Capítulo 13 #3
— Sabemos que el koinamens es sagrado, que sirve para curar y para que las crías crezcan. Viv eso lo respeta. Pero hemos tenido que recurrir a la máquina porque estábamos desesperados por encontraros. Porque necesitamos vuestra ayuda.
—¿Ves ahora de la prepotencia de estos humanos? — le dice Abelio a Cindra, con un gruñido —. Son un peligro en sí mismos.
—¿Qué tipo de ayuda, querida? — me dice Aodahn.
— La doctora Hollingsworth, líder de la Coalición Humanos-Dragones, cree que podríais ser la solución definitiva para ganar esta guerra — responde Atlas, sin alterarse.
— Pero nosotros somos muy pocos, en comparación con los dragones de la reina Ignacia, o esos bolgoriths búlgaros que surcan nuestros cielos — responde Aodahn —. ¿Cómo podríamos ayudaros?
— No lo sé — reconozco, avergonzada, meneando la cabeza.
— Cindra — dice Aodahn, señalando a Marquis —. Él salvó la vida a uno de nuestros pequeños. No podéis sentenciarlo a muerte.
Cindra suelta un gruñido, y luego me mira a mí. Sé lo que está pensando. Apenas acabo de empezar a traducir sus textos, y si me echa ahora, perderá toda esperanza de compartir el cannair con el resto del mundo. Mira de un lado a otro y la mandíbula le tiembla amenazadoramente.
— Conservaréis vuestro fasgadh , de forma temporal.
—¡Se irán ahora mismo! — ruge Abelio.
Cindra da un bocado al aire, agarrándole el lateral del morro entre los dientes, y los dos dragones se ponen a gruñir en un duelo de personalidades que me hiela la sangre.
Abelio la mira con los ojos rabiosos, pero Cindra no retrocede.
Él se gira, y balancea la cabeza de un lado al otro, en un movimiento defensivo.
Luego resopla, emitiendo un sonido sibilante grave, y sale de la cueva hecho una furia.
Cindra me lanza una mirada fulminante y sale tras él.
—¿Por qué has hecho eso? — le espeta Marquis a Atlas.
—¡Iba a matarnos! — replica Atlas —. Y no podemos irnos de aquí con las manos vacías. — Me mira, y la dureza de su mirada es inquietante —. Necesitamos a los guivernos.
Me acurruco sobre las mantas, oyendo el goteo del agua que rompe el silencio.
Delante tengo la locuisonus rota, los escritos de Cindra y el diario de Clawtail.
Las tres cosas tenían como objetivo ayudarme a comprender mejor a los guivernos de las Hébridas, y sin embargo estoy tan lejos de poder cumplir la misión que me asignó Hollingsworth como cuando llegué a la isla.
Todo este tiempo he estado intentando aprender cannair para descubrir cómo podían ayudarnos a ganar esta guerra los guivernos, y al final resulta que es una lengua intraducible.
Vuelven a mi mente el invernadero y el koinamens.
— Hollingsworth contaba con el éxito de esta misión — murmuro —. Pero ahora no creo que Cindra se avenga a luchar con nosotros. ¿Y si acabamos de perder la guerra?
— No puede ser que basara todo su plan de victoria en la improbable posibilidad de que encontráramos a un grupo de guivernos perdidos — dice Serena.
—¿Pero y si es así? — respondo —. Wyvernmire tiene a los dragones búlgaros de su parte. Hollingsworth debe de haberse dado cuenta de que necesitaba algo más que colmillos y garras. — Miro a Atlas —. Creo que tienes razón. La respuesta debe de estar en la ecolocalización de los guivernos.
Él asiente, con los ojos brillantes.
—¿Realmente es el smuainswel lo que os interesa? — dice Aodahn —. Bueno, pues responder a nuestro fasgadh con esa falta de honestidad no dice mucho de vosotros.
Me mira a mí, y luego a Gideon, con una expresión triste en los ojos, y se va del dormitorio.
— Genial — murmura Gideon, furioso —. El único dragón que me ha gustado realmente en toda mi vida ahora nos odia.
Nos desvestimos en silencio para acostarnos. Me tumbo entre las mantas, a la tenue luz de la luna que atraviesa los huecos del techo. La mano de Atlas encuentra la mía y se gira hacia mí.
— Aún no hemos fracasado, Viv — me susurra.
Sigue albergando esperanzas, a pesar de todo. Pero es que tanto él como los otros ya han cumplido su misión: encontrar a los guivernos.
La mía es la que no se ha cumplido. Se supone que debo ser Vivien Featherswallow, traductora dracónica. Pero aún no he conseguido traducir el cannair. Y, si Cindra nos obliga a marcharnos mañana, se habrá acabado. ¿De qué les serviré a los rebeldes entonces? ¿Quién soy yo, si no soy más que Viv?
En la penumbra, abro los ojos de golpe.
Ni siquiera sé quién es Viv.
Veo un dibujo de mi rostro, de los que aparecen en el periódico, que se transforma en el de Hollingsworth, para luego transformarse en el de Abelio, que lanza una llamarada de olor apestoso que me deja sin respiración.
Un olor ácido me quema las fosas nasales, despertándome de golpe. Noto que Atlas también se mueve, a mi lado, y al mirar al otro lado del dormitorio veo a Marquis que levanta la cabeza. Se pone a toser y, al mismo tiempo, siento la presión en la garganta.
Atlas se pone en pie de golpe. Enciende un farol, que chisporrotea e ilumina la cueva. El humo lo cubre todo, rodeándonos con una niebla verduzca que se pega a las paredes.
— Gas venenoso — exclama Marquis, medio ahogado, tapándose la cara con el brazo —. Humanos.