Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Oigo gritar a Serena justo cuando noto el contacto del sotobosque en la cara, antes de que la persona que tengo encima tire de mí y me ponga en pie.

Parpadeo para quitarme la tierra de los ojos.

Marquis y Gideon están de rodillas: junto a ellos están sus captores, que van vestidos de marrón y llevan unas máscaras de aspecto extraño en la cara, hechas de corteza de árbol y hojas.

Serena se retuerce en los brazos de otro, soltándole una retahíla de insultos.

«¿Dónde está Atlas?».

— Haced lo que os dicen — pide Gideon, con la mirada fija en el suelo.

Nos rodean diez personas, que llevan el rostro oculto y bolsitas de veneno colgando del cuello.

— Registradles las bolsas — ordena uno.

Un par de ellos nos quitan las mochilas y se ponen a examinar el contenido, sacando medicinas, calcetines limpios y munición. Otro da un paso hacia Gideon. Es un tipo de hombros anchos, con largos rizos rubios atados con un trozo de tela. Tiene las manos pequeñas, y las uñas comidas.

— No me lo creo.

La voz que habla tras la máscara es grave, pero joven.

Distingo un acento de Londres, probablemente de tercera clase.

Se quita la máscara y aparece un chico de nuestra edad.

Tiene la cara redonda, de bruto, y una sonrisa socarrona que no augura nada bueno.

Nos mira con una expresión ansiosa en sus ojos verdes.

—¿Gideon?

—¡Es él! — exclama otro, riéndose —. Pensábamos que te habían llevado de vuelta a Inglaterra.

El primero agarra a Gideon del cabello y lo mira fijamente a la cara.

— Giddy, chico. ¿De verdad eres tú?

Gideon frunce el ceño, con los brazos aún inmovilizados a los costados del cuerpo.

— Hola, Freddie — masculla.

Freddie suelta una risa de incredulidad.

— Parece que hemos tenido suerte, ¿no, chicos?

Los chicos que nos rodean se quitan las máscaras entre sonoras carcajadas.

—¿Gideon? ¿Quiénes son? — le pregunto.

Freddie se gira hacia mí. Se acerca tanto que su nariz casi entra en contacto con la mía, y al sentir su aliento, cálido y sucio, veo por el rabillo del ojo que Marquis se tensa.

— Viv, ¿verdad? — dice —. Muy guapa. Tú te puedes quedar.

Luego Freddie se acerca a Serena.

— Bonito acento — dice, socarrón —. Podría pasarme el día escuchándote. ¿Pero qué hace una chica de primera clase como tú tan lejos de casa?

Serena lo mira sin parpadear.

— Nos ha enviado aquí la Coalición Humanos-Dragones.

Freddie resopla, burlón.

— Así que es así como lo llamáis. ¿Y cuál es tu nombre?

— Serena Serpentine — responde, levantando la barbilla.

Freddie se la queda mirando un buen rato, mientras otros dos chicos salen de entre los arbustos.

— El otro ha huido — murmura el primero.

Fijo la mirada en mis botas y contengo las lágrimas. ¿De verdad nos ha abandonado Atlas? A Freddie no parece importarle que haya huido. Se gira de nuevo hacia Gideon y entorna los ojos.

— Pero ¿cómo puede ser Giddy un rebelde, cuando hace unos meses se lo llevaron, nada menos que por orden de la primera ministra contra la que luchan ahora los rebeldes? Menudo chaquetero...

Miro a Gideon.

—¿Este es el grupo con el que estabas en Canna?

Gideon asiente, avergonzado.

—¿Este es el grupo del que procedía el chico que atacó a Ruth? — pregunta Marquis.

A Freddie se le iluminan los ojos al mirar a Marquis.

—¡Fíjate en este! — exclama —. Eres aún más guapo que las chicas.

Mira a su alrededor y recibe unas cuantas risas. Luego se gira de nuevo y le da un puñetazo en el estómago a Marquis, que cae de bruces sobre la tierra, jadeando y agarrándose el vientre.

—¡Marquis! — grito.

Me lanzo contra Freddie, soltándome del chico que me tiene agarrada, y le clavo las uñas en la nuca con fuerza.

Él chilla y se revuelve, me agarra de las solapas del abrigo y me lanza al suelo, junto a mi primo.

Freddie respira con dificultad, y me mira, atónito.

Se lleva la mano al cuello y cuando se mira los dedos los tiene manchados de sangre.

Una sonrisa socarrona va apareciendo lentamente en su rostro.

— Quizá sí que sean rebeldes, a fin de cuentas.

Agarro a Marquis y tiro de él hasta sentarlo en el suelo. Nos miramos a los ojos.

—¿Estás bien?

Aún está jadeando. Sus pulmones, que aún no se han recuperado del todo del ataque con gas tóxico, hacen esfuerzos por absorber aire. Pero asiente.

— Bueno — dice Freddie —, ¿quién es Ruth?

— La que se ventiló a mi primo Sinclair — dice otro chico, quitándose el camuflaje. Lleva la cabeza afeitada y tiene los dientes cortos y afilados —. Su novia frígida. A lo mejor tendría que hacerle una visita y enseñarle a divertirse.

— Me gustaría verte intentarlo — dice Marquis, casi sin voz.

— Calla, Roy — ordena Freddie, que se gira hacia mí —. Tendréis que disculpar a Roy. De tanto vivir entre la naturaleza ha acabado perdiendo los modales.

— Y tú los tuyos — replica Serena.

Freddie frunce los labios.

— Acabaremos con esto en el campamento — decide —. Es casi hora de comer, y hace semanas que ese búlgaro no ha cazado nada.

Los chicos nos obligan a ponernos en pie.

—¿Qué es lo que quieres de nosotros? — le pregunto, mientras nos adentramos en el bosque.

— Speerspitzes, sobre todo — responde Freddie —. Pero nos quedaremos con lo que encontremos.

El chico que me tiene agarrados los brazos aprieta aún más, como si mi pregunta pudiera servirme para escapar otra vez. Me giro y lo miro a la cara. Es flacucho, de cabello castaño, y tiene unos ojos marrones enormes.

—¿Cómo te llamas? — le pregunto.

Él se ruboriza, pero sigue empujándome.

— Pascal.

—¿Qué es una Speerspitze, Pascal?

Llegamos al extremo del bosque y a través de los árboles veo una vieja iglesia de piedra. Tiene el chapitel ennegrecido y medio en ruinas. En lugar de la puerta hay una cortina sucia que ondea empujada por el viento.

— Las Speerspitzes son la clave para nuestras batidas de caza — dice Freddie —.

Habíamos reducido mucho la amenaza de morir devorados por dragones hasta que llegaron esos búlgaros.

Cazan en manada, y aparecen inesperadamente de modo que no nos dan tiempo siquiera de usar eso — añade, al tiempo que señala con un gesto de la cabeza la bolsita de veneno que llevo colgada del cuello —.

Desde que empezó la primavera, hemos perdido a una tercera parte de los nuestros. Eso cambiará con las Speerspitzes.

— En el grupo de Jasper prácticamente no han perdido a nadie — dice Serena, cuando llegamos a la iglesia —. Así que quizá es que sois lentos, sin más.

— Es porque los búlgaros prefieren cazar en este lado de la isla, listilla — dice Roy, clavándole los dedos en el hombro —. Debemos de ser más dulces.

— Tú no tienes nada de dulce, Roy.

Freddie y Roy se ríen disimuladamente. Yo cruzo una mirada con Serena y detecto cierta sensación de intranquilidad.

—¿Entonces... qué? ¿Pensáis que vais a poder cazar dragones búlgaros?

— Ya va siendo hora de cambiar los papeles, ¿no te parece? — dice Freddie.

Levanta la cortina del umbral de la iglesia, pero no entra, de modo que cuando Pascal me empuja para que pase nuestros cuerpos se rozan.

Paso tan cerca que puedo ver incluso las pieles secas de sus labios, y luego veo las escamas de dragón que le cuelgan del cordón donde lleva la bolsita con el veneno.

Están cosidas entre sí en un largo collar que le rodea el cuello, de modo que da la impresión de que se está convirtiendo lentamente en un reptil.

Me ve mirando y se inclina hacia delante.

— Los bolgoriths suelen ir a por la garganta.

La iglesia está vacía y hace frío, pero la luz se filtra por los vitrales, tiñendo los bancos de un brillo púrpura.

A través de un agujero quemado en el techo se ve el cielo azul.

Por el suelo hay mantas y viejos colchones, y al fondo veo largas mesas cubiertas de una serie de armas de procedencia diversa: cuchillos, unas cuantas pistolas y varios atizadores de chimenea.

En el aire flota un olor penetrante. Sobre el órgano de la iglesia hay faisanes y conejos colgados de las patas, y de vez en cuando cae alguna pluma.

Me siento palidecer. Eso seguro que atrae a los dragones.

Otros chicos, de diversas edades, nos miran desde el balcón superior, todos con la misma expresión hostil en el rostro.

Pascal me suelta, y me siento en uno de los bancos junto a Serena.

Los chicos parecen estar muy ocupados, y da la impresión de que les hemos interrumpido.

A través de la balaustrada de madera veo que están clasificando y empaquetando comida. Parece que se preparan para algo.

— Chicos — dice Freddie —, os he traído algo que ninguno de nosotros hemos visto en un tiempo: ¡chicas!

Se oyen vítores y risas, que resuenan en las paredes de la iglesia. Veo a un niño pequeño sentado en el balcón, con las piernas colgando y el rostro manchado de mermelada, que nos mira con una gran sonrisa en la cara.

Freddie se sube de un salto a uno de los bancos.

— Aquí tenemos a la sofisticada Serena — dice, con una reverencia burlona —, y a Viv, toda una tigresa. — Se le iluminan los ojos —. Y esta señorita de aquí es Marquis.

Marquis le lanza una mirada asesina a Freddie, y se oyen nuevas risas.

— Y, por supuesto, nuestra propia damisela llorona, Gideon, tan aterrado por los dragones como siempre. ¿Quién recuerda cuando se meó encima?

Los chicos patean el suelo y Gideon baja la cabeza. De las vigas cae polvo que se le posa en el pelo.

— Ya vale, Freddie — dice una voz familiar.

Frunzo el ceño al ver a un chico alto que sale de detrás del altar.

—¿Jasper?

Jasper se nos acerca, con las manos en los bolsillos. Lleva puesta más ropa que la última vez que lo vi, pero sigue descalzo.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Echa una mirada al niño que lo acompaña, también de su campamento. Recuerdo que se llamaba Henry.

— Alianzas — responde Jasper —. Los guardias de Wyvernmire han destruido nuestro campamento.

Marquis suelta un taco y yo me quedo alicaída.

—¿Hay víctimas?

— No — dice Jasper —. El resto del grupo se ha resguardado no muy lejos de aquí.