Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

— Es gaélico. Ese nombre no existe en cannair — me susurra Aodahn, con los ojos como platos —. La niña de la máquina dorada.

— Nos enseñarás cómo funciona tu detector de túneles, nos darás una explicación completa de su mecanismo y nos harás una demostración en superficie. — Parpadea —. Un invento así podría ser para los guivernos el germen de nuevas ideas.

Asiento con ganas automáticamente, pero la mente me da vueltas mientras intento pensar en cómo voy a fingir que el locuisonus es un detector de túneles, ocultándoles a la vez su verdadero objetivo.

Los guivernos son diferentes a los dragones, pero comparten el lenguaje ultrasónico, y no creo que les guste saber que mi «máquina dorada» está pensada para poder escucharlo.

Abelio señala a Atlas con su garra más larga.

—¿Qué nos puede ofrecer él?

Veo como Atlas se tensa, a mi lado. No habla cannair, así que no puede entender la pregunta.

— Sé tallar madera — dice —. Puedo elaborar formas a partir de la corteza de los árboles y la madera de deriva. Armas...

Meneo la cabeza. No tengo el vocabulario necesario para traducir lo que ha dicho, así que Aodahn lo hace por mí.

— Tenemos una gran destreza en el arte de la carpintería — responde Abelio.

Los guivernos se lo quedan mirando, expectantes. Cuento las gotas de sudor en la frente de Atlas y, una vez más, pienso en que estamos rodeados de dragones. Dragones con colmillos y fuego que no tienen ninguna obligación de mantenernos con vida.

—¿Por qué no te ofreces a contarles historias de la Biblia? — le susurra Marquis desde atrás.

Serena se ríe entre dientes y yo me giro y les lanzo a los dos una mirada asesina, pero eso no basta para borrar la sonrisa en el rostro de Marquis.

— Atlas es un soldado — le digo a Abelio —. Lleva años luchando contra el gobierno. Sabe todo lo que hay que saber sobre la guerra y sobre los que nos persiguen.

— Nosotros no tenemos ningún interés en vuestra guerra — gruñe Abelio.

— Perdóname. Es que pensaba que habías dicho que erais dragones progresistas.

¿Cómo podéis ser progresistas si no sabéis en qué hace falta progresar?

— Hago una pausa para preparar mi frase siguiente —.

Habéis estado aislados de la sociedad de humanos y dragones durante años, pero Atlas puede enseñaros cómo funciona la política.

Empezando por la ruptura del Acuerdo de Paz y la Academia de Lingüística Dracónica.

A Cindra le brillan los ojos, como plata fundida, y Abelio suelta un gruñido de satisfacción.

— Traduce, por favor — me dice Atlas, agarrándome del codo.

— Vas a ser su profesor de política.

Marquis estalla en una carcajada que se apresura a disimular tosiendo, y Atlas me mira, perplejo.

—¿Y esta? — dice Cindra, dando un paso hacia Serena.

— Las artes femeninas — dice ella, sonriendo con dulzura.

Levanto las cejas e intento traducir, pero no creo que los guivernos tengan el mismo concepto de la femineidad que tenemos nosotros.

—¿Y en qué consiste ese arte desarrollado por las hembras? — pregunta Cindra.

Serena hace un listado de sus habilidades:

— Si queréis aprender costura, bordados, el arte del decoupage , de los arreglos florales, dibujo, óleo o a tocar el piano, soy vuestra chica.

— Yo no veo muchos pianos por aquí. ¿Tú sí? — le digo, pero ella sigue mirando con confianza a Cindra, mientras Aodahn intenta transmitir la información.

— Una artista — responde Abelio, con solemnidad —. Hay muchos entre nosotros, pero estaremos encantados de aprender de una más.

Entonces fija la mirada en Marquis.

— Oh, no sé — dice él, metiéndose las manos en los bolsillos —. En el pasado estudié la anatomía dracónica. El cuerpo de los dragones, y cómo funciona, por dentro y por fuera.

—¿Un sanador? — pregunta Abelio, interesado.

— Exacto — me apresuro a responder.

El viejo guiverno asiente.

Aodahn le describe su trabajo a Marquis mientras Abelio mira a Gideon de arriba abajo.

— Lenguas humanas — dice Gideon —. Hablo cinco.

Aodahn hace un gesto de sorpresa, pero en cuanto le paso la información a Abelio, este niega con la cabeza.

— No necesitamos saber las lenguas de los hombres. Solo nuestro idioma, el cannair, importa. Al contrario, son los hombres los que deberían hablar nuestro idioma, la más alta de las...

—¿Vas a negarnos ese valioso recurso? — le replica Cindra —. ¿No están relacionadas todas las lenguas? Este muchacho podría ayudarnos a aprender más sobre nuestro cannair, sobre sus raíces. — Se gira hacia Gideon —. ¿Hablas escocés? ¿Gaélico?

— Escocés — le dice Gideon a Aodahn, que sigue traduciendo.

Abelio se lo queda mirando y castañetea las fauces, como un gato al acecho.

— Muy bien — concluye, y se gira hacia los otros guivernos, que siguen observando el espectáculo —. Nuestro intercambio cultural empezará al amanecer. Pero ahora, la Comida del Crepúsculo.

En la entrada de la Corte del Ámbar aparecen varios guivernos tirando de unos carros de madera que llevan agarrados a la base de las alas gracias a arneses hechos de cuerda tejida con algas secas.

En los carros hay recipientes de arcilla de formas y tamaños diversos. Aodahn coge uno y nos lo pone delante.

—¡Venga, comed! — nos dice, apoyándose en las patas traseras.

¿Son sus cortas patas delanteras, que les sirven de brazos, las que les permiten a los guivernos de las Hébridas moverse más como humanos que como dragones, leer libros, tejer lana y servir comida?

Nos sentamos en un círculo en torno al recipiente, imitando a los guivernos, y veo que Aodahn ladea la cabeza al darse cuenta de cómo cruzo las piernas.

Marquis levanta la tapa del recipiente con ganas, pero luego se echa atrás: está lleno de enormes pedazos de carne cruda brillante, aderezada con algún tipo de hierbas verdes.

Echo un vistazo a los guivernos del corro más cercano, que usan unas pequeñas escudillas de piedra para servirse una ración de carne cada uno y luego los hacen entrechocar a modo de brindis, antes de hundir el morro en sus platos y comer.

—¡Fíjate qué modales! — comenta Serena, incrédula —. Toda esa ceremonia para comerse un cuenco de sangre.

— Oh, os ruego me disculpéis — dice Aodahn.

Tiene un modo de hablar fascinante, usando estructuras que solo puede haber aprendido de alguien de primera clase. ¿De dónde lo ha sacado?

Vuelve a ponerle la tapa al recipiente y exhala una llamarada sobre la arcilla.

Cuando lo destapa de nuevo, la carne está cocida y humeante.

Nos la servimos en las escudillas y comemos.

Está cubierta de un jugo salado, como si las hierbas usadas para aderezarla acabaran de salir del mar.

Por un momento solo se oye el ruido que hacemos masticando y relamiéndonos al llenar el estómago por primera vez en días.

— Hay hambre, ¿eh? — murmura Atlas, con una sonrisa pícara.

Bajo la escudilla, ruborizada.

— Era una broma, Viv. No pares por mí.

Él sorbe haciendo tanto ruido que Aodahn levanta la vista, perplejo, y yo estallo en una carcajada.

—¿Crees que sería de mala educación pedir más?

— Featherswallow, has pasado de una vida cómoda de segunda clase a Bletchley Park, a la vida de rebelde en Londres y, por fin, a una isla perdida con el chico que dabas por muerto, y sigues preocupándote por los códigos de conducta de los guivernos.

Contengo una risita.

—¿Te has fijado en que apenas hablan entre ellos? — señala.

Echo una mirada y los veo. Están comiendo en grupos, sin hacer ruido, pero por sus gestos y sus movimientos, agitando la cola o hinchando los orificios nasales, da la impresión de que se están comunicando en silencio.

—¿Ecolocalización? — dice Atlas, bajando la voz.

Asiento.

— Aodahn — dice Serena, adoptando un tono remilgado, como de alta sociedad —. ¿Has leído Cumbres Borrascosas ?

A Aodahn se le encienden los ojos.

— Sí. Tengo incluso mi propio ejemplar. ¿Querrías que te lo prestara?

— Me encantaría — dice Serena, que echa el cuerpo adelante, con el cuenco en la mano —. ¿Pero de dónde lo sacaste?

El cuenco de Aodahn sigue lleno de carne cocinada.

— De las antiguas cuevas de contrabando de los humanos — susurra —. Se usaban cuando la isla estaba poblada por personas. Los guivernos dimos con ellas mientras excavábamos nuestros túneles, y Cindra nos deja visitarlas para sacar libros. Aunque aún se usan, ¿sabes?

—¿Se usan? — digo yo —. ¿Quién las usa?

— Quizá las crías de humanos de Canna, o los mercaderes de una isla cercana. De vez en cuando la llenan de objetos: comida, ropa, literatura... — De pronto parece avergonzado —. Yo solo me llevo libros, y nunca más de los que puedo cargar.

Atlas y yo nos miramos, y sé que ambos nos estamos haciendo la misma pregunta: ¿quién está enviando provisiones a Canna?

—¿Eso qué es? — pregunta Gideon, señalando los tapices de lana que contienen rollos de papel.

— Tapices de la memoria — responde Aodahn —. Hechos con el material textil más duradero que conocen los guivernos. Nuestros recuerdos merecen quedar preservados para la eternidad. La tradición manda escribirlos en papel y conservarlos en el interior de la lana, para que no olvidemos nunca.

Se levanta, tira de un rollito de papel y se pone a traducir en voz alta lo que lleva escrito.