Capítulo 8 #2
Las acuarelas de los guivernos de las Hébridas son mucho más detalladas que los dibujos del diario de Clawtail.
Yo he visto guivernos de manchas verdes, y mamá me habló de los guivernos araña del Lejano Oriente, pero nunca había visto guivernos como estos.
Son de un color azul plomizo, caminan sobre dos patas y tienen alas en el lugar donde un dragón tendría las patas anteriores.
Las alas están cubiertas de plumas de tonos azules y blancos, por lo que parecen aves gigantes, pero de las alas les salen un par de miembros con cuatro garras curvadas, de las cuales la segunda es el triple de grande que las demás.
Pero es el rostro de los guivernos lo que más me llama la atención. Tienen el morro más redondeado que la mayoría de los dragones, y los ojos sorprendentemente grandes y azules como el huevo de un mirlo, lo que les da un aspecto delicado, casi dócil.
—¿Eso qué es? — pregunta Gideon.
En uno de los dibujos aparecen unos cuantos objetos de pequeño tamaño a los pies de uno de los guivernos. Me acerco y distingo una piedra pulida, una pluma estilográfica y un ovillo de lana de color intenso.
— A lo mejor les gusta recoger cosas llamativas — sugiere Serena.
—¿Como a ti, quieres decir? — responde Gideon, con los ojos puestos en el clip plateado que lleva Serena en el cabello.
Ella levanta una ceja.
— Como a las urracas.
— Como a los bolgoriths — añado yo —. Pero nada de todo esto nos ayudará a encontrarlos.
Me acerco al escritorio y me pongo a hurgar en los cajones, cada vez más frustrada. Saco un pisapapeles, un viejo juguete de cuerda y una botella de whisky abandonada mucho tiempo atrás.
— Eso me lo quedaré yo, si no te importa — dice Marquis, quitándome la botella. Se gira y mira alrededor —. ¿Dónde está Atlas?
Me encojo de hombros y me siento en la silla.
El diario describe las prácticas de vuelo de los guivernos, cómo cazan ovejas para aprovechar su carne y su lana, las ceremonias en que se ponen nombre y sus funerales.
Pero todas esas cosas podrían estar ocurriendo en cualquier sitio del otro extremo de la isla.
Se oye un golpetazo que resuena en toda la casa y el suelo vibra bajo nuestros pies. Doy un respingo y veo que los otros miran alrededor, alarmados. Es un sonido que todos conocemos bien, y ahora, al oírlo, me produce un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.
Es el sonido de un dragón al aterrizar.
—¡Mierda! — exclama Gideon, apartándose de la ventana.
— Vienen guardias por el camino.
— Las escaleras — digo yo, con la voz convertida en apenas un murmullo —. Rápido.
Hago una pausa junto a la ventana, asegurándome de esconderme tras la cortina.
En el camino, más allá del jardín, destaca la mole negra de Goranov.
Y con él va Ralph. Agarro la cortina con fuerza y me acerco más al cristal.
Están hablando, uno al lado del otro, Goranov agachando su enorme cabezota para situarla justo por encima de la de Ralph.
La lengua roja del dragón asoma por entre sus dientes y con la punta le roza a Ralph la frente, el pelo y el cuello.
Ralph se queda rígido, incapaz de moverse del miedo. Y sin embargo le permite que lo toque.
Que lo saboree.
Siento náuseas.
—¡Viv!
Marquis me hace señales desde la puerta, y echo a correr hacia él.
Subo las escaleras a toda prisa, siguiendo a los otros.
¿Dónde está Atlas? La madera podrida de uno de los escalones cede bajo el peso de mi pie y casi se me escapa un grito.
Cuando llegamos al primer dormitorio, oigo a los guardias tirando al suelo de una patada lo que queda de la puerta de entrada.
Marquis levanta una de las grandes cortinas polvorientas y les hace un gesto a Serena y a Gideon para que se escondan detrás.
—¡Viv, bajo la cama! — me ordena, al tiempo que él se esconde detrás de la puerta.
Camino hasta la cama intentando hacer el mínimo ruido posible y luego me agacho para meterme debajo. Pero está lleno de cajas. Siento un nudo en el estómago: los pasos se acercan por las escaleras.
—¡Viv! — exclama Marquis, susurrando.
Salgo al rellano y abro la primera puerta que veo.
Otro dormitorio. Esta es la habitación de un bebé.
No hay cama, solo una cunita, un caballo balancín y un armario.
Me meto dentro, y cierro la puerta justo en el momento en que se abre la de la habitación.
Me agacho, incómoda, entre la ropa, que huele a moho, sintiendo el contacto de las telas de araña en el rostro.
Oigo el crujido de los tablones del suelo y contengo la respiración todo lo que puedo, mirando por la rendija entre las puertas.
Ralph está escrutando la habitación, con el ceño fruncido.
Da un paso hacia el armario. Yo me encojo para esconderme tras la ropa.
Las perchas tintinean al contacto con la barra de hierro.
Mierda.
Ralph sonríe. Abre la puerta de golpe y me saca del armario.
— Te encontré, pequeña golondrina — dice, con socarronería —. ¿Dónde la tienes?
Los ojos se me van a la locuisonus, que he metido en el armario. Ralph agarra con fuerza mi casaca con una mano mientras saca la máquina con la otra. Se oyen pasos decididos en el rellano.
— Aquí no hay nada — grita alguien —. Estarán ya corriendo por la colina.
Miro fijamente a Ralph mientras los guardias bajan por las escaleras.
—¿No vas a llamarlos? — susurro.
— No. — Me entrega la máquina locuisonus —. Goranov está cerca. Quiero que lo escuches. Ahora.
Vacilo un momento, y él arruga el gesto.
— Hazlo.
Saco la máquina locuisonus de su funda y la pongo en el suelo, me arrodillo a su lado.
— Tienes razón en no confiar en él, Ralph — le digo, en voz baja —. Cuando ya no te necesite te matará.
— No sabes de lo que estás hablando — responde él —. Goranov siempre me necesitará.
—¿Por qué?
Levanta la pistola y me apunta.
— Enciende la máquina.
Acciono el interruptor y me pongo los auriculares. Los clics y gorjeos del koinamens me invaden los oídos.
— No sé cuál de ellos es Goranov. Lo que me estás pidiendo es imposible.
— Tú escucha cualquier llamada que reconozcas — me ordena —. Dime lo que oyes.
— Algo sobre presas — le digo, concentrándome en los sonidos —. Hay un trino de tipo 42... Creo que eso significaba «extraño», o quizá «foráneo». Y luego... algo sobre fuerzas, o aviones, o...
La puerta se abre de repente detrás de Ralph y él se gira de golpe, levantando la pistola.
— Aléjate de ella — le ordena Atlas.
Me quito los auriculares de los oídos.
— Da un solo paso más, King — le espeta Ralph —, y volveré a dispararte.
Siento que me quedo pálida. A ambos lados de Atlas, Serena y Marquis también apuntan a Ralph con sus pistolas. Me pongo en pie, con la máquina locuisonus entre los brazos.
— Quédate donde estás — me grita Ralph, sin quitarle el ojo a Atlas.
— Viv, camina hacia mí — dice Atlas.
Ralph mueve la pistola y me apunta con ella. Atlas tensa la mandíbula.
— Quédate la máquina, Wyvernmire — propone Marquis —. Solo queremos a Viv.
— La máquina no vale de nada sin ella — replica Ralph.
Noto las gotas de sudor sobre la piel. Sé que Ralph es perfectamente capaz de disparar.
Meto la máquina en su funda.
— Andronikos te ayudará — le digo, entregándosela —. Llévatela, y déjanos marchar.
—¡No! — exclama Atlas —. No se la des.
—¿A ti qué te pasa? — pregunta Marquis. Luego me mira —. ¡Deja la máquina, no tenemos tiempo para esto!
Dejo la locuisonus a los pies de Ralph y camino lentamente hacia los otros. Ralph no me disparará si cree que soy la única que puede traducirle el koinamens, pero aun así Marquis no baja la pistola.
— Ahora vamos a cerrar la puerta — le dice Serena a Ralph, cuando llego a su altura.
Salgo al pasillo, donde espera Gideon.
— Uno — dice Serena.
Marquis sigue apuntando a Ralph.
— Dos.
Ralph frunce el ceño.
— Tres.
Atlas se lanza hacia el interior de la habitación con el brazo alargado. Ralph suelta un grito y dispara, pero la bala acaba en un hueco en la pared.
—¡Atlas! — grita Marquis.
Atlas retrocede hacia nosotros, trastabillando, con la máquina locuisonus colgada del hombro.
Vamos corriendo hacia la escalera y bajamos prácticamente resbalando por los escalones.
Apenas soy consciente de la presencia de los demás a mis espaldas, pero Ralph vuelve a disparar y de pronto siento el contacto de la hierba bajo los pies.
Un grupo de guardias con trajes blancos se giran hacia nosotros mientras emprendemos la huida por el camino del jardín hacia los campos, y Serena suelta un chillido al oír el zumbido de las balas, que arrancan briznas de hierba del suelo.
Subimos por la ladera, dispersando las ovejas que encontramos a nuestro paso, y la pendiente se va poblando de cardos y helechos.
— No podremos escapar — exclama Gideon, jadeando.
Nos encontramos con otro rebaño de ovejas, y Atlas me agarra de la mano.
Cuando me giro a mirar por encima del hombro, veo que el rebaño se ha movido, de forma que los guardias tienen que pasar justo por en medio.
Eso les frena, al tener que esquivar a cada uno de los animales.
De pronto veo un brillo azul entre la lana blanca de las ovejas.
Unas alas se abren paso por entre el rebaño, y un joven dragón del oeste sale de su escondrijo, agarrando al primer guardia con un bocado violento.
Veo cómo se le quiebra el cuerpo entre las fauces del dragón, mientras las garras revientan el uniforme de otro guardia y atraviesan su chaleco antibalas como si fuera de gasa.
El suelo se hunde bajo mis pies y de pronto caemos por un terraplén.
Sigo agarrada a la mano de Atlas. Al impactar contra el fondo siento un dolor que se me extiende por todo el cuerpo.
Escupo un puñado de hojas y levanto la vista.
Atlas y Serena están a mi lado y Marquis y Gideon están bajando por la ladera, hacia el bosque en el que hemos aterrizado.
En lo alto de la colina se oyen los rugidos del dragón del oeste.