Capítulo 14 #3
La hiedra crece por entre las piedras, extendiendo sus hojas sobre el suelo, de modo que casi no veo el brillo verde esmeralda de algo que hay debajo.
Me freno de golpe. Sobre una de las tumbas hay una larga prenda, ya rígida, tejida con hilos verdes y dorados.
Es de lana, está desgastada por el tiempo y los elementos y contiene varios rollos de papel de gran tamaño que han adquirido un color amarronado.
Mientras Marquis y Serena siguen por un sendero entre la hierba y Gideon y Atlas se pasean de una tumba a otra, yo me arrodillo junto al tapiz y arranco la hiedra. Cuando leo las palabras bordadas en la tela de lana me quedo de piedra: ¿Cómo pude no verlo la otra vez?
Patrick Clawtail, 1827–1866.
— Pero... No debería estar enterrado aquí.
Gideon se gira y me mira.
—¿Quién?
Señalo la tumba.
— Aodahn dijo que el gobierno hizo desaparecer el cadáver. ¿Qué hace aquí?
—¿Ese es Clawtail? — exclama Atlas con los ojos como platos.
—¿Con un tapiz de la memoria en su tumba? — pregunta Marquis.
Lo miro, y luego miro de nuevo la tumba.
— Pero ¿cómo...? Los guivernos no pudieron...
— Tienen que saber que está enterrado aquí — dice Serena.
—¿Pero por qué iba a mentir Aodahn? — pregunta Gideon.
— Probablemente la tumba esté vacía, como todas las demás — sugiere Marquis.
Me agacho y paso un dedo por uno de los rollos de papel, que es fino y frágil. Cuando intento desenrollarlo para leer algún recuerdo de la vida de Clawtail, se me desintegra entre los dedos. Echo mano de uno en mejor estado, aún blanco, y me pongo a leer.
— Está escrito en Inglés, no en Cannair.
Bajo un cielo plagado de estrellas y balas, Patrick abraza a su hija Marguerite, que ha recibido un disparo.
Les ruega a los guivernos que la ayuden.
Ha descubierto su secreto y sabe lo que puede hacer.
Es lo último que les pedirá, ahora que los guardias del gobierno están desembarcando y tomando la isla , y los guivernos lo saben.
Así que se reúnen todos , rodeando a la niña, ala con ala, y Patrick presencia lo que ningún humano ha visto antes: la curación de una niña con el lenguaje ultrasónico de los dragones.
El día en que Patrick muere, Marguerite vive.
Así es como será recordado: como un lingüista que confió en el poder del lenguaje, incluso en el de un lenguaje que no entendería nunca, hasta el fin.
Me quedo mirando el pergamino de la memoria. Eso es imposible. Repaso el texto otra vez.
«El lenguaje ultrasónico de los dragones».
— Esto lo escribió un humano, no un guiverno — constato.
Marquis me quita la nota de la mano y la examina, frunciendo el ceño.
— Los dragones no pueden curar a los humanos con el koinamens. Por eso Chumana tuvo que darle su sangre a Atlas para salvarlo.
— Así que la nota es mentira — digo yo.
— Quien la escribió debía de saber que íbamos en busca de los guivernos — sugiere Serena —. A lo mejor Wyvernmire está intentando confundirnos.
— O... — añade Atlas, en voz baja — tenías razón en lo que sospechabas en los túneles. — Me mira, convencido —. La ecolocalización de los guivernos de las Hébridas tiene algo muy diferente.
—¿Qué? — dice Marquis.
Me giro hacia mi primo.
— Sus llamadas de ecolocalización suenan diferente.
Marquis aprieta los dientes.
—¿Has escuchado el koinamens de los guivernos?
Asiento.
— Y son... No se parecen en nada a las de los otros dragones. ¿Y si era eso lo que quería que supiera Hollingsworth?
— Vosotros dos y esa maldita máquina locuisonus — exclama Marquis, con tal vehemencia que doy un paso atrás —. Estáis obsesionados, los dos. ¿Era este tu plan, desde el principio? ¿Por eso insististe en que nos la trajéramos?
—¡Solo he escuchado una vez!
— Sin la máquina nunca habríamos encontrado los túneles — alega Atlas.
—¿Qué pasó con eso de que el koinamens era sagrado? — dice Marquis, con los ojos encendidos —. Le prometiste a Chumana que no volverías a escucharlo, y ahora te está distrayendo de lo importante.
—¡Esto es importante! — replica Atlas.
—¡No lo es, si no nos ayuda a ganar la guerra! — ruge Marquis, y un cuervo echa a volar desde una rama cercana.
— Primo — le respondo, moderando el tono —, ¿y si su ecolocalización es precisamente lo que nos puede hacer ganar la guerra?
Atlas suaviza el gesto.
— Tiene razón — dice, sin dejar de mirarme —. Los guivernos son diferentes.
Es como si me hubieran retirado un velo que me cubría la mente, dejando por fin a la vista el camino a seguir.
— A lo mejor la ecolocalización de los guivernos puede curar a los humanos — planteo, poniéndome en pie —. A lo mejor tiene poderes ocultos.
— Viv... — dice Marquis, en tono amenazador.
—¡Poderes que pueden hacernos ganar la guerra!
— Ni siquiera sabemos si lo que dice ese pergamino de la memoria es cierto — advierte Serena.
— Y si lo es, y si Hollingsworth sabe lo de la ecolocalización de los guivernos, te lo habría dicho sin más, en Londres — observa Gideon.
— A lo mejor iba a hacerlo... — respondo yo, casi sin aliento —. Solo que me arrestaron.
Me giro hacia Atlas, que está en silencio, pensativo, apremiándome con la mirada, y consigue que me ruborice. Él cree en lo que estoy diciendo, y eso me llena de confianza. Con el pergamino en la mano, me dirijo a ellos:
— Durante la ceremonia de elección de huevos, cuando los guivernos estaban ecolocalizando con los huevos, noté una especie de energía eléctrica en el aire.
Pensé que me lo estaba imaginando, pero no era así.
Lo sentí porque su koinamens es tan fuerte que incluso puede entrar en contacto con las mentes humanas.
Debe de ser la información que estábamos buscando — añado, entusiasmada —.
Hollingsworth quiere que los guivernos usen su ecolocalización tan particular para ayudar a los rebeldes a ganar la guerra...
No acabo la frase.
«Un momento».
— Así que su gran idea... — replica Marquis, con un tono gélido — ¿es explotar el koinamens de los guivernos para que sirva de ayuda a la Coalición?
¿La misma Coalición que acordó no volver a echar mano de la ecolocalización, precisamente por lo que podía llegar a hacer, por el uso que quería darle Wyvernmire?
Siento que me deshincho al oír las palabras de Marquis.
— Si los humanos llegaran a saber de la existencia de la ecolocalización, y de las máquinas locuisonus, podrían usarla para controlar y oprimir a los dragones — añade Marquis, entre dientes. Me mira a mí, y luego a Atlas —. Los dos lo sabéis. ¿Qué demonios os ha pasado?
Dejo caer la cabeza, abatida. Tiene razón. Chumana me dijo que mantuviera el koinamens en secreto precisamente por eso.
— Si los guivernos acceden a ayudarnos, que no lo harán, y ganamos la guerra, todo el mundo querrá saber cómo ha sido.
La existencia de la ecolocalización de los dragones se convertirá en tema de dominio público — añade Gideon —.
¿Por qué iba a querer algo así la líder de la Coalición Humanos-Dragones?
— Debe de ser más complicado que todo eso — dice Atlas, en voz baja —. Seguro que Hollingsworth tiene un plan.
Meneo la cabeza.
— Atlas, tienen razón. No puede ser esto. Hollingsworth nunca explotaría a los dragones para ganar la guerra. Eso nos haría tan malos como Wyvernmire.
—¿Pero y si de algún modo pudiera proteger a los guivernos?
— No puede — responde Marquis con brusquedad —. Así que seguimos con nuestro plan. Tenemos que encontrar a Chumana.
—¿Y si los rebeldes pudieran usar el koinamens de los guivernos y garantizar su seguridad a la vez? — Atlas me mira fijamente, haciendo caso omiso de Marquis.
— Eso es imposible, Atlas.
—¿Cómo lo sabes? — exclama —. Maldita sea, Featherswallow, ¿por qué no escuchas por una vez?
Un silencio mortal se extiende por el cementerio.
Me enciendo por dentro. Sus palabras han abierto una herida, que ahora escupe fuego.
—¿Por qué no escuchas tú? — le espeto —. ¿O es que no es necesario para tu misión secreta?
Atlas se queda de piedra. Es casi como si no me hubiera oído, aunque por el temblor de su labio queda claro que sí.
—¿Misión secreta? — repite Marquis.
Todos se quedan mirando a Atlas, que está cada vez más rojo.
— Los rebeldes te asignaron una misión — le digo, lentamente —. Una misión que nos has mantenido en secreto. Lo leí en tu diario.
Tensa el rostro en una expresión de rabia atronadora.
—¿Has leído mi diario?
— Sí.
Lo miro sin pestañear, demasiado enfadada como para sentirme avergonzada. Una ráfaga de viento atraviesa el cementerio, arrastrando gotas de lluvia y agitando los arbustos.
— La ecolocalización — dice Atlas —. Creo que es clave.
— Pareces muy seguro — responde Gideon —. ¿Qué sabes que no sepamos nosotros?
—¿Es eso de lo que va esa misión especial? — pregunta Serena —. ¿Del koinamens?
— No... no os lo puedo contar — responde Atlas, frunciendo el ceño —. Vais a tener que confiar en mí.
—¿Cómo vamos a confiar en ti si nos ocultas cosas? — digo yo.
En sus ojos se ve que se siente profundamente dolido.
— Viv...
Se oye un largo silbido, y de pronto siento pánico.
— Eso no ha sido un pájaro — dice Marquis, en voz baja.
Levanto la vista y mi cuerpo me grita que salga corriendo, pero no veo ningún dragón. Una figura sale de entre los arbustos y en su mano veo el brillo de un cuchillo. Gideon se encoge.
—¡No corráis al bosque...! — grita, pero el resto de su frase se pierde, porque yo ya he echado a correr hacia los árboles de forma instintiva.
Oigo las pisadas de botas a mis espaldas, y la respiración agitada de Marquis junto a mi hombro.
—¡Viv, a tu izquierda! — grita Atlas, desde algún punto indeterminado.
Me giro hacia la izquierda, y en ese mismo momento un grupo de hombres salen de detrás de un árbol y me tiran al suelo.