Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

La tienda está en silencio salvo por el sonido de las olas y mis propios sollozos. Levanto la vista y contemplo a Chumana, atada a la estructura de hierro de la tienda, con la cola colgando tras ella, inerte. Sangra por el rostro, con un goteo incesante que me provoca dentera.

—¿Está muerta? — susurro.

— Aún no — responde Ralph.

Levanta la mano y me la apoya en la nuca. Aprieta.

— Se acabó la negociación — dice, con voz suave —.

Así es como va a ir esto: le diré a la primera ministra que te he detenido cuando intentabas entrar en esta tienda.

Ella te hará prisionera, para usarte como moneda de cambio y negociar la rendición inmediata de los rebeldes, porque aún es demasiado cándida como para darse cuenta de que los búlgaros han decidido deshacerse de ella dentro de unos días.

Esta noche vendré a buscarte y te llevaré ante Goranov y su hermano.

Quiero saber lo que se dicen, y si lo que me ha prometido es verdad.

Respiro agitadamente entre lágrimas, contemplando la plataforma de madera construida a la altura de la cabeza de Chumana: cuelga de más cadenas y se accede a ella por unas escaleras de madera.

—¿Y por qué no estás con Goranov ahora? — le pregunto, sin dejar de temblar.

— Prefiere volar sin mí — responde Ralph, algo molesto —. Cuando vayamos a verlo, tú permanecerás escondida con la máquina. Si consigues descubrir lo que quiero saber, me aseguraré de que valore tus méritos cuando Britania caiga en manos de los bolgoriths. ¿Entendido?

Asiento.

—¿Qué ha pasado en Eigg?

— La primera ministra ha atacado, pero los rebeldes se han defendido bien. La mayoría han huido montados en los dragones. Está furiosa.

«Gracias a Dios».

— No tan furiosa como cuando descubrió que la rectora es en realidad una rebelde. — Me mira —. Por supuesto, ha adivinado que trabajabas para ella.

—¿La ha traicionado algún rebelde? Quiero decir a Hollingsworth.

— Una dragona — responde Ralph, asintiendo —. A cambio de recuperar a sus crías.

Cierro los ojos, pensando en el recorte de periódico que ha encontrado Atlas.

Cuando los abro, veo un pulso casi imperceptible en la garganta de Chumana.

Atlas no podrá liberarla de esas cadenas, y si yo doy un paso en falso, Wyvernmire hará que la maten.

La única salida es darle a Ralph lo que quiere.

Siento el contacto del cañón de su pistola entre las escápulas.

— De rodillas, Featherswallow.

Me dejo caer al suelo.

Oigo gritos en el exterior. Ralph suelta un improperio y ambos nos quedamos inmóviles, escuchando. Luego oigo el inconfundible ruido de una llamarada.

—¡Joder! — exclama.

Me agarra del cuello del abrigo y me obliga a ponerme en pie. Luego tira de mí, juntando su nariz a la mía.

— Quédate aquí — gruñe, soltando una gota de saliva que acaba en mi cara —. No intentes huir: solo conseguirías morir abrasada.

Sale de la tienda y yo me limpio la mejilla con la manga. Oigo que alguien grita. Echo a correr hacia las escaleras mientras resuenan los disparos en el exterior. Al subir la madera cruje, hasta que el sonido queda eclipsado por el repentino estallido de un cañón. Las Speerspitzes.

Con un nudo en la garganta, llego a la altura de la cabeza de Chumana. Le cuelga sobre el pecho, y sangra por un tajo profundo bajo el ojo. Le veo el brillo del hueso. Alargo los brazos, le abrazo con suavidad el rostro puntiagudo y siento el contacto cálido de sus escamas.

— Chumana — susurro —. Soy yo. Soy Viv.

Suelta un largo suspiro.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

— Tres días — responde, con un hilo de voz —. Tienes que marcharte.

Oigo el disparo de otra Speerspitze.

— No voy a irme a ningún sitio sin ti.

— Entonces eres idiota.

Se me escapa la risa, que se mezcla con más sollozos.

Chumana mueve la cabeza levemente y me mira con uno de sus ojos color ámbar.

— Wyvernmire sigue queriendo encontrarte, a ti y esa máquina locuisonus — gruñe —. No ha conseguido sacarme información sobre tu ubicación, así que me ha dejado aquí con la esperanza de que sirviera de cebo. Y tú te has metido en la trampa sola. Niña tonta, más que tonta.

Niego con la cabeza, y siento el calor que desprenden sus escamas a través del abrigo. Le faltan tres por encima del ojo, y en su lugar hay unos enormes cráteres ensangrentados. Sé quién es el responsable. Cuando trabajaba en Alemania, Ralph aprendió a arrancar escamas a los dragones, una por una.

— No sabía que estabas aquí. Pero voy a sacarte.

Observo las cadenas que aprisionan a Chumana. Ojalá fuera solo cuestión de cortar un detonador.

—¿Viv?

Es la voz de Atlas, desde el suelo.

— Estoy aquí arriba.

Atlas levanta la vista, protegiéndose los ojos de la luz, y veo cómo cambia su gesto, al darse cuenta de lo que está viendo.

— Necesitamos las llaves — le digo —. O herramientas.

Pero él ya está subiendo las escaleras a la carrera.

—¿Cómo te metieron aquí, Chumana?

— Los dragones búlgaros — masculla Chumana, sin fuerzas —. Construyeron la tienda en torno a mí.

Me giro hacia él, atenazada por el terror.

—¿Qué vamos a hacer? — digo, con una voz que es casi un suspiro.

—¡Tenéis que iros! — ruge Chumana.

Atlas me mira con los ojos brillantes, bien abiertos. No tengo ni idea de lo que está pensando.

— Los rebeldes están atacando — dice —. ¿Y si...?

Un sonido cortante resuena en la tienda, tan fuerte que doy un salto, y la escalera se tambalea.

Suelto a Chumana y Atlas me agarra. Nos quedamos agarrados el uno al otro, colgados en el aire.

Otro sonido cortante, el de la lona de la tienda al rasgarse, y unas fauces de dragón atraviesan la tienda a nuestras espaldas.

Suelto un chillido y salimos despedidos hacia un lado de la escalera.

Cierro los ojos, esperando sentir los dientes del dragón lacerándome la piel.

Pero el mordisco no llega. Un ojo observa a través de un agujero en la tienda.

Desaparece, y en su lugar veo un morro rojo.

El rostro de un dragón búlgaro se abre paso a través de la abertura y el miedo me corta la respiración.

Atlas me aprieta aún con más fuerza. El dragón suelta un rugido y contengo una exclamación al reconocer el sonido.

—¿Daria?

En el exterior, el fragor de la batalla — rugidos, impactos y dentelladas — es cada vez más estruendoso.

— Este armatoste está a punto de venirse abajo — gruñe Daria —. Salid de aquí.

Niego con la cabeza.

— No voy a dejarla. Es mi...

—¡Ya sé quién es, niña humana!

«Niña humana».

Pero solo Chumana me llama así.

—¿Tienes un cuchillo? — le pregunto a Atlas, jadeando.

Se saca una navaja del bolsillo y me la da.

— Agárrame — le digo.

Me giro hacia Chumana y alargo el brazo por encima de su cabeza.

La escalera de madera se tambalea de nuevo y las manos de Atlas se deslizan hasta mi cintura, sosteniéndome. Busco con los dedos la nuca de Chumana, donde le arrancaron aquellas escamas hace tantos años. Encuentro la cresta de una vieja cicatriz y, debajo, un corte nuevo.

— Lo siento, Chumana — le susurro, mientras introduzco la hoja en la herida hasta tocar metal.

Inclino la navaja y tiro hacia arriba, y con la otra mano agarro la caja de metal cubierta de sangre. Ella no gruñe siquiera.

Ralph entra en la tienda hecho una furia.

—¡Intrusos! — grita —. ¡La Rebelde Número Uno ha penetrado en el calabozo!

Me encojo en el momento en que nos rodean unas llamas ardientes que me chamuscan la parte superior del pelo.

Ralph se agacha y el fuego alcanza la parte frontal de la tienda, engulléndola con voracidad.

Yo sujeto bien el detonador, presionándolo contra el pecho, y me agarro a Atlas.

Los dos bajamos las escaleras a trompicones, esquivando el fuego que devora la lona a nuestro alrededor.

Daria ha desaparecido y Chumana sigue colgando de las cadenas.

Las llamas se extienden por la tienda, llegando hasta el techo y envolviendo a Chumana.

Me llevo el detonador hasta el extremo de la tienda y lo deposito en la arena con cuidado.

A través del humo veo a Ralph, que sale al exterior casi medio a gachas.

— Por aquí — le digo a Atlas, tirando de él hacia el hueco, antes de que lo perdamos de vista.

Daria arremete contra la tienda. Trozos de metal y eslabones de cadena caen por el suelo al impactar contra Chumana, derribándola con un chirrido metálico.

Por un segundo queda colgada de un ala, pero luego cae con un golpetazo que hace vibrar el suelo.

Atlas se me lleva hacia la playa. Veo un dragón búlgaro tirado en la arena, con el vientre abierto en canal y las vísceras de color púrpura esparcidas a su alrededor.

Nos escondemos de las balas tras el cadáver.

El cielo está lleno de dragones, tantos que la playa está cubierta de sombras.

Es imposible distinguir a los rebeldes de los bolgoriths.

—¡Al acantilado! — grita Atlas.

Los guardias cargan contra nosotros mientras retrocedemos, atravesando las pozas de marea. Me agacho para evitar el ataque de un dragón búlgaro que planea cortándonos el paso y girando la cabeza hacia nosotros.

— Rendiros ante Krasimir — ruge —, y puede que muestre cierta compasión con vuestros camaradas.

Retrocedo. Atlas se sitúa delante de mí y de pronto un cuerpo parduzco desciende sobre nosotros, lanzando las garras hacia el rostro del bolgorith, que chilla al sentir cómo le perforan un ojo.

El atacante levanta al bolgorith, que queda colgando unos segundos antes de caer pesadamente en la arena.

Suelta un chillido atroz y despega de nuevo para devolver el ataque, goteando sangre sobre la arena.

Otro bolgorith se une a la refriega y de pronto se nos abre un camino por la playa, con la pálida roca del acantilado como faro que nos marca la senda, entre la bruma salada.

Corremos, arrastrando los pies por la arena, tragando humo, hasta llegar al sendero del acantilado.

Me giro hacia Atlas, que me sigue, mientras me agarro a las hierbas altas para ayudarme a subir por la ladera.