Capítulo 12 #3
Marquis salta de la cornisa en la que estamos a la que hay debajo, y luego sigue descendiendo hasta que llega a un saliente justo por encima de donde está atrapado el pequeño dragón.
Los guivernos siguen volando por encima, pero Marquis consigue agarrar con fuerza la base del ala del pequeño, usando a la vez los dedos de la otra mano para tirar de las piedras que lo aprisionan.
De pronto, el guiverno queda libre. Marquis pierde el contacto y el pequeño cae al oscuro abismo.
—¡Lo ha matado! — exclama Gideon, horrorizado —. Se ha...
La cría de guiverno vuelve a aparecer desde las profundidades de la sima con un destello de azul oscuro, y va junto a sus compañeros mientras Marquis suelta un grito triunfante.
Los seis guivernos se encuentran en el centro de la cueva, volando bajo los haces de luz plateada de la luna, y luego se lanzan hacia una cascada y pasan por detrás, para girar después sobre sí mismos en una pirueta.
—¿Ves cómo se mueven? — murmuro, sin poder apartar la vista de su victoriosa coreografía —. Están perfectamente sincronizados.
— Como pájaros — añade Gideon.
— Como golondrinas — respondo —. ¿Pero cómo pueden estar tan coordinados entre sí, si no son familia, ni tienen vínculos comunes?
— Guarda eso — advierte Serena, al ver que los guivernos echan a volar hacia nosotros —. Ya vuelven.
Atlas oculta la máquina tras la espalda justo en el momento en que los guivernos aterrizan en nuestra cornisa.
Marquis tarda un poco más en trepar hasta nuestra posición, y Cindra no aparta la mirada de él hasta que no vuelve a estar con nosotros.
Los guivernos están amontonados junto al borde, con las largas colas entrelazadas, pero dejan un hueco cuando Marquis apoya la mano en la base del saliente rocoso y Gideon tira de él para ayudarlo a subir.
Se deja caer de rodillas, jadeante, y flexiona los dedos.
Se ha cortado al trepar y los tiene manchados de sangre.
— Nos has hecho un gran favor, Marquis, sanador de guivernos — dice Cindra en cannair.
Mira a Aodahn con impaciencia, y él enseguida traduce.
— Tendrás el honor de asistir a nuestra ceremonia de elección de huevos — añade Cindra.
Marquis baja la cabeza en un gesto de agradecimiento.
— Gracias — responde, en un torpe cannair.
Del pecho de Cindra sale un murmullo grave y constato que es una señal de placer.
Marquis se aparta el cabello de la sudada frente y se va con Dòmhnall a inspeccionar el ala de la cría de guiverno.
Pongo los ojos en blanco. Cómo no, se ha ganado la aceptación de Cindra con una acción temeraria.
Si no admirara su audacia, tendría celos de él.
—¿Qué es la ceremonia de elección de huevos? — le pregunta Gideon a Aodahn mientras regresamos por los túneles, dejando que Marquis atienda al pequeño guiverno.
— La más sagrada de nuestras prácticas — responde Aodahn.
— He visto los huevos — digo yo —. En ese nido gigante...
— El criadero — confirma él, asintiendo.
—¿Por qué los tenéis a todos juntos, en lugar de en nidos individuales, con sus progenitores?
— Los guivernos de las Hébridas lo compartimos todo, incluidas nuestras crías.
Pienso en los guivernos del criadero, que iban dándoles la vuelta a los huevos y calentándolos con sus llamas.
— Los huevos necesitan unas condiciones específicas para crecer — comento —. ¿No sería más fácil en superficie, en vuestro hábitat natural?
— Es cierto que hoy en día sobreviven menos huevos — reconoce —, pero para criar a nuestros huevos en la superficie tendríamos que exponernos, y Abelio...
Cindra pasa a nuestro lado, arrastrando su larga cola, en silencio. Me mira y veo en ella algo que, curiosamente, me recuerda a Hollingsworth. Es una mezcla de expectativa e intimidación y..., sí, también esperanza.
Empiezo a vivir y a respirar en cannair, sumergida como estoy en los escritos de Cindra, pero los otros están cada vez más nerviosos.
— Los guivernos me han estado haciendo todo tipo de preguntas sobre la guerra — dice Atlas —. Ayer Abelio los oyó, y me clausuró la clase.
— La mía también — admite Serena —. Dice que ya les he enseñado prácticas humanas suficientes para toda una vida.
— Mirad... — propone Gideon —. ¿Por qué no lo dejamos? No hemos encontrado la información que quería Hollingsworth, así que podríamos admitir la derrota y dejar de perder el tiempo haciendo el bobo aquí abajo cuando podríamos estar ganando una guerra ahí arriba.
— No — respondo —. Cindra me ha pedido que traduzca el cannair y es lo que estoy haciendo. Quizá descubra lo que quiere saber Hollingsworth en los escritos de Cindra. Y si no, al menos tendremos a los guivernos de nuestro lado.
— Pues sí que va a marcar la diferencia, contar con un grupo de guivernos expertos en hilar la lana — replica Gideon.
— Gideon tiene razón — añade Serena —. No tenemos ni idea de cómo va la guerra. Aquí apenas tengo señal de radio. Quién sabe, los rebeldes podrían...
— La ceremonia de elección de huevos es dentro de unos días — la interrumpe Marquis —. Quedémonos hasta entonces. — Me mira —. Eso te dará tiempo para traducir una cantidad suficiente del cannair de Cindra, ¿no? Y, como dices, quizá descubras algo en esos textos.
Asiento, agradecida, pero evito mirarlo a los ojos.
No me atrevo a contarle la verdad: que, en parte, ya sé que traducir el cannair es una tarea ingrata.
Al trasladar todos aquellos conceptos al inglés, el resultado es un lenguaje repetitivo y monótono, carente de la melodía y del sentido profundo de su habla.
Pero Cindra tiene que verme intentándolo.
¿Puede ser que existan idiomas en los que puedes tener pensamientos más profundos?
¿Idiomas que te permiten pensar en las cosas de un modo diferente, porque tienen más palabras, más significados para ideas que no existen en otras lenguas? Si es así, el cannair es uno de ellos.
No voy a la Comida del Crepúsculo: prefiero quedarme con mis estudios.
Saco la foto de Ursa y recorro el contorno de su carita con el dedo.
¿Qué será de ella si los guivernos no nos ayudan y perdemos esta guerra?
Me sobresalto al oír pasos: es Atlas, que entra en la cueva.
Se sienta a mi lado, y mete los pies bajo mi manta de lana.
— Se supone que tenías que estar en la Comida del Crepúsculo — le suelto —. No me digas que de pronto vuelves a tener tiempo para mí... ¿Es porque Abelio ha cancelado tus clases?
— Tienes razón — dice, con voz suave —. He estado distraído. Lo siento.