Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 9 #4
39%

Capítulo 9 #4

Escondo la locuisonus y el diario con nuestras mochilas tras la cascada y me giro hacia el estanque.

— Es la hora del baño, reclutas — dice Marquis, quitándose los pantalones.

Sin dejar de observar el agua me quito la casaca y luego el suéter por encima de la cabeza.

Siento el contacto del aire gélido sobre la piel y me doy cuenta de que llevo la ropa interior más triste posible, procedente de un paquete de donaciones que me dio Hollingsworth en Londres.

Miro a todas partes salvo hacia donde está Atlas.

A la línea de cicatrices blancas que me dejaron en el brazo los golpes de vara recibidos en la escuela, y luego a Serena, insoportablemente chic con la lencería blanca que escondía bajo el uniforme militar.

La herida de su brazo ya casi está curada del todo.

Nos acercamos al borde del estanque y Atlas da un paso, metiéndose en el agua helada.

Le echo una mirada y veo que está más flaco de lo que pensaba.

Tiene una gruesa cicatriz sobre el hombro izquierdo.

Estudio la curva de sus brazos desnudos y el vello oscuro en torno al ombligo.

Serena tampoco le quita ojo. Cruza una mirada conmigo y se sonríe.

Me meto en el agua y me quedo casi sin aliento.

De tan fría que está, siento que me arden los pies.

— Está helada — oigo que exclama Gideon.

Hago un esfuerzo para entrar en el agua, pero cuando me alcanza la cintura empiezo a tiritar sin poder controlarme.

Serena, a mi lado, también está temblando.

— No sé si podré hacerlo.

De pronto Marquis se sumerge, provocando las quejas de Gideon, y desaparece bajo la superficie. Esperamos en silencio hasta que vuelve a salir, respirando agitadamente.

— Hay una entrada — anuncia, tiritando. Atlas da unos pasos y llega a mi altura. Tiene los muslos de un rojo encendido.

— Voy a ver — decide Marquis.

— Te acompaño — dice Serena, con una mueca de dolor en el rostro —. Alguien tendrá que sacarte de ahí si te ahogas.

Trago saliva. Se meten, uno tras otro, y solo quedamos Atlas, Gideon y yo, de pie en ropa interior, en la isla más peligrosa de Britania.

—¿Por qué tardan tanto? — dice Gideon.

— No ha pasado ni un minuto.

—¿Y cuál es el plan cuando entremos? ¡Eso, si no nos comen!

Parpadeo. No había pensado en ello. Pero antes de que nadie pueda responder, Marquis sale a la superficie, y Serena tras él.

— Solo hay que nadar unos segundos, y llega un punto en que el agua cubre solo hasta la cintura — anuncia Marquis, jadeando otra vez —. Ahí podremos respirar.

— Vale — respondo, asustada ante lo que nos espera —. Una vez dentro, intentaré convencer a los guivernos de que nos dejen quedarnos. Luego tenemos que conocerlos. Si nos hacemos amigos suyos, descubriremos esa arma secreta que Hollingsworth cree que tienen.

Atlas asiente.

— Y en cuanto la tengamos, salimos de ahí. Los rebeldes no podrán contener a los búlgaros mucho tiempo, y la información que obtengamos puede ser crucial.

Los miro a todos.

— Pues nos vemos dentro.

Me sumerjo en el agua. El frío me congela hasta el cerebro, y todo mi cuerpo me pide que vuelva a la superficie.

Abro los ojos. El agua es transparente y veo el rostro de Atlas delante de mí, con las mejillas hinchadas de aire.

Le indico con un gesto que me siga y él asiente, apoyando las manos en mi cintura.

Luego sigo a Serena hacia una mancha oscura en el agua.

Unos pececillos plateados minúsculos pasan a toda prisa por entre las algas a la entrada de la abertura.

No quiero entrar, pero si nos lo pensamos demasiado no podremos aguantar la respiración.

Me agarro al borde rocoso de la entrada y lo uso para apoyarme y entrar.

Nado hacia arriba, en busca del lugar donde el techo se vuelve más alto, pero me golpeo la cabeza con la roca.

Entro en pánico, y de pronto no veo nada, pero Atlas consigue apoyar los pies en la base del túnel y lo usa para impulsarnos a los dos hacia delante.

Apenas distingo la silueta de Serena por delante cuando me agarra de la mano y tira de mí hacia ella.

Salimos a la superficie y aspiramos con fuerza.

El agua nos llega al cuello, pero al menos podemos respirar.

Busco a Atlas en la oscuridad.

—¿Estás bien?

Tanteo con la mano y encuentro su oreja, y cuando responde siento su aliento en mi mejilla.

— Ahora sí — dice, jadeando, y su voz resuena en la oscuridad.

Avanzamos por el túnel justo en el momento en que Marquis emerge a nuestro lado, seguido por Gideon. Uso los brazos para avanzar por el agua y de pronto el techo desaparece y dejamos de tocar fondo.

— Esto es lo más estúpido que hemos hecho nunca — dice Gideon.

— Por una vez, Gideon — murmura Marquis —, estoy de acuerdo.

Seguimos adelante, y poco a poco los ojos se me van adaptando a la tenue luz que se cuela por los pequeños orificios de las paredes. Estamos en otro estanque, en el interior de una gruta. Y justo delante, observándonos desde detrás de las estalactitas, hay un centenar de pares de ojos.