Capítulo 16 #2
— No más estúpida que quedarse aquí charlando sobre el tema.
—¡Viv es mi prima, Serena! Y puede que a ti no te importe un comino lo que le pase, pero yo no puedo...
— Todos nos jugamos mucho, Marquis — le espeta Serena —. ¿Sabías que Wyvernmire se aseguró de que mis padres murieran abrasados por fuego de dragón? Obligó a un dragón rebelde preso a prender fuego a nuestra casa, para que su muerte fuera aún más dolorosa.
Marquis se queda en silencio, con las mejillas rojas, y Serena se gira a mirarme, impasible.
— Estoy segura de que la primita Vivvy estará bien.
Atlas me agarra de la muñeca.
— Eres una gran luchadora, Featherswallow, pero hay una fina línea entre ser buena y ser temeraria.
— Otro insulto más, King. Empiezo a pensar que no te gusto — respondo, mirándolo fijamente —. Voy a hacerlo. Y tú no vas a pararme.
Él también se me queda mirando, con un temblor en la boca.
— Es la mejor idea que tenemos, Atlas — dice Gideon.
Marquis masculla un improperio y Atlas se gira hacia la playa, pero sigue sin soltarme la mano.
— Vale, pero no tiene sentido que nos pillen a todos.
Yo me colaré en la tienda en cuanto Viv haya distraído a Ralph.
Vosotros tres — dice, mirando a Marquis, Serena y Gideon — deberíais ir en busca de Soresten o Chumana, para que podamos volar a Eigg en cuanto hayamos liberado al dragón de dentro de la tienda.
—¿Estás de acuerdo, entonces? — le pregunto —. ¿En que debe de haber un plan alternativo? ¿En que Hollingsworth nunca tuvo la intención de explotar la ecolocalización de los guivernos?
— Fuera cual fuese su plan, ahora lo único que importa es que los rebeldes estén listos para la próxima batalla.
¿Has visto cuántos dragones búlgaros hay en la playa?
Si no hacemos algo para evitarlo, las cosas se van a poner muy feas.
— Con una mueca de dolor, señala otro recorte de periódico que le sobresale del bolsillo —.
Los bolgoriths han tomado Londres. Una parte del ejército dracónico francés acudió a ayudar a los rebeldes en la lucha por la ciudad, pero perdimos.
Y las tropas de Ignacia se han retirado.
Más de la mitad de los dragones de Britania están ocultos.
Me echo atrás, como si me hubieran dado una bofetada.
—¿La mitad? — dice Marquis.
— Está muy bien eso de ser la Reina de los Dragones y negarse a luchar por tu propio país — dice Gideon, sarcástico —. Si se hubiera unido a los rebeldes, quizá tendríamos alguna oportunidad.
— Entonces los guivernos no habrían podido ayudarnos — replico —. No son suficientes. Y menos aún si no pueden usar su...
Me doy cuenta de que Atlas me mira y no acabo la frase. En sus ojos veo la verdad, y se me encoge el corazón. Él sigue creyendo que la respuesta está en la ecolocalización. Y va a seguir intentando convencerme. Por eso quiere que vayamos a solas.
— Venga, id — le digo a Marquis.
Él asiente. Luego me agarra de la cabeza y me planta un beso en el cabello.
— No dejes que te pillen, prima — dice. Luego mira a Atlas —. Y tú esta vez procura que no te maten, King.
Atlas sonríe.
— Eso espero.
Serena me guiña un ojo y los tres vuelven a trepar por el acantilado hasta desaparecer. Yo me giro hacia Ralph, que se está limpiando las uñas frente a la tienda.
— Debería ir ya.
— Espera — dice Atlas.
Me giro y lo miro.
— Siento lo que te dije en el cementerio. Y siento haber estado tan... distante.
— Quieres decir frío.
— Distraído.
— Desinteresado — le corrijo —. Ausente, agitado, absolutamente diferente de lo que eres siempre.
— Desde que salimos de Bletchley me he estado replanteando todo — dice Atlas —. Mi papel en esta guerra, en esta isla, en esta vida.
— Esto es por lo del sacerdocio, ¿no?
Atlas vacila y sus ojos marrones buscan los míos.
— Sí.
— Bueno, adelante, King — lo animo, cruzándome de brazos —. Te escucho.
— Sabes que siempre he pensado que el sacerdocio es mi vocación, mi destino, ¿verdad?
Asiento.
— Bueno, a veces me pregunto si me atrae tanto porque es un modo de esconderse de todo, con mis libros y mis oraciones, y de profesar un amor tranquilo.
Los sacerdotes dicen misa, aconsejan a la gente, rezan por ellos.
Pueden ser buenos sin necesidad de estar llamados a hacer nada peligroso, como los soldados, por ejemplo.
Al enviarme a Bletchley Park me arrancaron toda aquella tranquilidad, me obligaron a convertirme en otro tipo de rebelde, no ya al margen de todo, sino en primera línea de fuego.
— Traga saliva —. Y entonces te conocí a ti.
Y por mucho que he rezado no he conseguido saber qué significaba eso.
Ahora no me puedo imaginar volviendo al seminario, ni siendo un simple soldado rebelde.
—¿No?
— No. Solo me puedo imaginar el futuro contigo, Viv.
Seguimos arrodillados entre las pozas de marea cuando me besa. Me dejo caer hacia la pared del acantilado, con los puños aún llenos de arena, mientras él se acerca y me cubre de besos, de los labios al cuello y viceversa. Sabe a sal y a tabaco.
— Vocare — susurro.
—¿Hmmm? — murmura Atlas, con la boca pegada a mis labios.
— Vocación viene del latín vocare . Y vocare no significa simplemente llamar, Atlas. Significa designar. Escoger.
Asiente.
— Significa que puedo decidir. De eso me di cuenta en los túneles. El huevo de Aodahn era suyo porque él lo eligió, y Dios quiere que yo escoja mi vocación. Es...
Resuena un rugido escalofriante procedente de la tienda. Nos separamos de un salto.
— Tengo que ir — digo, poniéndome en pie a toda prisa. Me sacudo la arena de los pantalones —. Cuando cortes el detonador, hagas lo que hagas, no lo dejes caer.
Atlas se frota las mejillas, rosadas, y asiente. Le echo una última mirada, veo sus labios brillantes y la golondrina que lleva en torno al brazo, y echo a caminar por la arena. Ralph deja caer el casco al suelo cuando me ve. Parpadea y mira alrededor, confuso.
— Estoy sola.
Entorna los ojos, receloso.
—¿Qué haces aquí?
— Los rebeldes han perdido — respondo —.
Wyvernmire ha tomado Londres y muy pronto los dragones búlgaros se la quitarán de en medio para hacerse con el resto del país, tal como dijiste que ocurriría.
Así que he venido a arreglar la situación en lo posible.
A ayudarte a escuchar a Goranov usando la máquina locuisonus, a cambio de un lugar en el nuevo orden.
Preferiría ver a los míos convertidos en esclavos que muertos.
En los labios de Ralph aparece una sonrisa.
— Dijiste que la ecolocalización es intraducible.
— Lo es. Pero no siempre hay que traducir un lenguaje para entenderlo. A veces bastan unas cuantas clases de la fuente. Y resulta que soy amiga de una dragona búlgara.
La sonrisa de Ralph aumenta de tamaño.
—¿Dónde está la máquina?
— La he escondido — respondo —. Iré a buscarla, si me prometes que me soltarás cuando tengas la información que necesitas.
Se oyen voces de guardias al otro lado de la tienda.
Ralph levanta la solapa de la tienda y me apremia:
— Dentro, rápido.
Dudo un momento. Eso no estaba previsto, pero no me atrevo a mirar atrás, donde está oculto Atlas, así que entro.
La luz me desorienta, unos enormes haces cegadores proyectados por grandes focos alimentados con baterías que solo pueden haber llegado por barco.
Los costados de la tienda confluyen en un punto central, como una tienda india o como la carpa de un circo, y de lo alto cuelgan unas gruesas cadenas de metal.
Parpadeo, intentando entender lo que estoy viendo. Ralph entra detrás de mí y me apoya la mano en la espalda. El vello de la nuca se me eriza al sentir el contacto de sus labios contra mi oreja.
— Saluda a tu amiga.
De pronto siento náuseas y me tambaleo.
Encadenada, con las alas extendidas como en una escena de crucifixión, está Chumana.