Capítulo 16
Respiro agitadamente, presa del pánico, pensando en Ursa, en la doctora Seymour y su bebé, en Sophie y en Karim. Solo hemos pasado unos días en los túneles y, sin embargo, de algún modo, la batalla ya ha empezado.
Y las personas que más queremos se encuentran en medio.
— Necesitamos un barco, o un dragón.
El pánico me domina. ¿Cuándo ha sido el ataque? ¿Quién ha muerto? Me imagino la sombra de un dragón búlgaro pasando sobre Ursa, que huye desesperada, y tengo que contener el llanto. Cada segundo que paso aquí es un segundo perdido.
— Mirad — dice Serena.
Un grupo de dragones está cruzando el mar en dirección a Canna. Intentan evitar el campamento de Wyvernmire manteniéndose próximos a Sanday, pero ya los han localizado. Los dragones búlgaros emprenden el vuelo y van a por ellos.
— A ese lo reconozco — dice Marquis —. Es Soresten.
—¿Soresten? — respondo yo —. ¿De Bletchley?
Asiente. Vemos a los bolgoriths búlgaros avanzando hacia los recién llegados. Antes de que los alcancen siquiera Soresten suelta una llamarada. Cuando los dragones se encuentran, en pleno aire, se oye un ruido como de metal resquebrajándose.
— Pues sí — susurra Serena —. Parece que la próxima batalla es ya.
—¡Vamos! — dice Marquis —. Si Chumana está con esos rebeldes, podría llevarnos a Eigg. Haremos lo que podamos para ayudar a la Coalición y descubrir cuál es el plan alternativo de Hollingsworth.
Asiento, negándome a considerar la posibilidad de que no haya ningún plan alternativo.
Ahora lo único que me importa es ver a Ursa sana y salva.
Corremos hacia Compass Hill, atravesando los campos y el murete de piedra que lleva al campamento de Jasper, ahora abandonado.
Llegamos a lo más alto empapados en sudor y nos arrastramos por la hierba.
Más allá vemos a Soresten combatiendo, sobre el mar.
Echamos un vistazo a los pies del acantilado, donde está el campamento de Wyvernmire.
La marea está baja, por lo que la playa se ve aún mayor.
Hay cientos de dragones posados en la arena negra, y los Guardias de la Paz se mueven sin cesar entre ellos.
Están instalando lo que parecen pequeños cañones por toda la costa, apuntando hacia el cielo.
Speerspitzes.
Son más finas de lo que pensaba, pero el peso hace que se hundan en la arena. Se oyen chillidos hostiles procedentes del mar: los supervivientes del grupo de Soresten inician la retirada y los dragones búlgaros vuelven a su base, sin molestarse siquiera en seguirlos.
— Mirad la tienda de Wyvernmire — dice Gideon en voz baja.
Busco con la mirada por entre los cascos de los guardias y los cuerpos de los dragones, justo a tiempo para ver una figura entrando por la parte de atrás de la tienda.
Atlas.
Siento un nudo en el estómago.
—¿Qué está haciendo?
— Dios sabe — dice Serena, poniendo los ojos en blanco.
Marquis resopla, furioso.
Los minutos pasan lentos mientras esperamos que Atlas vuelva a salir de la tienda.
No puedo apartar la mirada de la lona, agitada por el viento, con dragones a ambos lados, y rezo para que esté solo ahí dentro.
Quizá Wyvernmire haya sido apresada y la hayan llevado a otro lugar. A lo mejor está muerta.
— La misión secreta sobre la que leí en su diario... — digo, ruborizándome solo de reconocerlo —. ¿Vamos a fingir que no existe?
Siento que Marquis se gira hacia mí, pero no despego la vista de la tienda.
— Yo creo que es una tontería que siga intentando demostrar esa ridícula teoría de la ecolocalización — afirma —. Pero es posible que la Coalición le haya confiado alguna otra cosa. ¿Por qué vamos a castigarlo por eso? En una guerra tiene que haber información clasificada, eso es así.
Me muerdo el labio. Y de pronto... movimiento.
Atlas sale de la tienda, con un montón de papeles en las manos. Se los mete en los bolsillos de la chaqueta.
—¿Para eso ha ido hasta allí? — pregunta Serena.
Atlas levanta la vista, escruta los acantilados.
Se para. Nos ha visto. En el momento en que nuestros ojos se encuentran, se oye un chillido agónico procedente de la playa.
Atlas se agacha, buscando refugio, pero ninguno de los dragones ni de los guardias de la playa parecen inmutarse. El chillido se repite.
— Suena como si estuvieran torturando a algún animal — susurro.
Marquis señala al otro extremo de la playa.
—¿Qué os apostáis a que procede de dentro de esa tienda gigante?
La tienda está rodeada por guardias armados.
—¿Qué creéis que habrá ahí dentro? — pregunta Gideon —. ¿Un dragón prisionero?
Observamos en silencio, horrorizados.
—¿Y si es un guiverno? — sugiere Serena, en voz baja.
Siento un escalofrío en la piel.
— Tenemos que ir a echar un vistazo.
—¿Y qué vamos a hacer? — pregunta Marquis.
— No lo sé — respondo, impaciente —. ¿Pero y si es Cindra? ¿O Aberdine? ¿O Aodahn?
Marquis vuelve a hundirse entre la hierba.
—¿Estás proponiendo que liberemos a un dragón apresado ante las narices del enemigo?
— No sería la primera vez, ¿no?
Marquis pone los ojos en blanco y luego señala hacia la playa.
— Parece que él está tan loco como tú.
Atlas está corriendo por el extremo de la playa en dirección a la enorme tienda, avanzando en zigzag entre los salientes de roca del acantilado. Contengo una sonrisa.
—¡Van a pillarlo! — murmura Serena.
Lo seguimos con la mirada mientras avanza: está a punto de cruzarse con un guardia, pero se esconde tras otra tienda justo en el momento en que el guardia se gira.
—¡Venga!
Bajamos por el acantilado en el extremo opuesto de la playa. Procuro mantenerme pegada a la roca para evitar que me vean desde el campamento, y las zarzas se me enganchan a los pantalones. A lo lejos veo un grupo de personas concentradas en Sanday.
Jasper me ha escuchado.
Avanzamos por la arena con la cabeza gacha hasta el lugar donde está Atlas, agazapado entre las pozas de marea. Levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.
— Vaya idea brillante — le espeto —. ¿Por qué narices tenías que meterte en la tienda de Wyvernmire? ¿Y por qué te fuiste sin nosotros?
— Porque no hay tiempo que perder.
Se saca los papeles del bolsillo y me pasa dos hojas. La primera es un artículo de periódico, de hace seis días.
ESPIONAJE AL DESCUBIERTO :
LA RECTORA HOLLINGSWORTH,
REBELDE HUIDA DE LA JUSTICIA
Me quedo sin aliento.
—¡La han descubierto! — exclama Marquis.
— Pero no la han arrestado — señala Atlas enseguida.
Miro el segundo documento, que lleva un sello del gobierno.
17 de abril, 1924
Los guivernos de las Hébridas raramente se dejan ver en Canna, pero el Real Observatorio de Dragones ha confirmado su presencia.
No se relacionan con otras especies y no caen bien al resto de dragones de Canna, por su carácter altivo y veleidoso.
Los guivernos de las Hébridas solo hablan un idioma, su lengua, de la que no hay registros.
Los investigadores afirman que incluso ese idioma podría ser accesorio, ya que se ha observado que grandes grupos de guivernos se pueden comunicar simplemente con «gestos y movimientos que funcionan como una suerte de lenguaje de signos».
— Información obtenida a través de técnicas de interrogatorio potenciado a Arabesqua, una dragona de las arenas detenida por el ddad, cuya cría se encuentra actualmente en posesión del doctor Arthur Burke.
—¿Tú crees que Wyvernmire siempre ha sabido que los rebeldes buscaban a los guivernos? — pregunto, susurrando —. ¿Crees que sabe por qué?
— Lo dudo — responde Atlas.
— A menos que... — dice Marquis.
No hace falta que complete la frase. Los ojos se me van a las palabras «técnicas de interrogatorio potenciado».
A menos que Hollingsworth haya sido arrestada tras la publicación del artículo, y de que le hayan sacado la información mediante tortura.
Siento náuseas al imaginarme a la rectora en Highfall, con indignas ropas de cárcel en lugar de su abrigo de pieles, mientras los guardias le extraen por la fuerza los planes de los rebeldes, sus identidades y sus localizaciones.
Le devuelvo los papeles a Atlas.
— No podemos ganar — digo, sin pensarlo, con un hilo de voz —. Desde luego no si los bolgoriths se han hecho con el control del cuartel general de los rebeldes. Si no tenemos otro plan salvo el de los guivernos...
Atlas se gira hacia mí de pronto, me agarra de los hombros y me planta un beso en los labios. Marquis suelta un gruñido de asco. Atlas huele a menta. Lo aparto de un empujón.
—¿Qué estás haciendo? ¿No decías que nunca escucho? ¿No decías...?
— Si no hemos perdido, quiere decir que aún podemos ganar, Featherswallow — dice él, guiñándome un ojo —. ¿No has visto antes a Soresten en el cielo? Si él aún vuela libremente, Eigg todavía no ha caído. Esto no ha acabado.
Pienso en Ursa y veo un atisbo de esperanza.
— Pues nos vamos a Eigg. Pero primero tenemos que asegurarnos de que los guardias no están torturando a un guiverno en esa tienda.
Atlas asiente.
— Salvo que no podemos entrar ahí, sin más.
— Sí, sí que podemos — dice Serena.
Nos la quedamos mirando. Ella apoya un brazo en la roca del acantilado y con la otra señala la entrada a la tienda. Ralph está de guardia, con una expresión de suficiencia en el rostro.
— Featherswallow — dice en tono brusco —, Ralph quiere la máquina locuisonus y te quiere a ti. Así que vas a ir ahí y lo vas a convencer de que puede conseguir ambas cosas.
—¡No! — exclaman Atlas y Marquis al unísono.
— Sí — digo yo, asintiendo —. Lo distraeré para que podáis entrar en la tienda.
—¿Y luego qué? — replica Marquis —. ¿Cómo demonios vamos a sacarte de ahí?
Del interior de la tienda sale otro potente rugido.
— El único modo de controlar a un dragón es insertarle un detonador bajo la piel — afirmo —.
Así que lo desconectáis, igual que hice yo el año pasado con Chumana y, sea el tipo de dragón que sea, saldrá de la tienda tan rápido que se extenderá el caos por todo el campamento.
Yo echaré a correr y escaparemos a Eigg.
— Es una idea estúpida — sentencia Marquis.
Serena pone los ojos en blanco.