Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Es Edin quien le enseña a Aodahn a tejer su primera tela de lana.

Cantando, le cuenta que el telar tiene su propia personalidad, que no hay dos telas iguales, que un guiverno debe tejer igual que respira.

Aodahn observa la tela de lana de su madre, que va apareciendo en el telar, con esa lana de un blanco cándido, y decide que debe de haberla mezclado con luz de luna.

— Es mi recuerdo favorito de ella — dice, volviendo a meter el rollito de papel en la tela.

Yo señalo otro tapiz. Este muestra una imagen de cientos de guivernos volando sobre el mar como una bandada de pájaros. En el agua hay una serie de barcos enormes.

—¿Eso también es un recuerdo? — pregunto.

— Los guivernos somos una especie pacífica, pero hubo momentos, antes de que viniéramos a vivir al subsuelo, en que tuvimos que ser formidables combatientes. Y lo éramos. Imponíamos respeto a todos los dragones de Canna.

Marquis levanta una ceja.

— Pero cuando el gobierno británico vino en busca de Patrick Clawtail y lo mató a pesar de nuestras defensas...

— dice Aodahn, bajando la voz —, Abelio se quedó destrozado.

No sabíamos que un barco de guerra humano podía abatir a un guiverno.

— Agita las alas, recogidas sobre el lomo —. Perdimos a muchos.

—¿Enviaron barcos de guerra solo por un hombre? — pregunta Gideon —. ¿Qué era lo que hacía tan especial a Clawtail?

— Fue el primer ser humano que sugirió que las lenguas dracónicas debían registrarse y reconocerse como idiomas oficiales — intervengo —.

El gobierno estaba a punto de firmar el Acuerdo de Paz con la reina Ignacia, con la esperanza de que le sirviera para someter a los dragones.

Pero lo que proponía Clawtail les habría dado poder.

Siento que empiezan a pesarme los párpados, y bostezo.

El calor del fuego nos envuelve, extendiéndose por toda la cueva, y los guivernos descansan y charlan a la luz de las temblorosas llamas.

Aodahn se me acerca, tanto que siento el contacto de las sedosas plumas de sus alas contra mi brazo desnudo.

Noto el calor que emana de sus escamas. Son de un azul irisado, el color de una libélula.

— No te pedirán que expliques la máquina dorada esta noche, querida. Puedes retirarte a tu cámara, si lo deseas.

«Querida».

Chumana no es tan amable, y sin embargo la cercanía de Aodahn y la forma en que se dirige a mí sin usar mi nombre hace que la eche de menos.

De pronto siento que me gustaría oír cómo me llama «niña humana» con un gruñido de los suyos.

Me pregunto dónde estará ahora, y qué me habrá dado para haber sido tan desconsiderada con ella.

Asiento, mascullo «buenas noches» y me dispongo a retirarme.

—¿Vas a irte a la cama? — pregunta Marquis, incrédulo —. Es la primera vez en nuestras vidas que socializamos con dragones.

De pronto da un respingo. A su lado ha aparecido una cría de guiverno, con un arnés hecho para que pueda llevar vasos, llenos de un líquido dorado. Aletea y se eleva apenas unos centímetros.

— Vino a la miel, para que tengáis sueños eruditos — dice Aodahn, enroscando suavemente su cola con la de la cría y tirando de él suavemente para hacerlo volver al suelo. El pequeño ronronea, y Aodahn le indica a Marquis que coja un vaso.

— Gra... gracias — dice él, balbuciendo.

Atlas y yo volvemos a nuestra habitación juntos, recorriendo los cálidos túneles cogidos de la mano.

— Estos son los dragones más raros que he conocido nunca — comento —. Mi madre estaría fascinada. Ojalá pudiera verlos. Sus tapices, sus pergaminos de la memoria, su vino. Dragones que hacen arte es... ¿Qué te pasa?

Atlas camina con la mirada fija en el suelo y los labios apretados.

—¿Perdona? — responde, como si lo hubiera sacado de una ensoñación —. No, nada, estoy bien. — Levanta la vista y me sonríe, seguramente pensando que así me tranquilizará —. Son muchas cosas de golpe.

Nos hacemos un ovillo bajo las mantas de lana y sentir el contacto de sus brazos me resulta tan raro que mi cuerpo responde a cada uno de sus movimientos, por mínimo que sea.

Su rostro hundido en mi cabello, sus manos apoyadas sobre las mantas.

Pero en el momento en que siento que me invade el sueño noto también que se separa, sacando con suavidad el brazo de debajo de mi cuello, y se sienta junto al fuego.

«Se siente incómodo tumbado a mi lado», pienso, y se me acelera el corazón.

Está diferente. Hay algo que le hace encerrarse en sí mismo.

No muestra la confianza de la que hacía gala en Bletchley, como si dudara de nosotros, de lo que somos.

Lo cierto es que nunca hemos definido nuestra relación.

Ni siquiera hemos hablado de lo que pasó mientras éramos prisioneros de Wyvernmire.

Pienso en cómo me besó en el bosque, dejándose llevar, en la sensación de normalidad que sentía al caminar con él por la isla, cogidos de la mano. Pero si todo eso era de verdad, ¿por qué tengo de pronto la impresión de que Atlas es un extraño para mí?