Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 17 #2
70%

Capítulo 17 #2

— Chumana... ¿Ha podido...?

—¡Ese es Soresten! — grita Atlas —. Y su hermana, Addax.

Al dragón de color pardo que ha atacado al búlgaro se le ha unido otro, del mismo color de la arena y con sus mismas marcas en zigzag.

Los dragones de Bletchley han vuelto.

La tienda-calabozo estalla, levantándose del suelo como un corcho de una botella de champán, y Chumana se libera de sus ataduras, arrastrando cadenas rotas que le cuelgan de las alas.

Alza el vuelo, elevándose hasta donde no la puedo ver, y luego vuelve a lanzarse en picado como una estrella fugaz, una estela de color rubí que surca el cielo gris.

Cuando abre la boca, veinte guardias quedan envueltos en llamas.

Daria aparece a su lado, más fina y pequeña que ella, pero del mismo rosa triunfante.

—¿Por qué ha liberado a Chumana? — grita Atlas.

Meneo la cabeza, desconcertada. No tengo ni idea de por qué esta bolgorith búlgara ha desafiado las órdenes y ha liberado a una prisionera. No veo un hoyo que hay en el suelo y me tuerzo el tobillo. Me duele, pero Atlas tira de mí y me aleja de la refriega.

—¡Escucha! — le grito.

Nos paramos cerca de la cumbre de la colina, jadeando, y recuperamos el aliento.

—¿Lo oyes?

Atlas abre los ojos como platos: ruido de cascos.

Varios caballos montados por guardias aparecen en el camino, a nuestras espaldas, galopando al doble de nuestra velocidad.

Corremos y llegamos a la cumbre, pero pierdo el contacto con la mano de Atlas.

Me giro y veo el destello plateado de una porra que lo derriba y tropiezo, dándome de bruces contra la tierra.

Un caballo relincha y retrocede al ver a los dragones que nos sobrevuelan.

Ruedo en el suelo para darme la vuelta y me encuentro delante el casco de un guardia que me mira desde lo alto de su caballo, con su porra levantada.

Atlas se arrastra hacia mí. Tiene una herida en la cabeza, y la sangre le empapa el cuello de la chaqueta. Le agarro el brazo con fuerza.

Nos arrastramos hacia atrás sobre los codos, con los dedos hundidos en el barro, mientras el guardia y su caballo avanzan lentamente a nuestro lado. Se levanta la visera del casco.

Ralph.

— El nuevo mundo no va a ser para ti, pequeña golondrina — me espeta.

— Tú te crees que tu asociación con Goranov te va a proporcionar un futuro — le grito —, pero para él no eres más que una provisión de sangre.

Ralph arruga los labios, furioso.

— Solo quiere utilizarte, igual que tu tía. Wyvernmire no te dejaba entrar en el invernadero y Goranov no te deja siquiera volar con él. Por eso te has puesto del lado de los dragones búlgaros. Porque buscas desesperadamente que alguien te necesite.

Los otros guardias mantienen la posición, más retrasados, mirando a Ralph, que me observa con gesto burlón desde lo alto del caballo.

—¿Y tú qué, recluta? Tú te has vendido al mejor postor, a cualquiera que te permita jugar a hacer de «traductora de lenguas dracónicas». — Se ríe —. Te apuntaste sin pensarlo en cuanto viste la posibilidad de usar esa máquina locuisonus. Estás tan desesperada como yo.

¿No es verdad que sentí cierta emoción al ver la máquina cuando ya las daba a todas por destruidas?

¿No es cierto que me sentía orgullosa del sitio que ocupaba en la oficina de Hollingsworth, y de poder usar mis idiomas para ayudar a la causa rebelde?

¿O que había perdido el tiempo intentando traducir un idioma intraducible, porque no podía soportar la idea de fracasar?

— Tienes razón. He construido toda mi vida en torno a la traducción, pensando que los idiomas eran la respuesta a todos mis problemas.

Y ahora, sin ellos, ni siquiera sé quién soy.

Es como estar en un barco que pensabas que no podía hundirse, y darte cuenta de que se está yendo a pique.

No puedo salvar a los rebeldes. No puedo ni salvarme a mí misma.

— Levanto la vista, fijando la mirada en los ojos inyectados en sangre de Ralph, mientras el aire se va llenando de humo y de chillidos lejanos —.

Pero ser la mascota de Goranov tampoco te va a salvar a ti.

Atlas tira de mí hacia el borde del precipicio, mientras Ralph baja del caballo de un salto.

El brillo de su porra de pronto resulta más amenazador que todos los dragones del cielo.

Retrocedemos arrastrándonos sobre la hierba y una de mis manos encuentra la de Atlas, pero la otra solo encuentra aire.

Lo miro, con los ojos brillantes, y él asiente.

Ralph me apunta con la porra, sonriendo. Los otros guardias se acercan, pero él se pasa la porra de una mano a la otra y la levanta sobre la cabeza de Atlas.

— Esta vez sí que lo mataré — murmura.

Hago girar el cuerpo, rodando hacia un lado, agarrando con fuerza la chaqueta de Atlas. Su cuerpo rueda con el mío, aplastándome por un momento, cuando las piedras y las raíces de los árboles se me clavan en la espalda, y de pronto ya no las siento.

Hundo el rostro en su cuello mientras caemos hacia el mar, con los cuerpos unidos como si fuéramos dos dragones luchando en el aire.