Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Reconozco la palabra para «telar». Aparece al menos una docena de veces en el diario de Clawtail. Observo a Serena, pero no consigo leerle los ojos. ¿Será capaz de mojarse las manos en orina en nombre de las «artes femeninas»?

—¿Dónde están los telares? — le pregunto a Abelio.

— En la cámara de tejido.

«Por supuesto».

— La tela de lana — digo —. Conserva vuestros recuerdos, ¿verdad? Y la usáis para hacer alfombras y...

Los suaves murmullos se convierten en un coro de voces graves unido en un cántico misterioso.

Serena presiona las manos contra la tela de lana mientras yo intento comprender lo que dice el canto, pero no reconozco ninguna palabra.

El rítmico golpeteo sobre la mesa, acompañado de esa melodía lastimera, crea un efecto casi hipnótico.

— El abatanado de la tela tiene muchos objetivos, pero uno de ellos es el de contar historias y expresar emociones. Es una tradición que antaño guivernos y humanos realizaban juntos, un modo de comunicar.

—¿Los humanos de Canna hablaban cannair?

— Se dice que hace siglos sí, pero desde que yo tengo uso de razón no, por supuesto.

—¿Qué dicen? — pregunto, con la mirada puesta en Cindra y los otros guivernos.

Abelio intenta explicármelo, pero no entiendo las palabras que usa, así que me quedo mirándolos, intrigada. Es una cosa rara, poder entenderle solo cuando usa las estructuras gramaticales y el vocabulario más sencillo, que es lo que recuerdo del diario.

— Es la historia de un guiverno que tenía un brotnacroí .

Entiendo parte de la palabra —  croí , que significa corazón —, pero no el resto.

¿Un gran corazón? ¿El corazón roto? Solo puedo hacer cábalas, así que me concentro en escuchar, ya más tranquila ahora que ya se ha acabado la primera demostración del falso detector de túneles.

Mientras oigo cómo resuenan los cánticos por los túneles, casi se me olvida que Abelio y los otros guivernos están ahí.

La belleza de aquellas palabras cantadas era algo que no podía imaginarme cuando estudiaba cannair en la oficina de Hollingsworth, con el diario como única referencia.

Estudiar este idioma sobre el papel era como caminar a tientas en la oscuridad; las notas de Clawtail me han revelado solo un destello, una muestra de una luz mucho más intensa y potente.

Y sin embargo aún siento que voy a ciegas.

Cuando acaba aquello, voy en busca de Aodahn, y lo encuentro trabajando con Gideon.

— No — oigo que dice Gideon, cuando entro en la cueva —. En francés, la ene de dragón es muda.

Aodahn vuelve a intentar pronunciarlo.

— Mejor — dice Gideon.

La cueva de Aodahn es más pequeña que la que ocupamos nosotros, y por el suelo hay tantos libros tirados que no sé dónde ponerme.

Las paredes están pintadas con los colores del arcoíris y hay estanterías de madera con todo tipo de cosas: piedras de colores, conchas, una punta de flecha y unas gafas de lectura.

Aodahn nos indica con un gesto que nos sentemos en torno al fuego, en el centro de la estancia.

—¿Lleváis toda la mañana con esto? — le pregunto a Gideon.

Él asiente en el momento en que Aodahn se va a la otra punta de la estancia a recoger un montón de papeles, y luego baja la voz:

— Creo que va a volverme loco.

— Gideon, hablante de idiomas, es un gran maestro — exclama Aodahn —. ¡Mira todas las palabras que me ha enseñado!

Señala una lista de vocabulario y observo que aún le gotea tinta de la punta de la larga garra.

— Aodahn, ¿quieres ayudarme con una cosa? — le pregunto, y Gideon me mira, aliviado y agradecido —. La palabra brotnacroí . ¿Qué significa?

Aodahn se queda pensando un momento.

— Es como... cuando se te parte el corazón, pero más fuerte.

Es algo irremediable, un corazón que no solo se ha partido, sino que se ha roto para siempre — dice, y suelta un gemidito que me hace dar un brinco —.

Es como Gideon, hablante de idiomas, me ha enseñado que ocurre con la palabra francesa adieu!

No solo significa adiós, sino que es un adiós para siempre. Una despedida definitiva.

Asiento. Explicado de ese modo, tiene sentido.

He descifrado una palabra que no aparece siquiera en el diario de Clawtail, y siento una sensación que me transporta de nuevo al invernadero.

Casi puedo oler el fresco aroma cítrico de las plantas de la doctora Seymour a mi alrededor.

Es la sensación no solo de traducir un idioma, sino de descifrarlo por primera vez.

Cuando vuelvo a mirar a Aodahn, veo que le brillan los ojos.

— Patrick Clawtail mostraba el mismo entusiasmo que tú por el cannair, Vivien Featherswallow. Pero eso solo nos acercó aún más a nuestra despedida definitiva.

Aodahn remueve el caldero apoyado en el fuego con una cuchara de madera tan larga como mi brazo. Luego sirve el líquido en tres vasos de arcilla tan grandes que tengo que agarrar el mío con dos manos. Es un caldo caliente y sabroso, que me envuelve la lengua y me calienta el cuerpo.

— Abelio habla como si estuviera cerrado a cualquier tipo de interacción con los humanos, pero eso no puede ser cierto, si dejó que Clawtail aprendiera cannair con la intención de fomentar su conocimiento, ¿no?

— Abelio ha cambiado desde la muerte de Patrick. Ahora su prioridad es proteger el cannair de las influencias exteriores, conservar su esencia y su pureza.

— Ningún idioma es puro — objeto —. Es un ente vivo, que va cambiando a través del uso de sus hablantes y del contacto con otras lenguas. Si Patrick hubiera tenido la ocasión de compartir el cannair con otros humanos, habría transmitido pequeños errores de pronunciación. Es inevitable.

Aodahn hunde el morro en su vaso y sorbe el caldo.

— Patrick llegó a dominar el cannair casi a la perfección. Y su pequeña lo hablaba como si hubiera nacido entre los guivernos de las Hébridas.

— Pero nunca acabó de traducirlo. He visto el diario. Dejó de registrar y documentar las voces del idioma dos años después de su llegada aquí.

Aodahn deja su vaso, y los ojos vuelven a brillarle.

— El cannair es un idioma complejo, querida.

— Conocías bien a Clawtail — digo, bajando la voz —. ¿Quizá mejor de lo que pensamos?

Con movimientos lentos, Aodahn se acerca a un estante.

— Esto es todo lo que me queda de Patrick — dice, abriendo un paquetito de tela y acercándolo al fuego.

Gideon y yo nos acercamos para ver mejor un anillo de oro, con un trozo de hilo amarillo atado. En comparación con las garras de Aodahn es minúsculo.

—¿Una alianza de boda? — pregunta Gideon.

Aodahn asiente.

— Antes de enterrar a nuestros muertos, los envolvemos en tela de lana, para conservar su recuerdo.

Pero no llegamos a encontrar el cuerpo de Patrick, así que esto es lo único que pude hacer.

— Suspira, y le sale una bocanada de humo negro de los orificios nasales —. La otra la tendrá su mujer, supongo.

Pienso en el diario de Clawtail, y recuerdo la cuidada caligrafía. Cuando estaba en Londres no era más que un pedazo de historia, un personaje sin rostro desconocido para todo el mundo salvo para Hollingsworth y para mí. Pero ahora es también el amigo de Aodahn.

— Te acompaño en el sentimiento — le digo.

Aodahn vuelve a colocar el anillo en el estante y de pronto sé que tengo que aprovechar el momento para que me diga lo que sabe.

— Algunos humanos afirman que los guivernos de las Hébridas podrían ayudarlos a ganar la guerra contra el gobierno — le digo, midiendo las palabras —. El gobierno que mató a Patrick. ¿Tú sabes por qué dicen eso?

Aodahn parpadea, confuso.

— Si tienen armas como las que tenían antes, somos demasiado pocos como para soportar un ataque. — Gideon y yo nos miramos, y Aodahn menea la cabeza —. Me temo que los humanos se equivocan. Los guivernos no podrían ayudaros, ni con los dientes ni con las garras.

En nuestra cueva reina el silencio ahora que los demás están ocupados con los guivernos.

Atlas está enseñándoles cómo influyó la industria dracónica de la metalurgia en el movimiento rebelde británico, y Marquis está aprendiendo de uno de los sanadores.

Yo me siento junto al fuego, que no se consume nunca, repasando mentalmente palabras en cannair.

De momento, los tres meses que dediqué a estudiar el idioma no me han servido de mucho.

Si lo que ha dicho Aodahn es cierto, Abelio considera que el que yo haya aprendido cannair es una pérdida, un ataque a la lengua, más que un respetuoso intento por dominarla.

Ha dejado claro que no tiene ningún interés en la guerra, lo que hace que nuestra estancia aquí no tenga sentido.

De hecho, sospecho que el único motivo por el que tolera nuestra presencia es su fascinación por la máquina locuisonus.