase.

Busco con la mirada por entre las olas.

— Ahí — dice Atlas, escupiendo agua.

Señala hacia las columnas de roca basáltica que sobresalen de la pared del acantilado, formando unas estrechas cornisas demasiado altas como para que podamos llegar.

Pero las olas nos empujan contra la pared, levantándonos, y nos dejamos arrastrar hasta que Atlas consigue llegar.

En el momento en que las olas nos lanzan contra la superficie gris, saca un brazo de nuevo y se agarra a la cornisa.

Pero a mí las olas se me llevan de nuevo, y me quedo sin aliento.

Tiran de mí hacia el fondo, pero consigo mantener la calma y quedarme inmóvil, sabiendo que volverán a sacarme a la superficie, en ese baile de vaivén continuo.

Cuando me escupen de nuevo, fijo la mirada en Atlas, que ya ha conseguido trepar a la cornisa.

Alargo la mano, agitándola, sin encontrar dónde apoyar los pies.

Él me agarra de la muñeca y tira de mí. Mis hombros emiten un chasquido de protesta, y la tensión al quedarme colgando en el vacío me provoca dolor en los músculos de los costados, pero él me agarra de la parte de atrás del suéter y me levanta, haciendo que la afilada roca me rasque el vientre.

Me quedo tendida boca abajo, con el rostro pegado a la pierna de Atlas, mientras ambos recuperamos el aliento.

No me atrevo a moverme. Las piernas aún me cuelgan de la cornisa, que apenas tiene la anchura de la cuna de un bebé.

No cabemos los dos. Levanto una pierna para apoyarla en el borde y Atlas me agarra del muslo.

Me quedo mirando los remolinos en el agua.

El aire es frío y turbio, y la sal me escuece en las heridas que tengo bajo los cortes de los pantalones. Atlas está tiritando.

Me lo quedo mirando, aún agazapado, con el cabello pegado a la frente y los papeles que robó asomándole de los bolsillos, empapados. Del cuello le cae agua manchada de sangre y cuando gira la cabeza veo la herida que le ha hecho Ralph con la porra, un pequeño corte rojo en la nuca.

— Pun... puntos — digo yo, temblando de frío.

Se oye el estallido de una Speerspitze y un ddraig goch cae al agua con un gran estruendo.

La mano de Atlas me aprieta el muslo para agarrarme, porque la caída del dragón ha generado una onda que hace subir el nivel del agua hasta nuestra altura, mojándome.

Desde aquí solo veo el extremo más alejado del campamento de Wyvernmire; la parte más cercana queda oculta por los acantilados que se extienden frente a la arena.

No hay ni rastro de guardias ni de la primera ministra, ninguna presencia humana.

Solo el cielo oscuro, iluminado por los fogonazos de la batalla.

Los rebeldes deben de haber enviado a los dragones por delante.

Nos cae encima una lluvia de ceniza, aún de un color naranja encendido, aunque se apaga en cuanto entra en contacto con la piel húmeda.

— Pensaba que quemaría — comento, con la voz ronca.

Brazos y piernas me empiezan a temblar.

— Ojalá quemara — murmura Atlas.

Me duelen las piernas, el borde de la cornisa se me clava en las costillas, ya no siento los dedos de los pies.

Pero no hay ningún sitio al que trepar, y si Atlas intentara moverse, ambos caeríamos al mar.

Pasa el brazo por debajo del mío y esperamos, como si pensáramos que algún dragón conocido pudiera pasar por allí y vernos.

Pienso en Marquis, Serena y Gideon, que estarán buscando a Chumana, cuando todo este tiempo ha estado en el interior de esa carpa.

— No creo que pueda aguantar así mucho tiempo más — grito, para hacerme oír entre el fragor de las olas.

Atlas asiente.

— Voy a tener que soltarte, para intentar sentarme. ¿De acuerdo?

Me agarro a la cornisa con los dedos tensos, blancos como el hueso.

Atlas me suelta la pierna y poco a poco abandona su posición agachada, para sentarse en la cornisa, con las piernas colgando.

Luego estira una mano y me agarra de la parte trasera del cinturón.

Tira de mí y me hace pasar por encima de sus piernas.

— Ahora levanta el cuerpo y gira lentamente — dice —, y coloca las piernas en torno a mi cintura.

—¿En torno a tu qué?

— Tú hazlo, Viv.

Encojo las rodillas y me apoyo en la pared de roca para girarme y ponerme de cara a él; luego deslizo las piernas a los lados de su cintura.

— Con cuidado de no aplastar los papeles — murmura.

— No creo que sean los papeles lo que estoy aplastando — respondo.

— Ahora rodéame con los brazos.

—¿Por qué tengo la impresión de que estás disfrutando de esto?

Atlas resopla.

—¿Quieres volver a caerte al agua?

Lo rodeo con los brazos hasta casi juntar las manos por detrás de su espalda.

—¿Atlas?

—¿Hmmm?

— Si aún te va eso de rezar, no sería mal momento..., ya sabes..., de mover unos cuantos hilos.

Suelta una carcajada, y sus labios me rozan el hombro. Luego cambia de voz.

— Si sobrevivimos a esto — dice —, tenemos que convencer a Cindra para que nos ayude. No podemos rendirnos, Viv. La alternativa es...

No acaba la frase, y siento la presión de sus dedos en la piel apretándome con fuerza. Los ojos se me llenan de lágrimas al oírlo tan emocionado.

— Lo sé — respondo.

Y nos quedamos así, con los cuerpos ateridos calentándose mutuamente poco a poco, hasta que acaba la lucha y desaparecen las llamas.

En un momento dado siento el contacto de la punta de su nariz, helada, contra el cuello, y me entra el pánico, pensando que se ha dormido y que vamos a caer.

Pero me apoya la mano en la espalda, tamborileando con los dedos al ritmo de una melodía que no oigo.

Una gaviota pasa volando y se posa en la hierba, en lo alto del acantilado, desde donde nos mira con sus ojos negros. Me siento extrañamente vulnerable.

— Vamos a tener que tirarnos de nuevo al agua — digo, con la voz pastosa a causa del frío —. No podemos escalar, así que tendremos que nadar. Dios no va a venir en nuestra ayuda. Al menos podría habernos enviado una...

—¿Barca? — dice Atlas, señalando al agua —. Mira.

Me giro lentamente y miro por encima del hombro. Un pequeño bote de remos se acerca hacia nosotros, envuelto en la bruma de la mañana. Entorno los ojos para forzar la vista y veo dos figuras.

—¿Quién es?

— Creo que es Ruth — dice Atlas.

Ruth y la chica que está a los remos, tras ella, acercan el bote todo lo que pueden al acantilado y nos hacen un gesto.

Atlas me ayuda a darme la vuelta y yo respiro hondo antes de lanzarme al mar.

El agua está helada, pero unas manos me agarran antes de que pueda ahogarme y tiran de mí, subiéndome al bote.

Jadeo, agitada, y me siento en uno de los bancos, observando cómo suben a bordo también a Atlas.

— Toma — dice Ruth, lanzándome un chal de lana de oveja.

Mascullo un «gracias» y me lo echo sobre los hombros.

— Gracias — dice Atlas también, poniéndose el suyo —. Empezaba a pintar...

—¿Mal? — responde Ruth, con una sonrisa socarrona.

Un dracovol asoma correteando de sus pieles y se le sube al hombro. Suelta un potente chillido.

— Nuestro vigía os ha visto, pero hasta ahora no era seguro venir a buscaros.

Coge los remos.

—¿Ha ido a veros Jasper?

— Sí — responde ella, algo molesta —. Y el grupo de Freddie. Estuve a punto de recibirlos a disparos. No tenías que haberles hablado de los túneles.

— No mencioné los túneles específicamente — me defiendo —. No los habrás dejado tirados, ¿no?

Ruth menea la cabeza y se pone a remar.

— No estoy interesada en dejar que mueran niños inocentes, aunque aún no he decidido qué voy a hacer con ese Roy.

— Déjaselo a Sargo — murmuro yo, tiritando.

Ruth sonríe. Echa un vistazo a Atlas, y luego señala al dracovol.

— A este pequeño lo encontré en el otro lado de la isla. No es uno de los nuestros.

¿En el otro lado de la isla?

— Pero Ruth, ¿no estás exiliada?

— El dracovol estaba buscándote a ti — le dice a Atlas.