Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—¿Y si no es necesario el sacrificio? — plantea Aodahn, parpadeando —. Patrick tenía la solución.

—¿La tenía? — Alargo la mano, en busca del diario, pero lo he dejado en la cueva dormitorio.

—¿Por qué crees que dejó de traducir el cannair?

No sé qué responder.

—¿Me estás diciendo que Clawtail decidió poner fin a su estudio del idioma de los guivernos?

Aodahn asiente.

— Para aprender cannair con todos sus matices, hay que oírlo de un hablante nativo. Patrick no podía preservar el cannair a través de la traducción escrita, pero se aseguró de que su hija hablara el idioma. Quizá ahora, esté donde esté, lo ha transmitido a otros.

¿Es posible que haya una familia en algún lugar de Britania que habla cannair?

—¿Así que estás diciendo que la lengua de los guivernos es intraducible, al menos al inglés? — pregunta Gideon.

Aodahn me mira, algo intranquilo.

— Ningún idioma es completamente traducible. Como has dicho, Vivien, siempre hay algo de sacrificio.

«Intraducible».

Siento un pánico que me atenaza y de pronto puedo oír incluso el pulso de mis venas, como un torrente junto a los oídos.

Si eso es cierto, no solo he fracasado en la traducción de los textos de Cindra, y por tanto en mi misión para solicitar ayuda a los guivernos: significa que toda mi carrera es una mentira.

¿Qué me queda, si no tengo los idiomas? ¿Qué soy yo, si no soy traductora?

Con una mano temblorosa, dejo el vaso en el suelo.

— Ánimo, querida — me dice Aodahn —. Quizá deberías...

—¿Viv? — dice Atlas, entrando de nuevo en la Corte del Ámbar —. ¿Cuándo has visto la máquina locuisonus por última vez?

Frunzo el ceño, pensando.

— Esta mañana. ¿Por qué?

— Está rota.

Tenso todo el cuerpo, y el corazón me late con fuerza en el pecho.

—¿Rota?

—¿La máquina detectora de túneles? — pregunta Aodahn.

Miro hacia el otro extremo de la caverna y veo a Abelio observándonos. Cindra se acerca a nosotros.

— Enséñamela — le dice a Atlas.

Los cinco seguimos a Cindra y a Aodahn hasta nuestra cueva dormitorio. Encontramos la máquina locuisonus dentro de su funda, pero cuando Atlas la saca se oye el repiqueteo de piezas rotas en su interior.

—¿Te la has encontrado así? — le pregunto a Atlas.

Él asiente. Miro a Cindra.

—¿Crees que alguno de los guivernos habrá tenido curiosidad y, accidentalmente...?

De pronto Abelio entra en la cueva. Cuando ve la máquina locuisonus colgando de la mano de Atlas, sus ojos color turquesa se encienden de golpe.

— La habéis roto a propósito — dice, con rabia.

— No ha sido Atlas — respondo yo.

—¡Queríais aseguraros de que no pudiéramos usar vuestra máquina para detectar túneles! — insiste Abelio —. Esto es sabotaje.

—¿Sabotaje? — replico, entornando los ojos —. O quizá has sido tú, para disuadir a los guivernos de escapar de esta reclusión que les has impuesto.

Cindra me lanza una mirada de advertencia, y Abelio da un paso atrás.

— Sin esta máquina, no podéis cumplir vuestra parte del acuerdo — ruge, airado —. Debéis marcharos inmediatamente.

— El fasgadh se concede gratuitamente, Abelio — alega Aodahn, tartamudeando.

— Cinco días de fasgadh es suficiente generosidad — gruñe Abelio.

— Lo ha hecho él — dice Marquis, sin inmutarse.

Mi primo mira fijamente al guiverno, y al verlo sé que tiene razón.

—¿Has sido tú quien ha roto la máquina, Abelio? — pregunto.

Abelio suelta un chillido como de pájaro que me provoca un escalofrío. Noto que los demás también se tensan.

— Abelio — le dice Cindra, muy seria —. Si echamos a los humanos de noche, les darán caza.

—¡Pues que así sea! — grita Abelio, con los ojos desencajados —. Los guivernos no les debemos nada.

—¿Qué está diciendo? — me susurra Gideon.

Abelio muestra los dientes y veo el destello de una llama en el fondo de su garganta. De su pecho sale un amenazador sonido crepitante. El sonido del fuego.

—¡Cindra, por favor! — grita Serena.

— Dile que los dragones búlgaros nos matarán, y luego seguirán el rastro hasta los túneles de los guivernos en busca de más comida — me dice Atlas.

Lo traduzco, y el gruñido de Abelio se vuelve más intenso.

— Podemos plantar cara a cualquier tipo de dragón, somos guivernos...

— Dile que la máquina no es un detector de túneles.

Me quedo de piedra.

—¿Qué? No...

— Dile que le hemos mentido — insiste Atlas.

Meneo la cabeza, y luego echo una mirada a Aodahn y Cindra, que lo miran, atónitos.

— Necesitamos vuestra ayuda, Aodahn — dice Atlas, suavizando el tono —. Por eso vinimos aquí. La máquina no detecta túneles, sino llamadas de ecolocalización.

— Maldita sea... — murmura Marquis.

— En inglés, los dragones lo llaman koinamens — añade Atlas —. El idioma que habláis; no el cannair, el otro. El que comunicáis en silencio.

Cindra se lo traduce a Abelio, y los tres guivernos gruñen al unísono, incluso Aodahn. Fijo la mirada en su rostro amable, pero en sus ojos solo veo perplejidad.

—¿El smuainswel ? — murmura.

Smuainswel.

La palabra para el koinamens en el idioma de los guivernos. Reconozco la palabra para «pensamiento» en gaélico escocés, smuain , y la palabra para «ola del mar» en cannair, swel .

Es bonito.

Veo a Gideon encogiéndose contra la pared mientras Abelio gruñe, desplegando las alas, al tiempo que emite un aullido agudo.

—¡Podemos oírlo, pero no lo entendemos! — le digo —. Encontramos vuestros túneles siguiendo el sonido con la máquina, pero eso es todo. He oído vuestro koinamens y es el sonido más bonito del mundo. Nunca haría nada que...

Cindra suelta un chillido de advertencia y me callo de golpe.

—¿Cuántos humanos pueden oír el smuainswel ?

— Esta es la única máquina — me apresuro a decir —. Pero no puedo usarla, no sé traducir...

—¿Traducir? — replica Cindra, enfurecida, y da un paso hacia mí —. ¿Tú me hablas de traducción?

Atlas se sitúa delante de mí, y extiende los brazos.