Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Salimos del bosque en la dirección que nos indica Gideon, y seguimos caminando por los campos en pendiente hasta llegar al otro lado de la isla.

—«La Golondrina está en movimiento, armada con el mejor arsenal de la Coalición y del espíritu de la rebelión».

No puedo evitar sonrojarme. Me giro hacia Serena, que le habla a su transmisor con una gran sonrisa en el rostro.

«El campo de batalla cambia constantemente: una capital destrozada por la guerra un día y una hoja de códigos al día siguiente.

Esta es una guerra de idiomas, ¿y qué son los idiomas si no un código secreto?

Pero tened claro, pueblo de Britania, que cada código tiene su vulnerabilidad.

Y para la Golondrina y los reclutas de Bletchley Park, la guerra de Wyvernmire no es más que otro código que descifrar».

Apaga el micrófono y me guiña un ojo.

— Hay que levantar los ánimos del pueblo, Featherswallow, y no voy a darte a ti todo el mérito.

Y acelera el paso hacia los demás.

— Apuesto a que se quedó extasiada cuando Hollingsworth le dio esa radio — murmuro.

Atlas me mira.

— No seas dura con ella, Viv. Hace lo que puede, a pesar de todo.

Frunzo el ceño

—¿A pesar de qué?

— Sus padres — dice Atlas, en voz baja —. Wyvernmire hizo que los mataran.

Me freno en seco.

— La primera ministra intentará hacer daño a los rebeldes de todas las formas posibles — añade, muy serio.

Fijo la vista en la espalda de Serena. Suspendió el Examen y se negó a casarse con el pretendiente de primera clase que le encontraron sus padres, así que la enviaron a Bletchley Park. Ni siquiera habrá tenido ocasión de despedirse de ellos.

Un grupo de pajarillos revolotean sobre nuestras cabezas, disfrutando de los últimos rayos de luz del día.

— Vuelven cada primavera, pero este año llegan tarde — oigo que Gideon le dice a Marquis.

Veo las colas bifurcadas de los pájaros y me doy cuenta de lo que son.

— Solo tú podías hacer que volvieran las golondrinas — dice Atlas en voz baja.

El corazón me da un brinco al sentir que me agarra la mano, no para salvarme del ataque de un dragón o de un guardia de la paz, sino simplemente porque quiere. Nos quedamos algo rezagados, y siento que mi mano va calentándose al contacto con la suya.

—¿Puedes creerte que estemos aquí? — comento —. ¿Buscando dragones juntos?

Me besa, y sus labios son como seda caliente.

¿Cuántas veces soñé con poder volver a hacer esto, estando en la fría y oscura fábrica de azúcar?

Recuerdo cómo oía su voz en sueños, cómo deseaba mi cuerpo un último abrazo suyo.

Le devuelvo el beso, rodeándole el cuello con los brazos mientras las golondrinas revolotean sobre nuestras cabezas, y lo noto tenso.

—¿Qué pasa?

Él menea la cabeza, se pasa una mano por el rostro y me mira, con una sonrisa fatigada.

— Nada.

— Es el sacerdocio, ¿no? — le digo —. Atlas, si tienes dudas no pasa nada. En Bletchley Park, cuando me dijiste que ya no estabas seguro de si querías seguir siendo sacerdote... — Bajo la vista y la fijo en mis botas —. La gente dice todo tipo de cosas cuando está a punto de estallar la guerra.

Me envuelve la cara con las manos y me levanta la barbilla.

— Lo decía de verdad. — La duda sigue presente en su rostro —. Pero tienes razón en que no es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Y no puedo ser sacerdote y besarte como te besé en el campamento de Jasper.

Me ruborizo al pensar en ello. Estoy seguro de que lo ha dicho para animarme, pero aun así no intento forzar una sonrisa.

Acabo de recuperar a Atlas y ahora algo amenaza con apartarlo de mí otra vez.

Un poco más adelante, los otros se han detenido, frente a un campo rodeado de verdes colinas.

Gideon se deja caer al suelo y de pronto veo de qué se oculta.

Ocho dragones enormes.

— Oh — murmuro, conteniendo el aliento. Atlas se ha quedado inmóvil.

Marquis está paralizado. Se gira a mirarnos, atenazado por el pánico. No hay nada más que un árbol entre nosotros y los dragones.

— Vuelve — le apremio —. Ve...

— No — susurra Atlas —. Nos verán.

— Entonces a ese árbol — propongo, mientras la adrenalina me tensa todos los músculos del cuerpo.

Tengo que contenerme para no salir corriendo. El tiempo que tardamos en cruzar el espacio que nos separa del árbol me parece una eternidad. Llegamos junto a los otros y presiono el cuerpo contra el tronco, intentando no hacer ruido al respirar.

—¿Qué están haciendo? — susurra Serena.

Hay tres dragones del oeste, dos dragones de las arenas, dos ddraig gochs y un dragón plateado. Estamos tan cerca que puedo ver el brillo de sus escamas al reflejar la luz dorada del atardecer.

— Ignacia sigue escondida — dice el dragón plateado en wyrmerio —. Entre nosotros, los rebeldes y los búlgaros, hemos dejado Londres arrasada. Y aún no se ha dignado a emprender el vuelo.

Es un macho joven, probablemente no tendrá ni cincuenta años.

— Su majestad se está tomando su tiempo — responde uno de los ddraig gochs —. Ninguna alianza le va a parecer bien.

— Eso es porque ella quiere la paz de verdad — ruge un dragón de las arenas —. Y no hay nadie en esta guerra que se la pueda ofrecer.

— No es cierto — murmuro yo entre dientes —. Los rebeldes queremos paz.

— No es la paz que busca ella — responde Gideon.

Me lo quedo mirando. No sabía que hablara wyrmerio.

— La reina no tiene ganas de perder los privilegios secretos de los que ha disfrutado siempre — replica un dragón del oeste de voz ronca —. Quiere conservar sus libertades, sus pactos, su cuota de crías de humanos como forraje.

— Entonces su paz no es aplicable a todos — afirma el dragón plateado.

Los dos ddraig gochs sueltan unos rugidos que me hielan la sangre.

—¡Traición! — brama uno de ellos —. Fueron los humanos los que traicionaron a su majestad, y ahora...

Un chillido agudo atraviesa el aire. Debe de ser de alta frecuencia, porque estoy segura de haberlo sentido en el cuerpo, en los huesos.

Un dragón inmenso aparece en el cielo, por encima de las copas de los árboles, negro como el humo de dragón.

Y tras ellos, en perfecta formación, un grupo de bolgoriths negros y rojos.

—¿Goranov? — susurra Serena.

Una sensación de terror infinito me oprime el pecho. Ese dragón es más grande que Goranov. Niego con la cabeza.

— Krasimir.

El hermano de Goranov sobrevuela el campo en círculos y los dragones reunidos en tierra alzan la mirada. Veo pasar conejos que salen corriendo por entre la hierba alta. De pronto uno de los dragones británicos suelta un grito de advertencia, y Krasimir inicia el descenso.

—¡Corred!

Todos los músculos del cuerpo se me contraen al oír el grito de Gideon. Me giro, lo veo congestionado, y siento la sangre que me bulle en las venas. Va a conseguir que nos vean.

—¡Corred, corred! — vuelve a gritar.

Sale corriendo de detrás del árbol y a punto estoy de seguirle. El regio búlgaro planea, cada vez más cerca. Gideon va a morir. Las piernas me tiemblan.

Pero Krasimir se acerca con calma, deslizándose con suavidad por el aire con sus alas extendidas, que son como velas negras.

Gideon ya ha desaparecido entre el sotobosque antes incluso de que el hermano de Goranov inicie el descenso.

Krasimir debe de haberlo visto. Su falta de interés es inquietante.

—¿Qué es eso que lleva en el cuerpo? — susurra Marquis.

Lo miro y me quedo hipnotizada.

— Gemas. Los dragones búlgaros llevan...

Pero no acabo la frase. Lo que estoy viendo no parece una joya.

Krasimir está ya casi en el suelo, y me doy cuenta de que lo que lleva incrustado en el pecho no es una piedra preciosa.

Es otra cosa. Me llevo una mano a la boca.

Las escamas del pecho de Krasimir están cortadas, y en su lugar hay unas anillas de hierro de las que cuelgan la garra cortada de un dragón y un pie humano.

De otra anilla cuelga una cadena con una serie de colmillos afilados y amarillentos.

Y varias de sus púas están decoradas con las bolsas de veneno vacías de los niños de Canna.

Marquis se agacha a mi lado.

—¿Ves esos árboles de ahí?

No puedo apartar la vista de Krasimir, pero oigo la congoja en la voz de mi primo.

— Corre hacia allí y no mires atrás.

Pero yo ya no puedo controlar las piernas.

Me tambaleo ante el macabro espectáculo que estamos contemplando, justo en el momento en que Krasimir extiende las garras.

Los dragones se giran para plantar cara a su atacante y escupen llamas, pero él no aterriza.

Da un quiebro brusco, corrigiendo la posición para poder atacar desde atrás.

Sus colmillos atraviesan el cráneo del dragón plateado, que ni siquiera puede chillar.

Los otros dragones se elevan para contraatacar, y un concierto de terribles rugidos se extiende por el aire.

El ejército de Krasimir mantiene las distancias, pero él se gira hacia sus rivales.

Los dos dragones de las arenas atacan, pero el primero es alcanzado en pleno vuelo por un latigazo de la cola de Krasimir.

El segundo hace un requiebro cuando Krasimir le clava los dientes en una pata delantera, dislocándole el hombro.

Cuando los otros dragones se lanzan sobre él, Krasimir se abre paso entre ellos desplazándolos como si fueran simples pajarillos.

Me giro hacia mis amigos. Mis movimientos son torpes, como si me hubieran drogado.

Todos los dragones están muertos, pero eso no frena a Krasimir.

Se gira, con la boca chorreando sangre, como la macabra caricatura de un monstruo, y se lanza a por un bolgorith.

Luchan apenas unos segundos hasta que le parte el cuello, y luego va a por los otros, como un perro rabioso.

— Está... ¿está matando a sus propias tropas? — dice Serena.

— Corred — grita Atlas —. ¡Ahora!

Corro, tan aterrada que no puedo girarme a mirar hacia atrás. Krasimir podría estar justo detrás, a punto de clavarme las garras en la espalda, pero en mi mente no queda espacio para pensar en eso. Todas mis células me gritan para que me concentre en sobrevivir.