Capítulo 14
Me pongo en pie como puedo, tosiendo y con la cabeza dándome vueltas. Serena coge otro farol de la pared y echamos a correr por los túneles. Se oyen chillidos de las otras cuevas, y los guivernos empiezan a salir de sus cámaras.
— Por ahí — dice Atlas, jadeante, agarrándome del brazo y tirando de mí en dirección a los guivernos, que huyen a la carrera.
—¡Espera! — respondo, tosiendo —. Quienquiera que haya tirado el gas estará esperándonos en las salidas. Tenemos que usar la de la cascada. — Jadeo, casi sin aire —. Esa es invisible.
Atlas asiente, con los ojos llenos de lágrimas. Nos giramos y corremos en dirección contraria a la marea de guivernos que se nos echan encima.
—¡Dad la vuelta! — les grita Marquis, pero el gas le distorsiona la voz.
De pronto cae al suelo y yo evito chillar para no aspirar más aire envenenado.
Tomando aire con respiraciones cortas, me agacho junto a él y le paso el brazo por encima de mi hombro.
El humo verde sigue pasándole por delante de la cara, y pone los ojos en blanco, pero de pronto aparece alguien a su otro lado y lo levanta.
Es Gideon, que lleva un pañuelo atado en torno a la boca.
Se lleva a Marquis y yo lo sigo, trastabillando, mientras Atlas y Serena nos abren paso.
Algunos de los guivernos han pensado lo mismo que nosotros y empiezan a cambiar de dirección, y cada vez son más.
Veo que algunos cargan con pesados rollos de tela de lana de los que caen rollitos de papel que pisotean al pasar. Los tapices de la memoria.
—¡Dejadlos! — intento gritar, pero el aire inhalado me quema la garganta.
Un grupo de crías pasan volando sobre nosotros, adelantándose a todos. Pero luego caen unos cuantos al suelo, con un golpetazo seco. Y de pronto me los encuentro a mis pies, crías de guiverno muertas con un líquido verde saliéndoles de las comisuras de la boca.
Me duele la cabeza y siento una presión que me hace pensar que el cerebro me va a explotar, pero en ese momento unas manos tiran de mí hacia el agua helada y nado, sin más referencia que el brillo blanco azulado de las escamas de un guiverno.
Me estremezco, cerrando los ojos con fuerza, paralizada por el dolor de cabeza y el ardor que siento en los pulmones, hasta que noto un cuerpo largo y estilizado bajo el mío.
Salgo a la superficie, jadeando, y aspiro el aire frío y fresco del exterior.
Aberdine sale de debajo, con su huevo en la boca.
Quiero darle las gracias, pero tengo la garganta quemada y no puedo hablar.
Fijo la vista en los árboles de alrededor, y poco a poco veo mejor.
El dolor disminuye a medida que respiro aire puro.
Siguen saliendo guivernos de debajo del agua, y en la orilla del estanque veo a Marquis tendido boca arriba, a la luz del sol del amanecer, respirando profundamente, con Gideon y Serena agachados a su lado.
Atlas aparece a espaldas de otro guiverno, con los ojos rojos, congestionados.
Me acerco a él y cuando llego a su altura me agarra con fuerza.
— No veo nada — murmura.
Le echo más agua en los ojos mientras Cindra arrastra a una cría de guiverno inerte hasta la orilla y le muerde la cola hasta que consigue que reaccione y respire agitadamente.
Levanta la vista y sus ojos se encuentran con los míos. Se oyen disparos por encima de la cascada.
— Guardias — dice Atlas —. Tenemos que movernos.
Se oye un rugido, y más disparos. A lo lejos, veo a los guivernos que han quedado atrapados en las otras salidas: las llamaradas que sueltan iluminan el cielo.
—¿Esto es cosa de vuestra primera ministra? — pregunta Cindra, rabiosa —. ¿Tan lejos está dispuesta a llegar para encontraros?
— Nos están buscando, Viv — dice Atlas, saliendo del agua.
Miro a mi alrededor, fijándome en los guivernos.
—¿Dónde están los otros? Aquí apenas hay cincuenta guivernos.
Otro cuerpo estilizado sale del agua.
Aodahn.
Patalea en el agua, agitando la cola, haciendo esfuerzos por ver algo, pero tiene los ojos irritados. Atlas retrocede en el agua, esquivando por poco las púas de su cola.
—¡Aodahn! — le grita —. ¡Cálmate!
Poco a poco, Atlas y Aberdine guían a Aodahn hasta la orilla.
Se tiende junto a Marquis, respirando agitadamente, mientras Serena le limpia los ojos con un pañuelo.
Al girarse de lado, veo la prominente bolsa de su vientre, y algo oscuro bajo la piel.
Cae a la hierba: una forma ovalada y negra, agrietada.
Doy un paso atrás. Aodahn abre los ojos y suelta un grito ahogado.
— Mi huevo — se lamenta, con la voz ronca.
Me dejo caer de rodillas junto al huevo, pero Cindra ya está ahí. Le da un empujoncito con el morro y parte del caparazón se cae. Por un momento apoya la cara en el huevo, escuchando. Pero luego asiente levemente, con un movimiento tembloroso.
— Está muerto — dice Aodahn —. Mi pequeño está muerto.
De lo más profundo de su pecho sale un aullido agónico.
Los otros guivernos, a nuestro alrededor, lo imitan y un único aullido combinado se extiende por todo el bosque.
Se me pone la piel de gallina, y a Serena se le llenan los ojos de lágrimas.
El huevo, anacarado y precioso solo unas horas antes, cuando Aodahn estaba intercambiando llamadas de ecolocalización con el pequeño que había en su interior, está adoptando un color verde químico.
Contengo el llanto, incapaz de ofrecerle consuelo a Aodahn.
Su pérdida es demasiado dolorosa como para expresarla con palabras.
— No podemos quedarnos — me apremia Marquis, desde atrás.
Tiene la mirada puesta en Abelio, que está subido a una roca con las alas extendidas, contemplando a los guivernos que sobrevuelan las colinas.
Siguen lanzando llamaradas a los guardias que les disparan, y la mente se me va a las crías que se han ido en dirección contraria, y a las que no han conseguido salir de los túneles.
Asiento. Hemos sido nosotros quienes hemos atraído a los guardias. Solo han tardado unos días en encontrarnos.
Y eso Abelio no va a olvidarlo. Mi traducción fracasada de los escritos de Cindra está dentro, al igual que el diario de Clawtail y la máquina locuisonus.
El único rastro del cannair de los guivernos se ha perdido en los túneles.
Nunca volveré a ver nada de todo eso. La rabia me devora por dentro.
No he podido traducir la lengua de los guivernos lo suficientemente rápido, y aquí estamos, sufriendo este ataque que ha causado la muerte de innumerables guivernos.
Por primera vez en mi vida, mis idiomas me han fallado.
— Necesitamos la protección de Chumana — me susurra Atlas —. Si los búlgaros y los guardias están en este lado de la isla, no sobreviviremos mucho tiempo.
Asiento. Gideon y Marquis ya están de pie, con nuestras mochilas en las manos, retrocediendo hacia los árboles.
Veo a Serena dándole un beso en el ala a Aodahn, entre lágrimas, antes de alejarse.
Pero Cindra nos ha visto. Se gira a mirar a Abelio, que parece paralizado por el shock, y luego me mira otra vez.
— Os deseo la muerte — gruñe, hablando muy despacio —. Ojalá os devoren.
Su amenaza me deja sin respiración, y siento que las piernas me tiemblan.
Entrechoca las garras, emitiendo un chasquido siniestro. Las mismas garras que usaba para abatanar la tela de lana. Y agita la cola de un lado al otro, rápida como un látigo.
— Nos dirigiremos a los túneles del norte, cerca de la costa — ordena Abelio.
—¿Es que no ves lo que nos han hecho estos años de aislamiento, Abelio?
— le espeta Cindra —. Pensábamos que estábamos seguros bajo tierra, cuando en realidad teníamos un enemigo desconocido acechando justo por encima de nuestras cabezas.
Escondiéndonos solo hemos conseguido ser más débiles y estar peor preparados.
—¿Cómo te atreves a insultar...?
—¡Y ahora nuestras crías han pagado el precio!
Aodahn nos mira, exhausto. Él soñaba con poner fin al aislamiento de los guivernos, pero no de este modo. Ver su dolor es algo insoportable.
— Ánimo, querido — murmuro, casi sin ser consciente de ello.
No creo que me oiga.
Seguimos oyendo los bramidos de Cindra y Abelio incluso después de adentrarnos en el bosque. Serena llora en silencio mientras caminamos, y veo que Marquis la agarra de la mano.
—¿Cuánto tiempo calculáis que hemos estado bajo tierra? — murmura.
— No más de una semana. Tenemos que encontrar a Chumana — insiste Atlas.
Tiene los ojos enrojecidos y me agarra de la mano con tal fuerza que me duele.
Serena coge su radio y se pone a girar el dial.
— Tenemos que enterarnos de cómo ha progresado la guerra.
— Si Wyvernmire ha gaseado los túneles es porque sabía que estábamos allí — digo yo —. Eso significa que sigue buscándome. Y la máquina locuisonus.
— Entonces es que aún no confía demasiado en su alianza con los bolgoriths — señala Atlas —. Lo que significa que debe de sentirse incómoda con el gran poder que tienen.
La radio emite un sonido de estática y de pronto oímos una voz alegre:
«... y mientras prosigue la búsqueda de nuestros soldados rebeldes, Sandy y Drake querrían recordaros que las golondrinas siempre regresan al nido. Así que, si nuestra Golondrina viajera puede oírnos, por favor, mándanos una señal. Repetiremos este mensaje cada hora».
— Los rebeldes de Londres deben de pensar que los has abandonado, si Sandy y Drake están usando su programa para enviarte mensajes en código — dice Serena —. ¿Y si Hollingsworth piensa que estamos muertos?
— No podía saber que los guivernos vivían bajo tierra — respondo —, así que quizá sí lo piense.
— Chumana hará circular la noticia de que estamos bien, y podrá decirnos cuántas batallas hemos ganado y cuántas hemos perdido — afirma Atlas.