Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

La ceremonia de elección de huevos tiene lugar en la Corte del Ámbar, cuando la luz de la luna empieza a reflejarse en las gemas del techo. El habitual color anaranjado envuelve a los guivernos, congregados en torno a un gran fuego central, y entre las llamas veo los huevos, blancos y ovalados.

—¿Por qué crees que los habrán trasladado aquí? — le susurro a Atlas.

—¿Y por qué están dentro del fuego? — pregunta él.

—¡Shhh! — nos reprende Marquis.

Está sentado con las piernas cruzadas detrás de nosotros, al lado de Cindra, que es la imagen de la reverencia y el respeto. Serena, Gideon y Aodahn se unen a nosotros y yo fijo la vista en los huevos, que conservan su brillo azulado pese a estar en contacto directo con las llamas.

Los guivernos presentes agitan ligeramente las alas de impaciencia al ver que Abelio se acerca al fuego y se pone a hablar. Muchas de las palabras de su charla introductoria son nuevas para mí, pero reconozco algunas de las descripciones de la eclosión de los huevos hechas por Cindra en sus textos.

— Para la última fase de incubación, los huevos tienen que estar lo más calientes posible, de modo que los pequeños guivernos puedan desarrollar su llama — nos susurra Aodahn.

—¿Cómo sabe cada guiverno cuál es su huevo? — le susurro yo a él.

Al mismo tiempo, varios guivernos se acercan al fuego en silencio.

Deben de ser las madres. Observo cómo caminan con prudencia, sin ninguna prisa ni muestras de nerviosismo.

Un guiverno macho se une a una de las hembras y se acercan juntos al fuego.

El aire a su alrededor está inmóvil y en silencio, salvo por el crepitar de las llamas.

Cuento los huevos. Hay diez, más que el número de guivernos presentes para recogerlos.

¿Dónde están el resto de padres y madres?

Siento una descarga eléctrica en el aire, y por la cara que ponen los otros sé que ellos también la han sentido.

Aodahn está profundamente concentrado, con la mirada perdida.

Los guivernos observan el montón de huevos, con sus enormes ojos bien abiertos, como si estuvieran rezando alguna oración o pronunciando un hechizo.

De vez en cuando, los huevos tiemblan. Abelio suelta una nueva llama a la base de la hoguera, compuesta de plumas y lana, para avivar el fuego, y luego recupera su posición.

La pareja de guivernos acerca el morro a un huevo envuelto en llamas.

Hacen una pausa, como para asegurarse, y luego se miran mutuamente.

La hembra — creo que se llama Aberdine — coge el huevo con la boca.

«Pero, ¿cómo puedes estar segura de que es el tuyo?

», querría gritarle. ¿Es que la cría se comunica con sus padres desde el interior del huevo con la ecolocalización?

¿Libera algún tipo de feromona que atrae a su madre biológica?

Lo que es imposible es que Aberdine haya distinguido ese huevo de los otros en el nido solo por su aspecto.

Echo la cabeza adelante, fascinada, mientras ella se aparta del fuego con su pareja, y noto que alguien se mueve a mi lado.

—¿Aodahn? — susurra Atlas.

Sorprendida, veo cómo Aodhan rodea el fuego. Se mueve despacio, de huevo en huevo, pegando el morro primero a uno y después a otro, para luego seguir adelante. Los otros observan, impertérritos.

— Pero vive solo, ¿no? — le digo a Atlas —. Pensaba que no tenía pareja.

Aodahn abre las fauces y, con cuidado, coge un huevo.

Camina, orgulloso, hacia nosotros y lo deja delante de mí y de Atlas.

Humea por la base, y detrás del fino cascarón veo la sombra de un movimiento.

Aodahn nos ha dicho que los guivernos lo comparten todo, incluidos los huevos.

Pero no había caído en que podía significar eso, un nido comunitario del que podían coger un huevo aunque no lo hubieran puesto.

Ninguna otra especie de dragones hace algo así.

Veo mi estupefacción reflejada en los ojos de Atlas.

La luz anaranjada se refleja en el cascarón del huevo de Aodahn, y tanto él como el resto de guivernos que nos rodean lo miran con ternura.

Esto es algo más que una ceremonia. Lo que estamos viendo tiene algo de religioso, una espiritualidad que nunca podría poner en palabras.

Al menos no en las palabras que yo conozco.

Los guivernos se están comunicando telepáticamente, viviendo la ceremonia a un nivel que nosotros, humanos, no podremos entender nunca, en un plano inalcanzable para nuestras mentes.

— Aodahn — dice Atlas, en voz baja —. ¿Qué te ha hecho elegir este huevo?

—¿Cómo sabes que es el correcto? — añado yo.

— No lo sé — dice Aodahn —. Simplemente me he limitado a escoger.

Frunzo el ceño.

— Pero te hemos visto pensándotelo — insiste Atlas —. Te has tomado tu tiempo, parándote ante cada huevo.

Los ojos de Aodahn se vuelven grandes como un par de lunas.

— He hecho la elección que había que hacer. Es la elección, la elección de las crías, la elección de comprometerme para el resto de mi vida, eso hace que sea la correcta. — Se acerca el huevo con la garra curva y se lo coloca bajo las plumas del ala —. Eso es lo que la hace mía.

Me parece una respuesta muy profunda, pero veo que Atlas se pone en pie.

—¿Adónde vas?

Es como si no me hubiera oído. Sale de la Corte del Ámbar sin decir palabra.

La ceremonia está llegando a su fin, y yo me quedo con los demás.

Los guivernos están reunidos en pequeños grupos en torno a los huevos, bebiendo vino a la miel mientras contemplan el movimiento de las crías en el interior de los huevos y se miran unos a otros con gestos cómplices.

Los escucho cuando hablan entre ellos, murmurando, e intento descifrar las diferentes conversaciones; cuando hablan en silencio, mentalmente, me quedo mirando y observo lo que dice su lenguaje corporal de lo que se están comunicando.

Tengo la sensación de que he visto algo que no volveré a presenciar, y eso me hace sentir como si pudiera volar.

Aodahn, a mi lado, contempla su huevo, embelesado.

—¿Cuándo eclosionará? — le pregunta Marquis.

Está compartiendo un cigarrillo con Gideon; es el último que le queda. Serena se ha dormido en el suelo, estirada entre los dos, con su tercera copa de vino aún llena.

— La semana que viene, espero — dice Aodahn, lanzando otra llama para calentar el huevo.

Pienso en los fragmentos del texto de Cindra que mencionan la ceremonia de elección de los huevos.

No es de extrañar que no lo haya entendido.

No hay palabras en ningún lenguaje humano que puedan expresar la delicadeza con que se ha acercado cada guiverno al nido en llamas, el sincero sobrecogimiento de Aodahn a la hora de escoger su huevo, como si se hubiera visto iluminado por una fuerza sobrenatural.

Echo una mirada al nuevo padre que tengo al lado.

— Aodahn — le digo —. Si quisiera intentar describir la ceremonia de elección de los huevos en otro idioma, se perdería gran parte de su significado.

— Dirijo la vista hacia Cindra, que está admirando el huevo de Aberdine, y bajo la voz —.

Y lo mismo ocurre con todo el cannair. Hay muchas cosas que en inglés no funcionan.

— Ah, la maldición de la traducción — dice Aodahn, con voz suave.

—¿Maldición? — respondo, sorprendida.

— La traducción traduce, pero no conserva necesariamente.

—¿Qué quieres decir? La traducción es una herramienta para conservar ideas, información.

— Pero no siempre el sentido — matiza Aodahn, sin parpadear —. Y no siempre el idioma del que proceden las ideas.

— A veces se pierde algo de significado — reconozco, asintiendo —. Pero todo acto de traducción requiere sacrificio, ¿no?

—¿Y por qué deberíamos sacrificarnos? — dice Aodahn, agitando la cola —. ¿Para que la lengua de los guivernos pueda caber en los confines limitados del inglés? ¿De, y no lo digo para ofender, una lengua humana, única y limitada?

«Subordinación de las lenguas».

— En la India no hay mucha tradición de traducción — señala Gideon —. Los seres humanos y los dragones simplemente hablan el idioma del otro. El monolingüismo allí es muy infrecuente.

— Pero... la traducción es una vocación noble — alego —. Da voz a ideas que de otro modo quizá podrían perderse...

— Nadie dice que no sea noble, querida. ¿Pero es suficiente?

Tú misma admites que a veces no encuentras las palabras.

¿Qué pasará cuando hayas traducido el cannair...

si es que lo consigues? Tu traducción podría animar a algunos a aprender sobre el cannair, pero la mayoría se contentarían con la versión inglesa de los textos de Cindra — dice Aodahn, que lanza otra pequeña llama a su huevo.

Siento que la cabeza me da vueltas. Y es que tiene razón. ¿De qué vale una traducción si transforma un idioma en otro, pero a la vez provoca la muerte del idioma original?

Pienso en los textos de Cindra, en todas esas páginas acumulando polvo, en esa cuidada selección de palabras y ese ingenio, que se perderán para siempre.

Aodahn me mira y esboza una sonrisa triste.

— Cindra cree que traducir el cannair lo salvará. ¿Pero es que traducir un texto francés para los lectores británicos sirve para mantener vivo el francés? Por supuesto que no. Simplemente reescribe las palabras del autor en inglés.

De pronto recuerdo el libro de cuentos búlgaros de mi infancia, el que no existe ya en su idioma original — ni siquiera en el interior de mi cabeza — porque mamá lo tradujo al inglés para mí.

La traducción no preservó el idioma, su sonido o su ritmo del búlgaro, ni el estilo del autor búlgaro.

Lo convirtió en algo que pudiera entender un lector inglés, cambiando «Petar» por «Peter», «Sofía» por «Londres», los bolgoriths búlgaros por dragones del oeste...

hasta no dejar nada de la historia original.

«La traducción traduce, pero no preserva necesariamente».

—¿Entonces qué sugieres? — pregunto, con más énfasis del que pretendía.