Capítulo 10
Un escalofrío me recorre la espalda. En la penumbra distingo un número enorme de siluetas.
Las criaturas que veo le sacan al menos una cabeza a Marquis y están apoyadas en sus cuartos traseros, inmóviles salvo por las colas, que se balancean como las de un gato a punto de saltar sobre su presa.
Y esto es lo más cerca que me he sentido nunca de ser una presa, medio desnuda frente a una manada de dragones cuyos colmillos son más largos que mis dedos.
Los guivernos no parecen tan inocuos como en las acuarelas de la Canna House.
Es cierto que tienen ojos de corzo y el morro redondeado, pero también son esbeltos y poseen unas garras delanteras enormes, con el dedo índice curvado y más largo que los otros.
Uno de ellos agita las alas y emite un chillido hostil.
¿Cómo les demostramos que no somos una amenaza?
—¿Featherswallow? — me susurra Serena.
De pronto recuerdo que no tenemos por qué confiar solo en el lenguaje corporal para comunicar con ellos.
— Nà foin — digo, convencida de que mi pronunciación será horrible —. Sentimos la intrusión.
Debo de haberlo dicho mal, porque el guiverno responde con un gruñido grave, y hace chasquear las garras como un par de tijeras monstruosas.
Los otros lo imitan, emitiendo unos chillidos que resuenan en la gruta.
Avanzo un paso y veo el gesto de alarma en el rostro de Marquis.
No hay adónde escapar. Estos guivernos podrían hacernos trizas aquí mismo y nadie lo sabría nunca.
Algún explorador hallaría nuestros esqueletos dentro de muchos años, enterrados en la roca, y pensaría que estábamos allí buscando alimento o un refugio.
— ¡Fasgadh! — grito —. Necesitamos fasgadh .
Los guivernos se callan.
Recuerdo la palabra del diario de Clawtail. Es gaélico, pero los guivernos lo han importado a su lengua, y significa «cobijo». Inmediatamente, pliegan las alas y bajan la cabeza.
— ¿Hva thu tha? — gruñe el guiverno. «¿Quién eres tú?».
Cuando oigo hablar cannair por primera vez, las piezas del rompecabezas van uniéndose en el interior de mi cabeza.
Es como oír la música de una partitura tocada por un virtuoso en un instrumento perfectamente afinado, cuando hasta entonces solo has oído las notas aporreadas en un piano roto.
Es tan melodioso como el gaélico, y suave como el whisky.
— Dile que no venimos a invadirlos — me susurra Marquis.
— Yo... Nosotros... somos amigos — balbuceo en cannair, buscando las palabras que aprendí del diario.
Los guivernos parpadean.
— Gideon — dice Atlas, en voz baja —. Tú también eres políglota. ¿No hablas escocés? A lo mejor es similar.
— El cannair desciende del gaélico escocés, no del escocés moderno — le corrijo —. Son dos idiomas diferentes.
— Y por algún motivo ninguno de vosotros lo habla — murmura Serena, irritada.
Respiro hondo e intento aislarme de sus voces y recordar lo escrito por Clawtail sobre el idioma de los guivernos.
— Somos... amigos de Patrick Clawtail — digo.
El primer guiverno da un paso adelante y la tenue luz de la gruta ilumina la cicatriz blanca que le atraviesa el rostro. La mayoría de plumas de sus alas son blancas, pero algunas son de un azul intenso.
— Patrick Clawtail está muerto — gruñe él, en cannair.
Resoplo, aliviada. El guiverno ha entendido lo que le he dicho. Le sonrío a Serena, socarrona. ¿Es que no se da cuenta de lo importante que es este momento?
— Sí — respondo, estremecida —. Pero tenemos el diario que escribió cuando buscó fasgadh con vosotros. Así es como he aprendido el cannair.
Un segundo guiverno da un paso adelante. Es una hembra joven, y tiene unas manchas plateadas sobre las escamas azules.
— Lo has aprendido... ¿del papel?
Asiento.
Otro guiverno le dice algo al primero, que saca humo por los orificios nasales. Echa una mirada a la entrada del túnel oculta bajo el agua, y luego me mira a mí otra vez.
— Mientes. Patrick nunca habría dejado escrita nuestra posición.
Ese guiverno parece viejo. ¿Habrá conocido a Clawtail personalmente?
— No — me apresuro a responder —. Hemos encontrado vuestros túneles con... una máquina.
—¿Una máquina? — responde, muy despacio —. ¿Una máquina hecha por los humanos que detecta los skugvels ?
No conozco la palabra skugvels , pero estoy segura de que significará «túneles».
— Sí. La he dejado fuera, con el diario. Puedo enseñárosla, si queréis.
Los otros guivernos empiezan a marcharse, colándose por los diversos túneles, como en respuesta a una llamada inaudible, pero girándose a mirar de vez en cuando.
—¿De qué estáis buscando cobijo? — gruñe el primer guiverno.
Yo dudo un momento, deseando haber tenido ocasión de hablar de eso con los otros antes de meternos en el túnel.
— De la guerra.
—¿Guerra? ¿Qué guerra?
Echo una mirada a los otros.
— Me pregunta de qué guerra le estoy hablando — les digo.
Sus expresiones son un claro reflejo de mi propia confusión.
— La guerra entre la primera ministra Wyvernmire, con sus dragones búlgaros, y la Coalición Humanos-Dragones — prosigo.
— A nosotros no nos interesa participar en ella — añade la hembra de guiverno.
Siento las piernas cansadas de mantenerme a flote, y me agarro al borde del estanque.
— Pero en ocasiones tendréis que salir a la superficie, ¿no? ¿Es que no habéis visto a los dragones búlgaros volando?
— Nosotros no nos metemos en los asuntos de las otras especies — dice el primero.
Asiento, intentando procesar lo que oigo. Los guivernos con los que se supone que deberíamos intentar aliarnos no saben siquiera que se está librando una guerra. Es una gran decepción.
— Canna es un lugar peligroso para nosotros — le digo —. Intentan cazarnos. Os pedimos que nos dejéis quedarnos... como hicisteis con Patrick y su familia.
— No — responde —. Los guivernos hemos vivido ocultos, apartados de los humanos, durante medio siglo. No podemos ayudaros.
—¡Han solicitado fasgadh , Abelio! — dice la hembra de guiverno.
Abelio.
Recuerdo ese nombre de la última entrada en el diario de Clawtail, la frase que no acabó.
Ambos guivernos se miran, comunicándose en silencio, hasta que Abelio emite un sonido sibilante grave.
— Cindra insiste en que os concedamos el refugio que solicitáis — dice Abelio por fin —. Pero debéis demostrar que vais a cumplir nuestras condiciones.
— Por supuesto — respondo —. ¿Cuáles son?
Agita sus garras.
— Todo a su tiempo.
Salimos del agua y seguimos a los guivernos por un túnel.
El aire es cálido y húmedo, y nuestros cuerpos desprenden vapor al caminar.
Miro los lomos de los guivernos y me fijo en el modo en que caminan sobre sus cuartos traseros, moviendo los miembros anteriores, pegados a las enormes alas y cubiertos de escamas.
Son mucho más pequeños que los dragones, y aun así mucho más altos que los humanos.
Se mueven rápido, con gestos fluidos y sinuosos, y de vez en cuando hacen temblar las alas, como si las agitara una brisa.
Son como fantasmas azules y silenciosos en los oscuros túneles, en los que va aumentando la luz cuanto más profundos se vuelven.
El camino que tenemos por delante está iluminado por faroles.
Parece que tienen lana de oveja empapada en aceite dentro.
Las paredes de piedra están húmedas por la condensación, y tienen pequeñas gemas de color naranja incrustadas, como las que encontramos en el suelo junto al arroyo. Muy pronto tengo la piel y el cabello completamente secos, pero el intenso calor resulta sofocante.
— Nos han aceptado bastante rápido, ¿no crees? — me dice Atlas al oído.
No sabía que lo tenía tan cerca, y me llevo un susto. Camina a mi lado, con el cabello hecho una maraña de rizos húmedos. El sudor hace que le brillen los hombros, y lo pillo echándome una mirada antes de bajar la vista al suelo. Yo también aparto la mirada.
— Ellos también querrán algo de nosotros — susurro.
Giramos una esquina y llegamos a una galería más ancha.
En una cámara, más allá, veo las llamas de una gran hoguera.
De las paredes cuelgan tapices de color azul y verde esmeralda que representan a los guivernos volando sobre el mar, cazando en los bosques, encendiendo fuegos bajo unos huevos blancos ovalados.
A medida que avanzamos, vemos a los lados otras cámaras de techo alto, con gruesas esteras tejidas en el suelo.
En el centro de cada una hay un fuego encendido, y el humo sale por un pequeño orificio abierto en el techo, el mismo por el que entra la luz.
En una de las cámaras veo un guiverno de pie, inmóvil como una estatua, con las alas blancas recogidas a la espalda, leyendo un libro del tamaño de una persona junto al fuego; solo se mueve para pasar las páginas con las garras.
En otra, vemos a un grupo de guivernos agrupados en torno a lo que parece una escultura metálica en forma de niño humano.
Ver esa actitud tan doméstica en unas criaturas salvajes como esas resulta raro, casi inquietante.
Abelio y Cintra nos llevan por el laberinto, sin decir nada incluso cuando los otros guivernos, intrigados, se asoman para mirarnos con sus ojos azules y transparentes.
A la izquierda de otra galería, a mi izquierda, dos crías de guiverno del tamaño de bebés humanos persiguen a una rana, intentando quemarla con pequeñas llamaradas.
Cindra se detiene sin previo aviso, y le piso la cola, tropezando.
— Os alojaréis aquí — dice, indicándonos una gran cueva con la garra más gruesa.
En el centro hay una hoguera encendida.
Aquí no hay estoras ni tapices, pero veo varios huecos en las paredes, con mantas de lana y libros. En un lado de la habitación gotea un chorrito de agua que crea un charco en la esquina.
— Esperaréis aquí hasta que alguien venga a buscaros para la Comida del Crepúsculo.
Asiento para indicarle que he comprendido — o al menos eso creo — y ella sale de la cueva. Abelio nos echa una última mirada y va tras ella por la galería.
Me giro hacia los otros.
— Quieren que esta noche cenemos con ellos.