Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Cómo habéis podido traer la máquina locuisonus sin que se moje? — le pregunto a Abelio.

La petición para que le enseñe cómo funciona me ha llegado al amanecer, y Cindra apenas tiene tiempo de acercarme un té de hierbas antes de que Abelio se me lleve por los túneles.

— Tenemos varias entradas a los túneles — responde Abelio —. Una cosa que aprenderás de los guivernos es que no nos falta ingenio.

Camina ligero, y me doy cuenta de que nuestro intercambio cultural ya ha empezado oficialmente.

Lo sigo, con la máquina entre los brazos, cada vez más atemorizada.

Ha llegado el momento de mentir, de fingir que la locuisonus es un detector de túneles y que puedo enseñarle a usarla, mientras lo convenzo de que me ayude a ganar esta guerra.

Al pasar por una estancia veo fugazmente a un pálido Gideon, interrogado por Aodahn sobre sus conocimientos de francés.

Abelio me lleva hasta la caverna que da a la entrada del estanque, pero pasamos de largo, bajando por otro túnel.

Subimos una cuesta escarpada y llegamos a un alto pozo vertical por el que se cuela la luz.

— Aquí.

Abelio se cuela por una grieta entre las rocas, parecida a la que daba acceso a los túneles de Ruth, y tengo que apretar la máquina locuisonus contra mi pecho para pasar, trepando.

Salimos a lo alto de una duna de arena cubierta de hierba, dejando a nuestras espaldas lo que parece una entrada a una cueva bloqueada por un desprendimiento de rocas.

Nadie diría que lleva a una compleja red de túneles subterráneos.

—¿Dónde estamos? — pregunto.

— Seguimos en el lado norte de la isla, pero mirando al oeste.

Miro hacia el otro extremo de la isla, en dirección al campamento de Wyvernmire, que queda oculto tras las colinas y la bruma. ¿Seguirán persiguiéndome sus guardias y sus dragones? ¿Sabrá que estamos buscando a los guivernos de las Hébridas en este lado de la isla? ¿Llegará tan lejos?

—¿Una demostración? — dice Abelio, educadamente.

No es una sugerencia.

Dejo la locuisonus en el suelo, atenta a cualquier sombra que pueda indicar la presencia de dragones.

—¿Siempre habéis vivido en esta parte de la isla? — le pregunto —. ¿Antes incluso de pasar a vivir bajo tierra?

— Sí — responde Abelio —. Siempre hemos buscado la privacidad, y la otra orilla de Canna, con las demás islas tan cerca, no nos gusta, especialmente durante la época de anidación, cuando Rùm está hasta los topes.

— De modo que cuando Clawtail vivía con vosotros, ¿era aquí?

Toqueteo el dial de la locuisonus, a la espera de su respuesta.

— Por supuesto.

Entonces el gobierno ya ha pasado por aquí. Debe de ser aquí donde lo mataron. Le entrego los auriculares a Abelio. Son demasiado pequeños para su cabeza.

— Puedes ponértelos junto al oído — le digo —. Son para escuchar.

Los coge, intrigado. Acciono el interruptor y la máquina locuisonus emite un murmullo.

Abelio echa la cabeza atrás al oír la estática a través de los auriculares, pero en cuanto encuentro la frecuencia correcta el ruido enseguida se transforma en la melodía musical del koinamens.

La máquina está diseñada para convertir la ecolocalización en una serie de sonidos audibles para el ser humano, así que aunque Abelio puede oír los sonidos a través de los auriculares, no se parecen en nada a lo que él oye cuando se comunica telepáticamente con otros.

No tiene ni idea de que lo que está oyendo es una versión transformada de la lengua más sagrada de los dragones.

Cojo la máquina y le indico que camine conmigo hacia la entrada de la cueva.

— Cuanto más te acercas a un túnel, más fuerte suena la alarma — miento.

Sé que el sonido aumentará de volumen a medida que nos acerquemos a los túneles, porque los guivernos están usando la ecolocalización ahí dentro. Luego me giro y hago que se aleje de la entrada, bajando por la duna en dirección al mar, donde no hay guivernos.

— Aquí el sonido es más tenue — murmura Abelio.

Asiento, dando gracias por mi suerte. Si hubiera algún dragón volando sobre el mar, sus sonidos de ecolocalización se oirían por los auriculares y lo que le acabo de decir a Abelio no tendría ningún sentido.

— Es curioso — murmura — que los túneles se oigan como el sonido de un instrumento musical de cuerda. ¿Cómo funciona la máquina?

— Yo no la construí — respondo, despacio.

El corazón se me acelera. ¿Qué puedo inventarme?

Necesito que Abelio crea que tengo algún conocimiento que ofrecerle, de modo que me permita quedarme el tiempo necesario para descubrir qué tipo de ayuda pueden ofrecernos los guivernos a los rebeldes para ganar la guerra.

Los ojos se me van a los cristales de color ámbar que asoman entre la hierba.

— Pero creo que tiene algo que ver con... la presencia de minerales en la tierra, que están más cerca de la superficie en los lugares donde se han abierto túneles.

Se me da mejor mentir en cannair que en inglés.

Dos dragones cruzan el cielo y veo que Abelio reacciona. El sonido de los auriculares cambia. Yo retrocedo en dirección a la cueva, y él me sigue, pero por su expresión es evidente que se ha dado cuenta.

—¿Por qué ha vuelto a oírse el sonido aquí, si no hay túneles?

Niego con la cabeza.

— Se ha oído otra vez porque hemos vuelto hacia aquí — digo, acompañando con gestos mi explicación, claramente forzada.

Observo a los dragones que pasan por encima de nuestras cabezas.

Con un movimiento lento, Abelio recoge la máquina locuisonus y se la lleva al lugar donde estábamos solo un momento antes.

Los dragones ya han pasado, así que no detecta su ecolocalización, y yo suelto un suspiro de alivio.

Veo que le tiembla la mandíbula, dejando a la vista unos dientes pequeños y afilados.

¿Se habrá dado cuenta de que estoy mintiendo?

— Quizá... haya detectado antiguos túneles en los acantilados. En el pasado, cuando descubrían nuestras galerías, nos veíamos obligados a tapar las entradas y abandonarlas.

La cabeza me da vueltas al intentar traducir sus palabras mentalmente al ritmo que las pronuncia.

— Debe de ser eso — respondo.

— Fascinante — dice, con una gran sonrisa.

—¿Para qué os puede servir un detector de túneles? — pregunto —. Si los habéis hecho vosotros, sabréis perfectamente dónde se encuentran.

— Siempre es útil saber qué tipo de armas puede tener en su arsenal el enemigo — responde.

—¿Y quién es exactamente vuestro enemigo?

— Llevamos viviendo bajo tierra desde que el gobierno británico vino buscando a Patrick Clawtail. En la batalla para protegerlo perdimos a muchos de los nuestros. A partir de entonces, decidimos alejarnos de todo.

— Por lo que yo sé, este es el único detector de túneles que existe. Así que no tenéis que preocuparos por...

— Pensé que habías dicho que Britania estaba en guerra — me interrumpe.

— Y lo está.

—¿Entonces qué te hace pensar que el mismo gobierno que nos atacó en el pasado no tendrá más máquinas como esta a su disposición?

—¿Y qué te hace pensar que el gobierno de Britania esté interesado en detectar los túneles de los guivernos? — respondo yo.

Estoy satisfecha conmigo misma por mi rápida reacción. Quizá al final no resulte tan difícil dominar este entorno. Y quizá esa sea la información que necesito. Quizá Abelio esté a punto de decirme lo que no quiso decirme Hollingsworth.

— Porque dimos refugio a un rebelde que quería el gobierno — murmura —. Y ahora parece que estamos haciéndolo de nuevo.

Su lengua azul sisea al pasar entre los dientes.

— Así que ya sabéis por experiencia propia lo implacable que puede llegar a ser el gobierno de Britania.

El Acuerdo de Paz estaba corrupto desde el principio, al permitir que los dragones se alimentaran de niños humanos abandonados en Canna, después de obligar a la gente a marcharse de sus casas.

Y ahora ese mismo gobierno está intentando prohibir cualquier idioma que no sea el inglés o el slavidraneishá de los bolgoriths búlgaros. Idiomas como vuestro precioso cannair.

—¿Cómo van a prohibir un idioma que no conocen siquiera?

Por eso es esencial proteger a nuestros pequeños, a nuestras crías, de esa decadencia cultural.

¿Ves por qué vivimos como vivimos? ¿Por qué vuestra simple presencia nos altera de este modo?

— añade, y se le iluminan los ojos —. Vosotros sois el vínculo entre nosotros y el terrible gobierno del que hablas, niña de la máquina dorada.

Una vez hayáis hecho uso de nuestro fasgadh , lo cierto es que tendré que pediros...

—¿Sí?

Si hay algo que pueda hacer para convencer a Abelio de que nos ayude en la guerra contra Wyvernmire, lo haré.

—... que no volváis nunca más.

Siento que los hombros se me desploman ante la mirada de Abelio. Sus escamas son de un azul profundo, que destaca contra el gris del mar, al fondo. Son parecidos, Abelio y el mar. Salvajes y apasionados en superficie, y aun así inamovibles, más allá de las olas. Nunca accederá a combatir.

— Puedes parar tu máquina — dice Abelio.

Acciono el interruptor y lo sigo al interior de la cueva. Mientras avanzamos por los túneles, oigo unos golpes sordos.

— A la izquierda — dice Abelio.

Busco el origen del ruido, y lo encuentro en una de las cámaras.

Serena está de pie junto a una gran mesa de madera, con Cindra y otros guivernos.

Hay una larga tela gris extendida sobre la mesa, tres guivernos a cada lado y Serena en la cabecera.

Están golpeando la tela con las garras de sus largos dedos índices.

Cindra emite un sonido sibilante y Serena levanta la vista, sorprendida, al ver que los otros guivernos la imitan.

—¿Qué están haciendo? — pregunto, en voz baja.

— Están abatanando la tela de lana — responde Abelio —. Es una antigua tradición gaélica compartida por humanos y guivernos. Cuando sale del telar, la tela de lana se empapa en orina y se golpea para encoger las fibras, haciéndola así impermeable al frío y la humedad de las Hébridas.