Capítulo 14 #2
Me estremezco al pensar en ver de nuevo a Chumana.
Me salvó del campamento de Wyvernmire, y yo se lo pagué soltándole las palabras más feas que podía a la cara.
Y ahora no tengo más que malas noticias para ella.
Hollingsworth creía que nuestra victoria dependía de una alianza con los guivernos y ahora la mayoría de ellos ni siquiera quieren volver a vernos.
Nos volvemos por donde vinimos, en silencio.
Si hubiera podido traducir los textos de Cindra, quizá me hubiera ganado su favor antes de que Wyvernmire gaseara los túneles.
Los guivernos estarían enfrentándose a los dragones búlgaros, provistos de esa arma secreta que Hollingsworth cree que tienen, sea la que sea.
El corazón se me acelera al ver a los otros trepando por unas raíces retorcidas.
¿Qué traductora soy, si no he conseguido traducir un idioma que llevo meses estudiando?
¿De qué valgo, si no puedo usar lo único que se me da bien para contribuir a que ganemos la guerra?
Retrocedemos por el valle bajo el cielo rosa del amanecer.
El canto de los pájaros evita que me sumerja demasiado en mis pensamientos, infundiéndome una extraña sensación de calma, al tiempo que empiezo a notar un agradable cansancio en las piernas.
Volvemos a subir por la ladera de la colina y el esfuerzo físico, el canto de los pájaros y el aire fresco me van relajando.
Se me había olvidado lo brillante que era la luz del sol al amanecer.
Alguien hace un ruidito, conteniendo una exclamación.
Serena ha llegado a lo alto de la colina antes que yo.
Voy a su lado y siento un nudo en el estómago.
La cumbre está cubierta de cadáveres de dragones.
Pasamos por entre sus enormes cuerpos inertes, cada uno en un charco de sangre que empapa la tierra.
Son dragones del oeste, dragones de las arenas, ddraig gochs y dragones plateados.
— Dragones británicos — murmura Marquis, con la voz entrecortada.
Uno de los dragones tiene atada en las garras una tira de tela negra con una golondrina blanca, manchada de rojo.
— Rebeldes — digo yo, parpadeando para contener las lágrimas.
Avanzamos hasta el otro lado horrorizados, mirándonos los unos a los otros en silencio. Encontramos dragones que han perdido una pata, o que tienen las entrañas esparcidas por el suelo. La sangre huele a metálico.
— Krasimir se ha vuelto loco — dice Marquis.
Yo niego con la cabeza.
— No puede haber hecho esto él solo. Si los rebeldes han lanzado un ataque sobre Canna, quiere decir que no tenían otra opción. Los bolgoriths ya se habrán cansado de esperar.
—¿Quieres decir que ya habrán acabado con Wyvernmire? — dice Atlas.
Asiento, con una sensación de náusea.
— Lo de enviar a sus guardias a atacar los túneles de los guivernos debe de haber sido un último intento por encontrarme y mantener esa sensación de control.
— Apoyo la mano en las frías escamas de una dragona plateada.
Era joven, demasiado joven para morir —.
Pero mientras tanto los búlgaros hacían esto.
Oigo un gruñido grave a mi lado y doy un respingo. La dragona plateada mueve la cabeza y sus enormes ojos se encuentran con los míos, suplicándome.
—¡Está viva! — exclama Marquis, arrodillándose junto a la dragona —. Tenemos que ayudarla.
Los ojos se me van al enorme tajo que tiene en el vientre y meneo la cabeza. Es demasiado tarde. Acerco los labios a su oído.
— Has luchado con valor — le susurro en harpentesa, la lengua madre de su especie —. Ahora descansa.
La dragona plateada resopla de nuevo y luego se queda inmóvil.
Después me acerco al dragón siguiente, un dragón del oeste, y le susurro en wyrmerio.
Ya está muerto, pero al menos las últimas palabras que le habrán dedicado serán en su idioma.
Siento que todos los ojos están puestos en mí cuando me acerco a un ddraig goch.
No hablo talwynn, la lengua dracónica nacional de Gales, pero sé una palabra.
— Gadvalen — murmuro, con la voz entrecortada. «Adiós».
— La Golondrina está sana y salva. Repito, la Golondrina está en pleno vuelo — repite una y otra vez Serena al micrófono de su transmisor de radio. Me mira y frunce los labios —. Y tiene un mensaje para los bolgoriths de Wyvernmire.
Me pongo en pie.
— Puede que Britania esté en llamas, reducida a humo y brasas, brasas tan ardientes como el fuego que las creó. Y todo fuego nace de una chispa.
— Mierda. Mirad — dice Gideon, en voz baja.
El corazón se me encoge en el pecho cuando veo qué está señalando: un dragón búlgaro negro entre los árboles. Y, a su lado, un humano.
Goranov y Ralph.
—¡Viv! — exclama Marquis, al ver que avanzo sigilosamente en dirección a ellos.
Yo no le hago caso. Tengo que descubrir qué están diciendo, antes de que se vayan otra vez.
¿Cuántas bajas habrán sufrido los rebeldes en el tiempo en que hemos estado bajo tierra?
El miedo me atenaza por dentro, pero sigo acercándome al bosque, y oigo a Goranov hablando con una voz grave y ronca que me provoca dentera.
Ralph responde, pero no consigo entender de qué están hablando.
El resto del grupo me sigue en silencio.
Me giro a mirarlos y luego me tiendo sobre la alta hierba, para seguir arrastrándome hasta los árboles.
De pronto me envuelve un hedor, como a orina vieja y a cuero quemado.
— Tres días de batalla — dice Goranov, en inglés —. No esperábamos esas cifras.
— El movimiento rebelde ha crecido — responde Ralph —. Pero habéis ganado. Hemos ganado.
Goranov suelta un gruñido y ambos se quedan en silencio.
Oigo el roce de las hojas al mover Goranov la cola por el suelo, pero no veo nada más que su cabeza y la cresta de púas de su lomo.
¿Están susurrando? No consigo oírlos. Me acerco aún más, arrastrándome por la tierra.
Luego rodeo un arbusto y veo de pronto parte del cabello a Ralph.
Está tendido a la sombra del tronco del árbol, con los brazos extendidos hacia los lados. La imagen me horroriza.
Goranov ha matado a Ralph.
Se lo está comiendo.
No. Aquí hay algo que no tiene sentido. Veo el morro de Goranov manchado de sangre, presionando a Ralph contra el suelo.
Pero no está muerto. Ralph tiene las mangas subidas hasta la altura de los codos, mostrando la parte interior, pálida.
En el suelo, a su lado, hay un pequeño cuchillo con el que se ha hecho las heridas por las que sangra.
Y Goranov está lamiendo la sangre, como un bebé que mama del pecho de su madre.
No me atrevo ni a respirar. Noto unos golpecitos en el pie.
Tengo a Atlas detrás, arrastrándose boca abajo.
Cuando llega a mi lado y ve lo que estoy viendo, palidece de golpe.
Ralph deja caer la cabeza hacia un lado y los párpados le tiemblan, al tiempo que suelta un gemido involuntario:
— Oh...
Me estremezco. Sea lo que sea lo que estamos presenciando, es algo perverso. Profano.
Atlas empieza a retroceder y yo lo sigo. Solo nos ponemos en pie cuando ya estamos de vuelta en el campo. Y entonces todos echamos a correr en silencio, hasta encontrarnos de nuevo entre los dragones muertos.
— Estaba bebiéndose su sangre — susurra Serena, mientras nos agazapamos tras el cuerpo de un dragón de las arenas.
Tengo que hacer un esfuerzo para encontrar las palabras que describan lo que acabo de ver.
—¿Es esto a lo que se refería Ralph cuando decía que Goranov lo necesitaba?
—¿Pero por qué iba a necesitar beber sangre humana un dragón? — responde Atlas —. ¿Has visto algo así alguna vez, Gideon?
Gideon niega con la cabeza, pálido.
—¿Por qué iba a beber Goranov la sangre de Ralph, cuando podría comérselo, sin más?
Los pájaros cantan entre los árboles.
—¿Y si es como el dracólico — sugiere Marquis, lentamente —, pero al revés?
—¿Al revés?
— El dracólico tiene que obtenerse de un donante vivo. Por eso introdujeron la prohibición en el Acuerdo de Paz. Atlas, el dracólico que te salvó se hizo con la sangre de Chumana, y eso es lo que Ralph le está dando ahora a Goranov.
—¿Tú crees que Goranov está herido? — pregunto, esperanzada.
— A lo mejor simplemente le da fuerza — responde él, encogiéndose de hombros.
—¿Y entonces por qué no le sorbe toda la sangre? — plantea Gideon.
Al oír eso arrugo la nariz, asqueada.
— Porque Ralph es una fuente renovable — responde Serena, despacio.
— Canna no está precisamente a rebosar de humanos que se pueda comer — apunto yo —. Los niños de aquí ya cuentan con muchas tácticas para esquivar a los dragones. Y, tal como dice Marquis, quizá haya algo en la sangre humana que refuerza el efecto cuando se toma de alguien que aún está vivo.
Recuerdo cuando Goranov lamió a Ralph en la Canna House. Ahora eso cobra sentido.
—¿Pero por qué iba Ralph a darle su sangre a...?
— Porque Goranov le ha prometido de todo a Ralph — digo yo —. Que lo mantendrá con vida cuando los dragones búlgaros destruyan a Wyvernmire y su gobierno; poder cuando apresen o devoren a cualquier humano que se les oponga; y estatus cuando acaben gobernando Britania tal como hacen con Bulgaria.
Intento imaginarme un país en el que los humanos no son solo una fuente de carne, sino una fuente de alimento vivo.
Seguimos caminando y no puedo obviar el dolor que me produce dejar a esos rebeldes masacrados atrás.
Ellos — los dragones — son el puntal del ejército rebelde.
¿Cómo pueden haber matado a tantos? Me pregunto cómo se llamarían, dónde habrían nacido.
¿Cuántos más vamos a perder? Se me encoge el corazón.
Se suponía que teníamos que frenar esto.
Cuando llegamos al cementerio en el que nos ocultamos de Krasimir está lloviendo. Meto las manos en los bolsillos y paseo la mirada por los nombres grabados en las pequeñas piedras dejadas a modo de lápidas en recuerdo de los niños de Canna.
John, Peter, Josie...