Capítulo 8 #3
—¿Un dragón del oeste camuflado? — suspiro, poniéndome en pie. Menuda suerte.
—¿Suerte? — replica Marquis, socarrón —. Es un milagro. — Y luego se gira hacia Atlas —. ¿Qué demonios estabas pensando? Ralph iba a dejarnos salir igualmente.
— No podemos permitir que la locuisonus caiga en malas manos — responde Atlas, sin alterarse.
— No habría importado, Atlas — le digo, con voz suave —. Esta locuisonus no tiene circuito de salida, así que Wyvernmire no puede usarla para...
— Callaos, todos — exclama Gideon, alzando la vista en dirección al dragón del oeste —. Podría oírnos.
Se hace un silencio tenso.
— Lo único que sabemos — expone Marquis, susurrando — es que los guivernos son tuneladores. Eso significa que los encontraremos..., bueno, no sé..., quizá el año que viene.
Serena suelta un gruñido de desesperación. No me había dado cuenta de que seguía sentada en el suelo, agarrándose el brazo.
—¿Estás herida?
— Creo que me han disparado — responde, con una mueca de dolor, y se me hace un nudo en el estómago.
Marquis se lanza al suelo, a su lado. Ella se levanta la manga y nos muestra una pequeña herida circular, una abertura lo suficientemente profunda como para requerir puntos.
—¿La bala sigue dentro? — pregunta Atlas, sacando el equipo de su bolsa.
Marquis asiente y agarra las vendas y la botella de alcohol.
Serena hace una mueca de dolor.
—¿Necesitaré una operación?
— En esta isla yo he visto a niños disparándose unos a otros — dice Gideon —. Creedme, no hace falta que hurguéis en busca de esa bala. Más vale dejarla donde está.
— Pero la herida se infectará si no se cierra — señala Atlas —. Serena, vas a tener que volver a Eigg a que te curen.
Serena suelta un gemido en el momento en que Marquis le echa alcohol sobre la herida. Luego se la venda.
— No — responde ella, temblorosa —. No voy a pasarme las semanas más decisivas de la guerra en la cama de un hospital. Echa mano de su bolsa y saca un pequeño vial de líquido naranja —. No me mires así, Marquis. Todos tenemos uno.
—¿Dracólico? — exclamo, incrédula —. ¿Los rebeldes os dieron dracólico?
El dracólico es la medicina que le salvó la vida a Atlas. El Acuerdo de Paz prohibió su uso, y solo se vende en el mercado negro. Se hace con sangre de dragones vivos.
— Son existencias de los hospitales de primera clase que saquearon — explica Serena —. Los rebeldes no apoyan la elaboración de dracólico, pero no podemos desperdiciar el que ya se ha hecho. Podría salvar vidas rebeldes.
— Me pregunto qué pensarán de todo eso los dragones rebeldes — digo yo.
Serena quita el tapón al vial y se bebe el líquido.
— Serena tiene razón — comenta Atlas, muy serio —. No podemos permitirnos perderla ahora, y con el dracólico mañana esa herida ya estará cerrada.
— Yo preferiría sufrir el ataque de un dragón que tener que ingerir esa porquería — dice Marquis.
— Bueno, si no se me cura el brazo, los bolgoriths olerán la sangre y se encargarán de que tu deseo se cumpla — replica Serena.
— Contaríamos con la protección de una bolgorith si no fuera por la bocazas de Viv — murmura Gideon.
— Una mirada de Chumana y pierdes el sentido, ¿eh, Gideon? — responde Marquis.
— Callaos — digo yo —. Mirad.
Algo negro se acerca por el aire. Tiene el tamaño de un cuervo grande, solo que con una cola muy larga, y lleva algo voluminoso entre las garras.
— Un dracovol.
El dracovol no aterriza. En lugar de eso se dirige hacia Gideon, que le grita y se lo quita de encima con las manos.
—¡Para ya, idiota! — le grito.
El dracovol deja caer un paquete a los pies de Gideon, y se va de inmediato.
—¿A ti qué te pasa? — le regaño.
— Pensaba que iba a atacarme — murmura Gideon.
—¿Sueles recibir muchos ataques del servicio postal, Gideon? — comenta Marquis, burlón.
— Espera — dice Atlas, viendo que Gideon se arrodilla para recoger el paquete —. Podría ser cualquier cosa.
Nos quedamos mirando el paquete. Es grande, y está envuelto en papel marrón. Gideon abre los ojos como platos.
—¿Creéis que podría ser una bomba?
— La persona que lo ha enviado tendría que estar en posesión de algún objeto personal de Gideon para mostrarle el olor al dracovol — señalo —. No has estado tomando el té con Wyvernmire últimamente, ¿verdad, Gideon?
Él niega con la cabeza y arranca el papel marrón. Deja caer los hombros, desconcertado.
— Es un libro.
Miro por encima de su hombro y de pronto me doy cuenta de que reconozco lo que veo. No es un libro.
—¡Es un diario! — exclamo —. El diario de Clawtail. Debe de haberlo enviado Hollingsworth.
—¿Pero por qué me lo ha enviado a mí? — pregunta él, frunciendo el ceño.
Hojeo el diario, algo más aliviada. A pesar de ser una mentirosa, Hollingsworth no me ha abandonado del todo. De entre las páginas sale un trozo de papel. Tiro de él.
Unos dragones de Eigg me informan de que los amigos de Clawtail tienen cierto interés en el gorjeo de tipo 20. Si caminas en línea recta desde el trino de tipo 30 con el colorista chillido de tipo 2 hacia el lado de la isla que da a Skye, quizá los encuentres.
Buena suerte,
Dra. Seymour.
—¿Doctora Seymour?
Gideon se encoge de hombros.
— Me alojé en una habitación de Eigg. Debe de haber cogido algo para que lo oliera el dracovol, dado que no tenía nada tuyo.
— Qué tonta he sido al pensar que podría ser la rectora quien nos ayudara — murmuro, entre dientes. Miro a Gideon —. ¿Recuerdas qué significa el gorjeo de tipo 20?
Inclina la cabeza, pensativo, mientras los otros nos miran.
—¿Está usando las llamadas de ecolocalización como código? — pregunta Atlas.
Yo asiento, recordando el tiempo pasado en el invernadero, antes de que destruyéramos todas las traducciones que habíamos hecho de las llamadas de ecolocalización usadas por los dragones.
—¿Eran los asuntos de los hombres? — sugiere Gideon —. ¿Los guivernos tienen algún interés en los asuntos de los hombres?
— No eran asuntos — digo yo —. Edificios.
¿No recuerdas que una vez Soresten mandó una patrulla a vigilar todos los edificios de Bletchley Park?
Usó un gorjeo de tipo 20, estoy segura. — Releo la nota otra vez —.
Y un trino de tipo 30 significa «iglesia».
En el pueblo de Bletchley había dos. — Miro a Atlas —. ¿Pero en Canna hay iglesias?
— De hecho hay tres — responde Gideon —. Un chillido de tipo 2 significa «cristal». Así es como los dragones de Bletchley solían referirse al invernadero. Solo una de las iglesias de Canna tiene vitrales. Está a unos kilómetros de aquí.
Echo un vistazo a las páginas en las que estaba encajada la nota.
En ellas Clawtail había dibujado un mapa de Canna, un mapa que yo misma había estudiado innumerables veces en Londres.
Localizo una cruz minúscula. Justo enfrente, en el lado de la isla que da a Skye, no hay nada más que colinas y río.
— Eso son los Escalones de Piedra — dice Gideon, señalando el punto en el mapa —. Se usa como punto de anidación alternativo a Rùm. Es más tranquilo.
— Entonces los guivernos podrían estar allí.
Asiente.
— No está mal todo lo que sabes sobre dragones, Gideon, con el miedo que te dan — comenta Serena.
—¿Estás diciendo que a ti no? — le respondo yo.
Meto el diario en la bolsa de Marquis y cojo la máquina locuisonus de manos de Atlas.
— Colgaos las bolsitas de veneno al cuello — dice Serena —. Si notáis movimiento por encima, no alcéis la vista. Simplemente corred.
— No sabe de lo que habla — comenta Gideon —. Si notas movimiento por encima, ya estás muerto.