Capítulo 9 #2
Encontramos a Gideon en un cementerio cercano, vomitando el contenido de su bolsita de veneno. Nos sentamos entre las lápidas, bajo las ramas caídas de un sauce llorón, y nadie dice nada.
— He oído rumores de que está mal de la cabeza — comento, en la penumbra del anochecer.
— Era como si, tras probar la sangre, no pudiera detenerse — señala Atlas, con gesto sombrío.
— Apuesto a que hay más como él — dice Marquis —. Tiene que haberlos, para que los bolgoriths hayan sido capaces de masacrar a sus propios humanos. A lo mejor están todos locos.
Noto una presión en el estómago, producto de la ansiedad. Aunque logremos encontrar a los guivernos, aunque consigamos comunicar con ellos, ¿cómo van a poder derrotar a los bolgoriths? ¿Y qué será de Britania si no lo consiguen?
Paseo la mirada por las lápidas y los montículos irregulares de tierra donde han excavado nuevas tumbas. Están indicadas con conchas o piedras, y una incluso tiene encima una muñeca de tela empapada. Miro a Gideon.
— Parecen recientes.
Se encoge de hombros.
— Durante un tiempo enterrábamos a los niños, si es que había un cuerpo para enterrar.
—¿Enterrabais?
— El grupo con el que estaba. Pero las muertes acabaron siendo tan frecuentes que empezamos a quemar los cadáveres.
Jasper solo mencionó que había tres grupos en Canna: el suyo, el de Ruth y otro. Así que el de Gideon debía de ser el que tenía como jefe al tipo que atacó a Ruth.
—¿Cuánto tiempo llevabas en Canna antes de ir a Bletchley Park?
— Perdí la noción del tiempo — dice, en voz baja —. Pero no era más que un niño cuando me trajeron aquí.
Oigo el suave piar de los pájaros en sus nidos.
— Deberíamos seguir adelante — propongo.
—¿Ves la iglesia? — dice Gideon, señalando hacia la izquierda, donde se ve una vieja iglesia de piedra a la luz de la luna —. Los Escalones de Piedra están al otro lado de esas colinas. — Señala en la dirección contraria —. No podemos cruzarlos a oscuras.
—¿Quieres decir que se supone que tenemos que quedarnos aquí, esperando a que Krasimir venga a buscarnos, uno por uno? — susurra Serena.
—¿Preferirías caerte y partirte la crisma?
— Pues la verdad es que sí.
Yo me agito en la hierba húmeda, temblando.
— Iremos en cuanto amanezca.
Serena enciende la radio y muy pronto se oye una voz monótona que da una lista de nombres.
«Lucy Cartwright. James Fowler. Rebecca Swiftalon. Joshua Bennett».
—¿Rebeldes desaparecidos? — le pregunto.
— Rebeldes muertos — responde —. Esto es la lista de bajas del día. ¿Entiendes ahora por qué dice Hollingsworth que hay que animar a la gente?
Nos quedamos tendidos en la hierba, contemplando las innumerables estrellas.
A medida que el sonido de la respiración de todos va volviéndose más lento, me pregunto cómo pueden dormir todos ellos con Krasimir tan cerca.
Atlas busca mi mano y me giro, acercándome a él.
La luna desaparece tras una nube, haciendo que la oscuridad sea total.
Alargo la mano, le toco el rostro y recorro el perfil de sus pómulos, su nariz, su barbilla, que pincha con esa barba de tres días.
¿Podría reconocerlo a ciegas, solo tocándolo?
No creo que pudiera, y de pronto se me ocurre pensar que un mes en Bletchley Park no es tiempo suficiente para conocer a una persona.
Aún tengo muchas preguntas sin respuesta.
Por qué decidió estudiar para el sacerdocio.
Por qué se hizo rebelde. Por qué me eligió a mí.
¿Hará la misma elección esta vez?
¿Es egoísta por mi parte desear que así sea?
Me agarra los dedos.
—¿Qué estás haciendo?
— Intento descifrar quién eres.
— Yo también soy un código que hay que descifrar, ¿eh?
— Un verdadero enigma.
Hunde el rostro en mi cabello y yo cierro los ojos. Se oyen chillidos lejanos, al otro lado de la isla, mientras yo intento decidir qué es lo que siento por Atlas. ¿Es amor? ¿O una obsesión? ¿O simplemente las ganas de tener a alguien a quien agarrarme bajo este cielo lleno de dragones?
El frío aire de la mañana me despierta, colándose por el cuello de mi casaca y anquilosándome las articulaciones.
Atlas se ha ido. Levanto la cabeza y busco con la mirada por el cementerio hasta que lo veo en otro campo, sentado junto a un arroyo.
Está mirando al cielo, aparentemente concentrado en sus pensamientos.
Los primeros rayos del sol asoman por el horizonte cuando subimos a las colinas; el estómago nos ruge de hambre.
—¿Qué hacías solo en ese campo esta mañana? — le pregunto a Atlas.
— Rezar — dice él —. ¿Por qué?
Me encojo de hombros, fingiendo que me da igual.
— Pensaba que habías decidido no ser sacerdote.
Atlas se ríe.
— No hace falta ser sacerdote para tener una relación con Dios, Viv.
— Bien — respondo, mirándolo por debajo de las pestañas —. Porque la golondrina que llevas en el brazo te queda mucho mejor que el alzacuellos.
Sonríe, pero solo con la boca, no con los ojos. Mi intento de flirteo de pronto me parece ridículo. Noto que me arden las mejillas. ¿Qué me está pasando?
De pronto veo un destello blanco: un pájaro que se lanza en picado hacia nosotros.
—¡Malditos skuas! — exclama Gideon, agitando los brazos para defenderse.
—¿Skuas?
El pájaro se lanza de nuevo contra él mientras mete las manos en un nido entre la hierba y saca un huevo.
— El desayuno — dice, pasándomelo.
Me quedo mirando el huevo marrón que tengo en la palma de la mano.
— Solo los fríos — le indica Gideon a Marquis, mientras mete la mano en otro nido —. Si están templados, probablemente haya pollos dentro.
La ladera está llena de nidos de estos grandes pájaros.
— Yo no voy a comerme un huevo crudo — protesta Serena.
— Pues vas a pasar hambre — responde Gideon.
Casca el huevo contra una roca y se echa en la boca la yema, grasienta y viscosa.
Yo le entrego mi huevo a Atlas, y niego con la cabeza con una mueca de asco.
Seguimos caminando, ascendiendo bajo el sol, hasta que la ladera da paso a un acantilado que cae en vertical frente al mar.
Veo esmerejones, orquídeas y mariposas sátiro, especies cuyos nombres conozco únicamente gracias al diario de Clawtail.
—¿Eso son frailecillos? — pregunta Atlas.
Los pájaros blancos y negros van del acantilado al mar y del mar al acantilado sin parar, con el pico anaranjado lleno de pequeños peces plateados.
— Clawtail escribió que a los guivernos de las Hébridas les gustan mucho los frailecillos. Quizá eso signifique que estamos acercándonos.
Muy pronto el paisaje cambia de nuevo. Los acantilados empiezan a perder altura, de modo que cada vez tenemos el mar más cerca, y veo algo sobrevolando los espumarajos de las olas.
— Un guiverno — le digo a Atlas.
— Una vez oí que el monstruo del lago Ness es en realidad un guiverno que se hartó de tener que tratar con los malcarados escoceses y se retiró para siempre a un lago — dice él.
—¿No suele decirse que los escoceses son tan amables y nobles? — apunta Serena —. Por algo será si aquí es donde hay más rebeldes.
— Eso me parece a mí — comenta Marquis —. Fijaos en Karim.
Lo miro y sonrío, entristecida. El novio escocés de Marquis es el chico más dulce que conozco.
— Los Escalones de Piedra — anuncia Gideon.
La ladera da paso a un enorme valle, kilómetros de colinas verdes surcadas por arroyos y salpicadas de restos de antiguos muros de piedra y roca volcánica. Canna sería un lugar precioso de no ser un comedero para dragones.
—¿Cómo se supone que vamos a encontrar los túneles de los dragones desde aquí arriba?
— pregunta Marquis, mientras le da una calada a su cigarrillo —.
Chumana habría podido usar la ecolocalización, pero yo diría que ahora mismo no está para que le pidamos favores, ¿no, primita? — añade, y me guiña un ojo.
«Usar la ecolocalización».
Con un subidón de energía, saco la máquina locuisonus de su funda.
— Los guivernos deben usar la ecolocalización bajo tierra, ¿no? Si bajamos la locuisonus hasta los Escalones de Piedra, puedo escuchar y determinar dónde se oyen más fuerte las llamadas. Quizá podamos seguir el sonido hasta encontrarlos.
— Brillante — exclama Atlas, con el rostro iluminado —. Eres brillante.
Me hincho de orgullo. Para mí es como una adicción, que se fije tanto en mí.
— Habrá interferencias — objeta Gideon —. De los otros dragones de Canna.
Asiento.
— Podemos intentar evitar eso yendo al punto más bajo del valle.
— Pues habrá que buscar un río — sugiere Marquis —. En el fondo de un valle siempre suele haber uno, o al menos un arroyo.
— Ahí — dice Serena, señalando una larga línea azul con agua.
Iniciamos el descenso hacia el río, con el sol calentándonos la espalda.
— Deja que te ayude — dice Atlas.
Sin esperar a que responda, agarra la máquina locuisonus y, al hacerlo, me roza los dedos.
Deja la máquina en el suelo y aprovecho para contarle los lunares del rostro.
Luego se agacha para conectar los auriculares.
«¿Y si decide hacerse sacerdote?», pienso de pronto.
Aún podría cambiar de opinión. ¿Qué seríamos entonces?
¿Extraños? ¿Amantes? ¿Amigos que se besan junto a un árbol de vez en cuando? Por supuesto que no.
No. Él no lo permitiría.
Atlas King nunca aceptaría tomar mi cuerpo sin tomar mi alma.
Le quito los auriculares de la mano y me siento junto al agua para escuchar. Los oídos se me llenan de clics y trinos de dragones, todos igual de intensos. Meneo la cabeza y me pongo en pie, siguiendo la corriente con la máquina a cuestas.
Cierro los ojos y el ritmo de mis latidos disminuye. Dejo que mi mente busque las llamadas que reconoce, y que luego siga las que no reconoce. Las que no he oído nunca.
—¿Qué se siente? — dice Atlas —. Al entenderlos, quiero decir.
No abro los ojos.