Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

El cabello de Serena ha duplicado su tamaño con la humedad y Gideon tiene el rostro de un rojo encendido.

— Caray — exclama Marquis, cogiendo un libro de una hornacina para luego dejarlo otra vez —. No parecen ni dragones.

— Por supuesto que son dragones — respondo —. ¿Es que no has visto nunca a un dragón leyendo?

—¿Que si alguna vez he visto a un dragón leyendo Los viajes de Gulliver , quieres decir? — dice él, echando una mirada al libro que acaba de dejar —. Pues la verdad es que no.

Gideon sorbe agua del chorrito, y luego se limpia la boca con el dorso de la mano.

—¿Por qué tanta lana? Las esteras, los tapices, las mantas...

— Bueno, les gusta la lana — respondo yo —. ¿Qué tiene eso de malo?

— Parecen un poco blandos, ¿no? — señala Serena, envolviéndose los hombros con una manta —. No parece que sean rival para un dragón búlgaro.

Me encojo un poco, quizá porque una pequeña parte de mí ya pensaba eso mismo.

— Sus garras no tienen nada de blando — replico, tanto para convencerme a mí como a Serena, y los miro a todos fijamente —. Chumana me dijo que no infravalorara a los guivernos de las Hébridas. Si lo hacemos, no nos ganaremos su confianza, y no querrán ayudarnos.

— Solo hay que conseguir caerles bien a los guivernos que han estado a punto de comernos — comenta Serena, socarrona —. Muy fácil.

— Entiendo que para ti pueda ser duro, Serena, con ese carácter que tienes — le respondo, molesta.

— Vamos a ver qué descubrimos en esta cena y luego ya decidiremos qué es lo que podemos ofrecerles — propone Atlas, mirándolos a todos —. Esta es la misión que nos asignó la Coalición. ¿Es que pensabais que iba a ser fácil?

Sacamos más mantas de lana para apoyarnos en ellas.

Después de haber caminado tantos kilómetros, me duelen las piernas.

Me envuelvo en una de las mantas a pesar del calor que hace y pienso en mi misión: hablar cannair lo suficiente como para que esos guivernos lleguen a confiar en mí, y descubrir en qué modo pueden ayudarnos.

Un poco más tarde, otro guiverno entra en la cueva.

Es más menudo que Abelio y Cintra, y tiene unos anillos blancos en torno a los enormes ojos.

Inclina la cabeza desde el umbral. Lleva nuestra ropa en las garras.

— Es un honor acogeros, amigos del gran Clawtail — dice en inglés —. Estoy encantado de que hayáis presentado una petición de fasgadh .

—¿Hablas nuestro idioma? — exclama Marquis.

— Por supuesto. Solo unos cuantos hablamos inglés, aunque últimamente algunos guivernos han empezado a aprender el gaélico humano. Me llamo Aodahn, portador del fuego. He venido a acompañaros a la Comida del Crepúsculo.

Me pongo de pie. Él deja nuestra ropa en el suelo. Los guivernos habrán salido a recogerlas, pero no ha traído el diario, ni el locuisonus.

—¿Dónde lo has aprendido? — le pregunto, mientras me pongo la camisa —. Pensaba que los guivernos de las Hébridas no habíais visto a ningún humano en muchos años.

— Patrick — dice Aodahn —. Y los libros de los humanos. Son el motivo de que muchos de nosotros hayamos querido aprender — añade, bajando la voz — lenguas humanas. Nos gusta recorrer los caminos de la literatura humana.

Nos señala la puerta, salimos al pasillo y echa a caminar a paso tranquilo, señalando algunas otras cámaras a su paso con la punta del ala.

— A esta cueva la llamo King’s Cross — dice Aodahn.

—¿Cómo? — pregunta Marquis.

— King’s Cross — repite el guiverno —. Es donde diseñamos nuestras rutas: cada año construimos varios túneles nuevos. Creo que es un lugar de Londres, ¿no?

— Eh... sí — respondo yo.

Cruzo una mirada con Marquis, que está haciendo esfuerzos por no reírse.

Pasamos junto a la cueva siguiente, que hace algo de pendiente, sumergiéndose en la tierra.

Por toda iluminación hay dos antorchas, que arrojan la luz justa para distinguir la silueta de cientos de corazones de metal incrustados en el suelo.

— El Campo de los Corazones Sangrantes — dice Aodahn —. Donde enterramos y lloramos a nuestros muertos.

Pasamos junto a otra cueva, pero en esta Aodahn no se para.

Echo un vistazo dentro. El suelo es un lecho de plumas que arden lentamente.

El fuego lo mantienen vivo unos cuantos guivernos que las sobrevuelan y de vez en cuando arrojan una llamarada.

Entre las plumas hay huevos, dispuestos en fila, y veo a un guiverno en el suelo que les va dando la vuelta con cuidado.

—¿Eso qué es? — pregunto.

—¡Tened cuidado! — advierte Aodahn.

Atlas se detiene justo a tiempo para no caer por el terraplén que hay a la entrada de la cueva.

Miro hacia el interior por encima de su hombro.

Es un enorme espacio abierto, iluminado por rayos de luz blanca.

Debe de tener varios kilómetros de anchura, y es tan profundo que no veo el fondo.

Las paredes tienen unos salientes donde hay guivernos apostados.

— Cumbres Borrascosas — dice Aodahn —. Aquí es donde nuestras crías practican el vuelo.

— ¿Cumbres Borrascosas? — dice Serena —. Ese libro lo he leído. Es una novela. La hija de una de las amigas de mi madre lo estaba leyendo.

— Desde luego el tipo habla como un personaje de novela — murmura Gideon.

El calor se vuelve sofocante a medida que profundizamos en la red de túneles, y cuando Aodahn nos hace parar entiendo por qué.

Estamos en una caverna enorme en cuyo centro arde una hoguera gigantesca.

A su alrededor hay un centenar de guivernos, iluminados por la luz anaranjada de las llamas, reflejada en los enormes cristales de ámbar del techo.

— Bienvenidos a la Corte del Ámbar — dice Aodahn.

Las paredes están cubiertas de arriba abajo con tapices de lana, y hay unos rollos de papel blanco encajados en los huecos.

Me acerco a mirar, intentando descifrar qué pueden ser.

En el momento en que Aodahn nos hace pasar, los guivernos se giran a mirarnos.

Abelio y Cindra son los que más cerca están del fuego, sentados junto a un grupo de guivernos que observan algo atentamente con la cabeza gacha.

Cuando Abelio nos ve, se pone en pie y veo por fin qué es lo que están mirando los guivernos.

La máquina locuisonus.

La observan, fascinados, manipulando los diales y el micrófono con el morro y con las garras.

Me imagino los arañazos que pueden dejar en el metal, o al girar los selectores del mecanismo, y tengo que contenerme para no gritarles que paren.

En el suelo está el diario de Clawtail, abierto.

Cindra entorna los ojos al verme mirándolos.

— Saludos a nuestros invitados humanos — ruge Abelio, en cannair.

La cueva se queda en silencio. Todos los guivernos lo escuchan, pero habla demasiado rápido como para que pueda entender lo que dice.

Me recuerda a cuando era una niña y empezaba a aprender lenguas dracónicas por primera vez, la frustración que sentía cuando conseguía entender alguna palabra suelta, para luego perderle el rastro al oírla integrada en la conversación.

Serena me toca la espalda.

—¿Qué dice?

— No lo sé. Creo... creo que algo sobre aprender. Y un reto.

— Genial.

En un momento dado Abelio debe de ver mi gesto de desconcierto, porque de pronto baja el ritmo y consigo entender mejor lo que dice.

— Hoy tenemos la oportunidad de ofrecer refugio a un grupo de humanos — dice —.

Para algunos de vosotros es la primera petición de fasgadh .

Pero no hay nada que hagan mejor los guivernos de las Hébridas que ofrecer hospitalidad.

— Posa los ojos en los míos —. Es algo que concuerda a la perfección con nuestro conocimiento y nuestras tradiciones.

Porque los guivernos somos seres cultos, los dragones más eruditos y progresistas.

Aodahn susurra una traducción del discurso de Abelio a los demás y Marquis levanta las cejas.

— No parece el mismo de antes.

La forma de hablar de Abelio es difícil de describir, tiene una cadencia viva, que fluctúa en tono y color.

— Somos una raza cultivada en el arte, las ciencias y las tradiciones de nuestros ancestros, y tenemos la capacidad de proteger a estos humanos de los peligros que los amenazan.

Podrían caminar por estos túneles durante una eternidad sin que les faltara nunca comida, agua o estimulación intelectual, porque todo lo que necesitan lo tienen aquí dentro.

Lo único que pedimos es que cada humano que goza de esta protección pague su parte.

La mente se me acelera con el esfuerzo que me cuesta seguirle, y le echo una mirada a Atlas.

— Creo que está a punto de decirnos qué es lo que quiere a cambio de permitirnos quedarnos.

—¿Quién te dio el diario de Patrick Clawtail? — pregunta Cindra, dirigiéndose a mí.

— La Academia de Lingüística Dracónica — respondo en inglés, aunque enseguida paso al cannair.

La Academia se fundó hace solo... — Hago una pausa, intentando recordar los números en guiverno —.

Hace solo treinta años. No sé explicar lo que es...

— admito, meneando la cabeza — en vuestro...

en vuestro idioma. Es una institución dedicada a la documentación y...

— Otra pausa, mientras me pienso la frase —.

La traducción de lenguas dracónicas — concluyo.

Abelio entorna los ojos.

—¿Y quién la controla?

— El gobierno británico.

— Entonces sois enemigos — ruge Cindra —. Patrick no era amigo del gobierno.

— Ni nosotros tampoco — replico, con calma —. Formamos parte del movimiento de resistencia que se opone a él. La primera ministra Wyvernmire está en guerra con el resto de Britania.

Abelio recoge el diario de Clawtail.

— Pero ¿cómo puede alguien aprender todo un idioma a partir de un libro?

Me lo pienso un momento.

— Soy políglota. Aprender idiomas es algo que se me da bien. Pero no lo hablo con fluidez, como podéis observar.

Cindra arruga el morro.

— Querríamos ofreceros lo que podamos, a cambio de vuestro fasgadh .

— Ya lo haréis — gruñe Abelio —. Tú, an nighean leis an inneal òir .

¿Qué me ha llamado?