Capítulo 11 #3
En la cueva hace mucho calor, así que me quito el suéter.
Quizá deberíamos dar por acabada esta misión, volver con los rebeldes de Eigg y hacer llegar a Hollingsworth la noticia de que tendremos que ganar esta guerra sin contar con los guivernos.
Intento imaginarme la cara que pondrá cuando le diga que he fracasado, y se me pone el vello de punta.
¿Tendrá un plan B? Levanto la vista y veo entrar a Atlas, que se guarda el cuaderno en el bolsillo de la chaqueta.
Sonríe.
—¿Has encontrado algún túnel, niña de la máquina dorada?
— No — respondo, poniendo los ojos en blanco —. Pero Abelio no quiere ni oír hablar del gobierno, ni de luchar por acabar con él. No ve la hora de que nos vayamos.
Atlas asiente.
— Los guivernos que asisten a mis clases sobre el Acuerdo de Paz y la rebelión parecen nerviosos por el simple hecho de estar ahí. A todos les intrigan las relaciones humanos-dragones, pero Abelio es todo lo contrario.
— Al menos tú estás haciendo algo. Mi presencia aquí no sirve de nada, y se suponía que era yo la que tenía que usar el cannair para convencer a los guivernos de que se unieran a los rebeldes.
La mitad del tiempo no entiendo siquiera lo que dicen — le digo, sin poder disimular mi amargura —.
Y ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que apenas he escarbado en la superficie del idioma.
Quizá debiéramos irnos. Podría volver con Hollingsworth y...
—¿Y si usamos la locuisonus? — propone Atlas, con la mirada fija en la golondrina de madera que me cuelga del cuello.
Frunzo el ceño.
—¿Para qué?
— Ya conoces lo básico de la ecolocalización. Tardarías mucho menos en aprender el koinamens de los guivernos que en adquirir fluidez en cannair. En realidad ya lo has hecho antes, ¿no?
Viendo que no respondo, sigue adelante:
— Podrías escuchar para saber qué se dicen entre ellos. Y quizá, a partir de eso, podrías descubrir cómo pueden ayudarnos.
— Eso sería espiar — respondo, meneando la cabeza —. Y el koinamens es...
— Sagrado, ya lo sé. Pero estamos hablando de la guerra. Y no les haríamos ningún daño. Cuando salgamos de aquí con ellos, destruiremos la máquina, como hicimos con las otras dos. Nadie más podrá volver a escuchar las llamadas de ecolocalización.
Me quedo pensando, indecisa.
— Hace unos meses no se te habría ocurrido sugerir algo así.
Atlas encoge los hombros, dejando caer la chaqueta.
Parece preocupado. Pero recuerdo perfectamente lo que me dijo Chumana en Bletchley Park: que el koinamens es un idioma sagrado que se vuelve más complejo según el vínculo entre los dragones, compuesto de unas emociones tan intensas que puede promover el crecimiento de las crías en el interior de los huevos.
Si mi trabajo en el invernadero me ha enseñado algo, es que el koinamens no es algo con lo que se pueda jugar. Niego con la cabeza.
— No sé en qué estaba pensando. O en qué estaba pensando Hollingsworth.
Se tardan años en aprender un nuevo idioma, y mucho más en poder usarlo para comunicar de manera efectiva.
Esto es una tarea imposible. Casi tan imposible como comprender el significado más profundo de las llamadas de ecolocalización.
— Pero...
— No, Atlas. — Me lo quedo mirando hasta que me mira él a mí —. Tú sabes que el koinamens es más que una serie de sonidos audibles. No podría sacarle ningún provecho ni aunque quisiera, porque no soy una dragona. Y si alguien te ha dicho lo contrario...
Atlas se pone de pie de golpe, y la chaqueta se le cae al suelo.
— Nadie me ha dicho lo contrario — replica —. No soy tonto.
Me lo quedo mirando, atónita.
— No he dicho que lo fueras.
— Nos vemos en la Comida del Crepúsculo.
Me quedo mirando cómo sale de la cueva sin mirar atrás, y siento que me arden las mejillas de la humillación.
No es propio de Atlas enfurruñarse así. La vista se me va a la chaqueta que hay en el suelo, a la libreta que sobresale del bolsillo.
La saco del todo. Está encuadernada en cuero veteado, y tiene un pequeño lápiz sujeto con una goma elástica.
La abro. Por las fechas que veo escritas tengo claro que es un diario.
Una mirada rápida podría ayudarme a entender qué es lo que le pasa por la cabeza.
Las páginas están llenas de texto, escrito con la caligrafía pequeña y desordenada de Atlas, y al verla recuerdo un tiempo en que intercambiábamos notas en secreto. Leo la última frase que ha escrito y se me hiela el corazón.
Esta misión es pecado .
Me invade una sensación inquietante. ¿A qué misión se refiere? ¿A encontrar a los guivernos? ¿Por qué iba a ser eso un pecado?
Con el corazón desbocado, voy pasando páginas.
Lo que me piden va en contra de mis instintos más profundos. Y aun así sé que arrojará frutos. Si me niego, o si fracaso ... no quiero ni pensar en las consecuencias.
Oigo pasos en el pasillo y reacciono de golpe: cierro el diario y vuelvo a meterlo en el bolsillo de la chaqueta de Atlas, al que le falta un pedazo de forro verde.
Atlas acaba de intentar convencerme de que no deje a los guivernos, así que no puede ser esa la misión a la que se refiere.
Siento un miedo que me recorre todo el cuerpo.
¿Es que le han asignado otra misión? Y si es así, ¿por qué la mantiene en secreto?