Capítulo 9 #3
— Es como... como escuchar un torrente de sonidos ininteligibles, solo que un día el sonido se convierte en una serie de sonidos diferenciados, cargados de significado, de modo que en lugar de ese torrente aparecen palabras y frases con sentido.
Y ya no puedes oírlo nunca más como un ruido confuso, por mucho que lo intentes.
Pero las llamadas de los dragones de Canna son casi imposibles de distinguir unas de otras.
Esas no las estudié en el invernadero. Probablemente hagan referencia a la caza de frailecillos o a los movimientos de las mareas, en lugar de las idas y venidas de los que estábamos en Bletchley Park. Es como aprender un nuevo idioma.
Cruzo otro pequeño arroyo al oír una llamada que aumenta de fuerza y luego disminuye. La evidente oscilación de intensidad hace que me frene de golpe. Me parece raro. Vuelvo a cruzar al otro lado del arroyo y el volumen aumenta de nuevo.
— Ahí — señalo, indicando con un gesto de la cabeza el lugar donde estaba antes. Levanto la vista, pero no veo ningún dragón en el cielo —. Quizá haya algo ahí abajo.
— No hay plumas, ni pelo, ni excrementos de dragón — señala Marquis.
Gideon menea la cabeza.
— Ni huellas, ni restos de presas — dice.
Sigo escuchando, y la llamada me vuelve a llegar con fuerza a los oídos al pasar de nuevo sobre el arroyo.
Veo algo que brilla en la hierba. Le doy la vuelta con la punta de mi bota.
Es un trozo de piedra transparente de color naranja, del tamaño de un guijarro.
Al volver a golpear la hierba con la bota veo más, minúsculos tesoros enterrados en la tierra. Mi bota choca con la de Serena.
— Alguien ha removido la tierra — dice.
Seguimos el arroyo otros quinientos metros, adentrándonos en el valle, y yo intento concentrarme para no perder las llamadas más claras, mezcladas con todas las demás.
Me vibran en los oídos, desaparecen y luego cobran vida de nuevo.
Son como una música débil pero persistente.
El valle parece un paisaje virgen, intacto, como el de un cuento de hadas, y sin embargo la maraña de ultrasonidos que me resuena en los oídos me dice que está lleno de vida.
¿Pero dónde se esconde esa vida?
— Para — dice Serena.
El arroyo serpentea hasta un pequeño estanque rodeado de árboles.
En el otro extremo hay una pared de piedra con una cascada que cae desde lo alto del despeñadero.
Nos detenemos, acaloradas y sin respiración, mientras Atlas rodea el estanque y apoya una mano en la pared de roca por la que cae el agua.
— Aquí no hay ningún túnel.
—¿Y detrás de la cascada? — pregunto, esperanzada.
Atlas camina junto al despeñadero y mete la cabeza tras la cortina de agua.
— Nada.
Serena me tiende la mano, pidiéndome los auriculares.
—¿Aún lo oyes?
Asiento. Ella se los pone y se le iluminan los ojos.
— Si hay una entrada por aquí, los guivernos tendrán que salir en algún momento, ¿no? — plantea Marquis.
— Tú no entiendes el concepto de túneles subterráneos, ¿verdad, Featherswallow? — responde Gideon, burlón.
— Aun así los guivernos tendrán que volar — replico yo.
— Pues una vez más, a la Golondrina le toca esperar — murmura Serena, devolviéndome los auriculares —. Nuestros radioyentes se van a morir de aburrimiento.
— Erais vosotros los que se suponía que teníais que encontrar a los guivernos, Serena. Yo solo he venido a estudiar su idioma.
— Ah, sí, se me olvidaba que no somos más que tus lacayos — responde ella —. Los míseros facilitadores de tus elevados poderes de traducción.
Marquis se sonríe y yo les doy la espalda a los dos, entornando los ojos para protegerme del sol.
Esperamos, escuchando a los pájaros y las llamadas de la máquina locuisonus.
Arranco una brizna de hierba del suelo y sorbo la dulce savia del extremo.
Aún me hacen ruido las tripas. Marquis se apoya en un árbol, con la mirada perdida en la pared de roca.
—¿Cómo estaba Karim la última vez que lo viste? — le pregunto, bajando la voz.
— Furioso.
— No puedo imaginarme a Karim furioso.
Marquis resopla, riéndose.
— No podía creerse que nos enviaran a Canna sin Cormac o alguno de los rebeldes adultos. Dijo que era una misión suicida.
Asiento, pensando en Krasimir.
— Y no se equivocaba.
— Si Hollingsworth está dispuesta a poner nuestras vidas en juego para encontrar a estos guivernos, ¿cómo es que no nos ha dicho de qué forma se supone que pueden ayudarnos? — Levanta una ceja —. ¿No crees que a lo mejor no lo sabe ni ella?
Meneo la cabeza.
— Lo has dicho tú mismo: está poniendo nuestras vidas en juego. No lo haría a menos que tuviera una buena razón para ello.
—¿Entonces por qué no ha...? — Marquis deja la frase a medias y se pone de pie de un salto —. He visto algo. En el agua.
Todos miramos hacia el estanque. En el centro se han formado unas ondas.
— Una sombra — susurra Serena.
— O un pez — sugiero yo.
— No — insiste Marquis —. Era más grande.
Me quedo mirando el agua, buscando alguna silueta. Como en respuesta a mis deseos, aparece una sombra oscura bajo la superficie. Le aprieto el brazo a Marquis. La sombra es enorme, ocupa todo el estanque, pero desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
Hemos encontrado los túneles de los guivernos.
— La entrada está debajo del agua — dice Serena.
— Uno de ellos debe de habernos visto y se ha metido otra vez — responde Atlas.
—¿Entonces cómo entramos? — pregunto.
— Esto... ¿Estás segura de que queremos entrar? — dice Gideon —. ¿A unas galerías subterráneas llenas de guivernos, y con una única salida bajo el agua?
— Tú quédate aquí si quieres — decido —. Pero es a esto a lo que hemos venido.