Capítulo 12
Los guivernos están en una constante actividad creativa.
Leen montones de libros en inglés y gaélico, esculpen con sus curvadas garras y dibujan con grandes lápices hechos con corteza de árbol tallada.
Duermen acurrucados en grandes grupos, juntando sus escamas calientes, pero de noche también salen a cazar, y a veces veo a unos cuantos que traen frailecillos, peces o hasta una oveja entera.
La caza es el único motivo por el que salen de los túneles.
Ahora que ya he acabado mi demostración sobre la locuisonus voy de un lado a otro sin un objetivo claro, pero los demás están mucho más solicitados: Serena por su habilidad para bordar bonitos motivos o dibujar escenas de su pasado en el Londres de la primera clase y Atlas por sus explicaciones sobre el Acuerdo de Paz, la vida de los dragones en Londres y la Ley Babel.
Marquis casi nunca sale de las cuevas de curación, a las que los demás tenemos prohibido entrar.
Estoy aburridísima, y solo puedo ayudar a Gideon y Aodahn con sus listados de verbos franceses y adjetivos alemanes, y a Atlas con sus charlas.
— Recuérdame qué artículos de la Ley Babel se instauraron mientras estabas en Londres con Chumana — me dice.
Estamos repasando sus notas en una Corte del Ámbar prácticamente vacía y la luz del sol se refleja en las piedras anaranjadas sobre nuestras cabezas, emitiendo unos reflejos dorados irregulares.
— El último del que tuve noticia fue la introducción del slavidraneishá como lengua dracónica nacional de Britania — respondo.
Él asiente, y veo el brillo de la cálida luz en su piel oscura. Está serio, concentrado en el trabajo, y cuando alarga la mano para coger la pluma que yo sujeto, me inclino hacia delante para darle un beso.
Se echa atrás.
—¿Qué pasa? — pregunto, dolida por el rechazo.
— Nada — dice, sin apartar la vista del papel —. Es solo que intento concentrarme.
Siento que se me encoge el corazón.
—¿Es porque no estoy de acuerdo con tu plan de escuchar las llamadas de ecolocalización de los guivernos?
— Por supuesto que no — responde él, aunque sigue sin mirarme.
—¡Últimamente te has estado comportando como un niño mimado! — exploto, furiosa —. Al menos reconócelo.
Atlas no responde.
«¿Es que esa misión secreta tuya te tiene preocupado?
», querría decirle. Estoy rabiosa, pero también ansiosa por sentir su contacto, una mano en mi espalda, un susurro junto al oído, cualquier señal de que no hay sentimientos negativos entre los dos.
Pero en el último par de días apenas me ha mirado, y anoche no vino a nuestra cueva hasta que yo me dormí.
Me pregunto si sabe que le he leído el diario.
Paseo la mirada por la cueva, buscando desesperadamente el modo de mostrarle que tengo algo mejor que hacer, lo que sea.
Cindra está de pie bajo uno de los tapices de la memoria, mirándome.
Es la tercera vez que la pillo mirando, con la cola enroscada en torno a los libros que tiene a los pies, chasqueando las garras...
¿por los nervios? ¿De impaciencia? Vuelvo a mirar a Atlas, pero está ocupado garabateando algo en la página.
— Si no tienes otra cosa que hacer — dice, sin levantar la vista —, ¿podrías echar un vistazo a mis notas sobre los puntos débiles de los bolgoriths en la batalla? Hay un párrafo sobre sus vínculos familiares que habría que editar.
El aburrimiento y la sensación de inutilidad van fermentando en mi interior hasta explotar.
— No soy tu secretaria — le espeto.
Me pongo en pie y cruzo la cueva para ir con Cindra.
— Cindra — le digo, forzando una sonrisa —. ¿Hay algo que quieras de mí?
Oigo un clic procedente de su pecho y me espero una explosión de rabia, pero en lugar de eso asiente. Mira hacia la entrada, y luego me mira otra vez.
— Pero aquí no — dice. Señala el pasaje de la izquierda, que pasa junto a nuestra cueva dormitorio y junto a la entrada del estanque.
Me giro a mirar a Atlas, que no ha levantado la vista, y luego sigo a Cindra y salgo de la Corte del Ámbar.
En silencio, pasamos junto a varias cámaras con guivernos dentro y oigo el ruido de agua corriente.
Cindra no habla hasta que llegamos a una pequeña cascada que cae de algún punto elevado, entre las rocas.
El ruido resuena con tal fuerza que apenas la oigo al hablar.
—¿Cindra? — le digo en cannair —. ¿Va todo bien?
— No, Vivien Featherswallow — me responde, en inglés —. No va todo bien.
Doy un paso atrás, atónita.
—¿Hablas inglés?
— Sí — me responde, siseando —. Pero Abelio no debe saberlo.
—¿Por qué?
Chasquea la lengua.
— Porque cree que el idioma de los humanos, y todo lo que este representa, contaminará el cannair, y el modo de vida de los guivernos, y que nos acabará exponiendo al mundo exterior.
Pienso en los nombres en inglés que les ha puesto Aodahn a las diferentes cuevas de los guivernos.
—¿Entonces tú no estás de acuerdo? — pregunto, con delicadeza —. ¿Con lo de vivir bajo tierra?
— Abelio lamenta que los guivernos tengamos tanto interés por los humanos y sostiene que todo empezó cuando Clawtail se mezcló con nosotros. Pero se equivoca. Fue cuando él nos obligó a apartarnos del resto del mundo cuando empezamos a echar de menos la forma de vida de los humanos — gruñe.
—¿Entonces los guivernos no siempre han hecho arte? ¿Qué hay entonces de vuestros tapices, de vuestras telas de lana?
— Los guivernos siempre se han rodeado de comodidades, de creatividad y de ceremonia.
Son cosas que hacemos de forma natural, igual que las abejas construyen panales.
Pero desde que vivimos bajo tierra, sin poder surcar los cielos salvo cuando salimos a cazar, nuestras mentes ya no echan a volar.
Nuestras almas se sienten reprimidas. Nuestra expresión artística ha cambiado.
También podemos tejer bajo tierra, pero soplar vidrio, lanzar llamas, tejer nubes...
, todo eso lo hemos perdido. — Cindra echa una mirada al pasillo vacío a sus espaldas —.
De modo que hemos encontrado consuelo en otras actividades, como el consumo de literatura humana.
Por eso esculpimos figuras humanas, escribimos sobre los humanos, hablamos como los humanos.
Un pájaro acabará imitando el canto de las personas si lo tienes enjaulado mucho tiempo.
Abelio tiene buena intención, pero se equivoca.
Sé que busca preservar nuestras tradiciones y nuestro idioma, pero no se da cuenta de que es precisamente compartirlos lo que los mantendría vivos.
— Si dejarais de esconderos, el resto de dragones y los humanos presenciarían el abatanado de la lana, verían los tapices de la memoria, os oirían hablar cannair.
Cindra asiente.
— Algunos de nosotros, los que ya estábamos aquí antes de la llegada de Clawtail, también hablamos otros idiomas. No somos todos monolingües.
—¡Tú eres quien le pidió a Clawtail que tradujera el cannair!
— Sí — responde, con un brillo en los ojos —.
Y ahora te pido que sigas con el legado de Patrick, traduciendo el cannair al inglés para que pueda ser reconocido por tu academia como idioma dracónico.
— Hace una pausa —. Tal como están las cosas, si los guivernos de las Hébridas pereciéramos, el cannair moriría con nosotros.
— Cindra — respondo, con voz suave —. Documentar un nuevo idioma me llevaría años.
— No hace falta que lo documentes por completo. Al menos de momento.
Agita la cola y se acerca a un pequeño nicho en la pared, del que saca un montón de papeles cubiertos con finas líneas de texto escritas en cannair usando una garra mojada en tinta.
— Mis apuntes sobre los guivernos de las Hébridas — dice —.
Nuestra historia, nuestras tradiciones, nuestro idioma.
Patrick no contaba con esto. No tendrás que empezar de cero, como hizo él.
Si puedes traducir aunque sea una pequeña parte de mis escritos, servirá para documentar y registrar el idioma en inglés, así como el modo de vida de los guivernos. Eso lo aceptaría tu academia, ¿no?
Vacilo. Es cierto que la Academia solo exige una pequeña muestra de traducción para otorgar a un idioma lo que llaman «estatus oficial provisional».
— Y a cambio los guivernos lucharán en vuestra guerra.
El corazón me da un brinco. Estoy cerca de llegar a la información que buscaba Hollingsworth, estoy segura.
— Luchar... ¿cómo, exactamente?
Cindra agita la cola a tal velocidad que casi no la veo, hasta que golpea en la piedra de la pared por encima de mi cabeza y hace caer una lluvia de esquirlas. Me cubro la cabeza con las manos y ella resopla.
— Tú no te preocupes por las habilidades de los guivernos en la batalla. Te aseguro que son más que satisfactorias.
— No es eso lo que quería decir. Me han dicho que tenéis alguna ventaja sobre los otros dragones. Algo que os hace diferentes.
Entorna los ojos, y de pronto le veo una mirada felina.
— Tú traduce el cannair y quizá acabes descubriéndolo por ti misma.