Capítulo 12 #2
Me paso el resto del día concentrada en los escritos de Cindra mientras espero que los demás acaben con sus actividades.
Las páginas son demasiado grandes como para que pueda llevármelas de un lado al otro, así que ella misma las deja en nuestra cueva.
Contienen unas descripciones mucho más complejas de las actividades de los guivernos que las que registró Clawtail en su diario.
Cindra dedica cien páginas al abatanado de la lana, aportando una gran cantidad de información que no entiendo.
Una sección describe la primera salida de caza de un guiverno joven.
Los guivernos tienen palabras para describir cosas que sencillamente no existen en inglés, como esa sensación que les provoca el roce del viento sobre las plumas terciarias de un ala, o una expresión que hace referencia a la localización de la presa en el aire que, traducida literalmente, es como «percibir el sabor de un pulso tras una nube».
Cuando le pido a Aodahn que me explique algunos términos, le falta el vocabulario necesario en inglés para traducir lo que significan exactamente.
— Tengo que hablar con vosotros — les digo a los demás esa noche, cuando los veo entrar en la cueva dormitorio con caras de agotamiento.
— Ahora no puedo parar — responde Marquis, a toda prisa —. Tengo que asistir a una clase de vuelo.
Suspiro.
— Entonces iremos contigo.
Mientras seguimos a Marquis por los túneles, les cuento lo que me ha propuesto Cindra.
— Si no podemos descubrir qué es exactamente lo que Hollingsworth cree que hace tan especiales a los guivernos, esto sería una buena alternativa. Al menos, si Cindra consigue convencer a Abelio para que deje que los guivernos luchen con los rebeldes, habremos conseguido algo.
— Pero, ¿cómo vas a traducir todo un idioma? — exclama Serena.
— Empezaré con algunas traducciones básicas.
Con un poco de tiempo contaremos con suficiente cantidad de vocabulario cannair como para que pueda ser reconocido oficialmente, pero mientras tanto Cindra les pedirá a los guivernos que se alíen con los rebeldes, y ganaremos esta guerra — añado, algo emocionada —.
El inglés es el idioma que dicta la narrativa del mundo.
Los idiomas más desconocidos casi nunca pueden aportar su perspectiva.
Traducir cannair sería darles a los guivernos la oportunidad de aportar su punto de vista.
Muchos traductores no tienen una oportunidad como esta en toda su carrera profesional.
— Pero eso no nos facilitará descubrir cómo se supone que tienen que ayudarnos los guivernos a ganar esta guerra — replica Atlas, brusco.
Serena levanta una ceja y yo decido pararme.
— Se lo he preguntado directamente a Aodahn, Atlas. No sabía de qué le estaba hablando.
—¿Y si mienten? — dice Atlas, con las mejillas sonrosadas —. ¿Y si saben cómo ayudarnos, pero no quieren?
— Traduciendo el cannair podríamos conseguir convencerlos para que lo hicieran — replico.
Él no contesta y, una vez más, me duele. ¿Qué le pasa últimamente?
— Creo que esta es la cueva de vuelo — anuncia Marquis.
Cuando entramos en la caverna en penumbra, la que Aodahn llama Cumbres Borrascosas, nos encontramos en una estrecha cornisa.
Pego la espalda a la pared de piedra para no caerme por el despeñadero justo ahora que parece que vamos a hacer algún progreso.
Ante nosotros se abre un espacio enorme, una sima sin fondo bajo un techo tan alto que me hace suponer que debemos de estar justo bajo una colina.
Hay salientes y posaderos en las alturas, y largas enredaderas trepando por las oscuras paredes.
La única luz es la de la luna, que se cuela por unos huecos en la roca, creando un ambiente fantasmagórico.
Aquí no hay hogueras, así que hace frío. Oigo agua fluyendo por debajo, y el borboteo se mezcla con el ruido del batir de las alas.
—¿Cómo pueden aprender a volar a oscuras? — exclama Gideon.
— Los guivernos tenemos una vista excelente, especialmente de noche — responde Aodahn.
No había visto que estaba en el otro extremo de la cornisa, observando a Cindra y a otro guiverno, que llevan a un grupo de crías por otro saliente que se adentra en el enorme abismo.
— Pues eso es más de lo que se puede decir de los bolgoriths — comenta Marquis, guiñándome un ojo.
Tiene razón. Esa es una ventaja que tienen los guivernos con respecto a nuestros enemigos. Pero es la única que se me ocurre.
—¿Pero por qué has venido a una clase de vuelo? — le susurro a Marquis.
Él señala al guiverno azul plateado que está con Cindra, tan mayor que le faltan la mitad de las escamas.
— Se supone que estoy aprendiendo de Dòmhnall — dice él —. Durante las clases de vuelo siempre tiene que haber un sanador, por si se produce un accidente.
Al otro lado de la cueva, Cindra, Dòmhnall y tres crías de guiverno se acercan al borde del saliente.
Agitan las alas, mirándola a ella en busca de instrucciones, y al hacerlo sus alas de un blanco azulado brillan en la oscuridad.
Cindra echa la cabeza atrás y la veo agitar la cola en un gesto de autoridad.
Sé que está hablando con las crías usando la ecolocalización, y aun así me sorprendo.
Es evidente que volar es complicado, y requerirá instrucciones detalladas, una serie de llamadas de ecolocalización más complejas, para las que hará falta un vínculo estrecho, ¿no?
Por lo que yo sé, ninguno de estos pequeños forma parte de la familia de Cindra.
Así pues, ¿cómo es que saben cuándo tienen que levantar el ala izquierda, o extender la punta de las plumas para equilibrarse como veo que hacen ahora, cuando todas estas instrucciones se las da en silencio una profesora que no creo que comparta un estrecho vínculo con ellos?
—¿Son habituales los accidentes? — oigo que le pregunta Marquis a Aodahn, en cuanto empieza el vuelo.
— No — responde Aodahn–. Pero se han vuelto más frecuentes últimamente. Nuestras crías no tienen la fuerza que tenían antes. Abelio cree que es porque escasea más la comida, con la llegada de los dragones búlgaros, pero...
No acaba la frase. En lugar de eso junta las garras, dándose golpecitos en las puntas.
— Yo conozco a una dragona que se pasó años encerrada en una biblioteca — digo, en voz baja —. Casi no veía la luz del sol, y era evidente por el color de sus escamas...
—¿Una biblioteca? — reacciona Aodahn, con interés —. Me gustaría mucho...
Un potente chillido lo interrumpe.
Veo que Marquis cae de rodillas y se asoma al borde de la cornisa para mirar algo.
Sigo la dirección de su mirada y veo a una de las crías: se le ha quedado atrapada un ala en el hueco entre dos rocas por el que ha intentado pasar.
Cindra emprende el vuelo para examinar la situación, agitando las alas con fuerza pero incapaz de mantenerse flotando en el mismo sitio mucho rato.
Sobrevuela el lugar en círculos, y luego vuelve a lanzarse en picado, como un pájaro desesperado intentado llegar a un polluelo caído.
— Debemos ayudarlos — dice Aodahn.
Alza el vuelo, seguido de inmediato por Dòmhnall. Nosotros nos quedamos mirando, y los vemos llegar a la altura de Cindra, mientras las otras dos crías aterrizan de nuevo, soltando humo negro por las fauces.
— Si los dragones se pueden curar unos a otros con el koinamens — le digo a Marquis en voz baja —, ¿para qué necesitan sanadores los guivernos?
— En la cueva farmacia tienen una hierba prácticamente para todo — me cuenta Marquis —. El koinamens cura las heridas, pero no creo que sirva de nada para las enfermedades.
Me quedo observando a los guivernos adultos, que intentan desencajar de la roca a la cría desesperada, y Atlas aparece a mi lado. Lleva la máquina locuisonus en las manos.
—¿Para qué es esto? — preguntó con frialdad, aún molesta por su comportamiento en la Corte del Ámbar.
— Creo que deberías escucharlo — dice, con un gesto de súplica en los ojos —. A ver si entiendes algo.
Mientras contemplo la escena, agitada, recuerdo la sugerencia que me hizo la otra vez: «Podrías escuchar para saber qué se dicen entre ellos».
— Muy bien — respondo, en voz baja —. Solo para ver cómo suena.
Dejo la locuisonus en el suelo, me pongo los auriculares y giro los mandos ante la mirada de Serena y Gideon. Encuentro la frecuencia casi de inmediato. Los oídos se me llenan de las mismas notas melodiosas que oí cuando estábamos buscando los túneles de los guivernos.
— Es como... como un susurro.
Atlas tiende la mano, pidiendo los auriculares. Cuando se los pone, abre los ojos como platos.
— Como una música susurrada — dice —. ¿Eso es normal?
— Todas las llamadas de ecolocalización de dragones que he oído hasta ahora suenan un poco como el canto de los pájaros, o al menos las llamadas sociales. Pero ninguna se parece a esto.
Le pasa los auriculares a Gideon, que escucha y luego me los devuelve.
Me quedo mirando a Aodahn, Cindra y Dòmhnall, y luego a las otras dos crías de guiverno, cuyas llamadas suenan más fuerte.
Todos los sonidos reverberan a ritmos diferentes, como un coro de murmullos, aunque todos se combinan igual que en una orquesta.
— Creo que necesitan ayuda — dice Marquis.
Los quejidos de la cría se vuelven cada vez más desesperados y, al mismo tiempo, las llamadas de ecolocalización que oigo son cada vez más erráticas. El pequeño está colgado de la roca por el ala y Cindra suelta un rugido de frustración mientras intenta soltarlo con la boca.
— No lo conseguirá — dice Marquis, mirando hacia allá —. La cría está atrapada.
Estoy a punto de responder cuando veo que se quita la chaqueta.
—¿Adónde vas?
— A enseñarle a un dragón a volar.