Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 8
31%

Capítulo 8

El corazón se me para en el pecho.

—¡Soltad el cebo!

El grito viene de algo más allá, en los acantilados.

Veo a varias de las chicas corriendo hacia nosotros y, tras ellas, chillando, viene una piara de cerdos de piel marrón.

El campamento de Ruth se convierte en un hervidero, los libros caen al suelo y las chicas se ponen todas en pie, en una coreografía ensayada.

—¡Todas a los túneles! — grita Ruth.

Una sombra se extiende sobre nosotros, tapando el sol.

Siento los pelos de punta. El vientre del dragón es de un amarillo intenso, y gotea agua.

Con las alas, cuyos pliegues internos son de un marrón claro, cubre todo el acantilado.

De pronto suelta una llamarada en pleno vuelo.

Atlas me agarra la mano y siento el calor abrasador en la piel mientras corremos hacia la entrada del sistema de túneles de Ruth, golpeando la tierra con los pies al correr, rodeados de chicas.

Sé que Marquis y Serena nos siguen, pero he perdido de vista a Gideon.

¿Y qué habrá sido de las chicas que estaban en el agua?

Cuando llegamos al acantilado la cabeza me da vueltas, y los chillidos me resuenan en los oídos.

Miro por encima del hombro. El dragón vuela bajo, siguiéndonos, y tenemos su cabeza tan cerca que me tapa la vista del mar.

Tiene unos finos tentáculos alargados que le cuelgan de la nariz: un dragón de las arenas.

Y ha encontrado su presa. Una chica sola, con el rostro congestionado y la piel de oveja hecha jirones.

Sigue corriendo desde la playa hacia el acantilado, pero en el momento en que nuestras miradas se cruzan frena un poco y echa mano de algo que le cuelga del cuello.

Una bolsita, igual que las que llevaban todos en el campamento de Jasper.

La abre con los dedos, echa la cabeza atrás y se vierte el contenido en la boca.

Me quedo inmóvil.

El dragón abre sus fauces al llegar junto a ella y...

El ojo izquierdo le explota en un chorro de sangre y tejido. Un chillido agónico resuena por el acantilado. El dragón da un bandazo en el aire y al momento veo una flecha que cae al suelo.

—¡Viv! — grita Atlas.

A sus espaldas está el paso al interior del acantilado, el acceso a la seguridad. Ruth está allí de pie, con la ballesta en la mano. Lanza un segundo disparo. El dragón desaparece detrás del acantilado. Justo en ese momento, Atlas me agarra del abrigo y tira de mí hacia la oscuridad.

Esperamos en silencio, y lo único que oímos son los chillidos de las gaviotas a lo lejos.

—¿Se ha ido? — susurro.

Miro hacia fuera, por encima del hombro de Ruth.

— Se ha ido — confirma.

Con un movimiento lento, deja la ballesta en el suelo y se acerca a la chica que ha estado a punto de morir devorada.

Ha caído de rodillas al suelo y veo que le tiemblan los hombros con el llanto.

Ruth le apoya una mano en la espalda para tranquilizarla.

Pero luego le levanta la cabeza y le mete los dedos en la garganta.

Yo doy un paso atrás, sorprendida, y Atlas exclama:

–¡Qué narices...!

El contacto de los dedos le provoca arcadas, y la chica vomita sobre la hierba. Ruth nos indica con un gesto que salgamos.

— Eso no era un dragón búlgaro — observa Atlas, mientras las chicas rodean la escena, abrazando y consolando a la que ha estado a punto de convertirse en presa del dragón.

— No — dice Ruth —. Lo llamamos Sargo. Es uno de los de Ignacia, y parece que le gusta nuestro sabor. Solo que da la impresión de que ha perdido la práctica.

—¿Qué es lo que has comido? — le pregunto a la chica, señalando la bolsita que lleva colgada al cuello.

— Bayas de enebro — dice ella, aún temblando.

— Bolsitas de veneno — añade Ruth —. Una de ellas basta para que un dragón británico muera al momento, si devora a alguien que se las haya comido.

El enebro no es tóxico para los humanos, pero puede hacer que pasemos varios días enfermos.

Las bolsitas tienen función disuasoria. Muchos de ellos se han dado cuenta de que así, si nos matan, mueren, pero Sargo no es el más listo de la clase.

—¿Y solo valen para los dragones británicos?

Ruth echa una mirada al cielo, nerviosa.

— Con los búlgaros no nos han funcionado. Los dejan mareados y confundidos, pero no los matan. Creo que es porque son demasiado grandes.

Un cerdito cubierto de pelo marrón se pone a desenterrar una raíz junto a mi pie.

—¿Y estos? ¿También son para disuadir?

Ruth asiente.

— Así es como hemos sobrevivido hasta ahora. La mayoría de dragones se conforman con los cerdos, si así acaban antes.

— Son el cebo que nos mantiene a salvo — dice la otra chica —. Igual que nosotras somos el cebo que mantiene a salvo el resto de Britania.

Siento náuseas al pensar en la cláusula secreta del Acuerdo de Paz, por la que Wyvernmire acordó traer niños a Canna para que los dragones de Britania pudieran comérselos y así no sintieran la tentación de comernos a los demás.

—¿Eso es tuyo? — pregunta Ruth, señalando algo que brilla sobre la hierba.

La máquina locuisonus.

Echo mano de la funda de cuero vacía. Debió de caérseme al correr. Marquis oscurece el gesto al verla.

—¿Para qué sigues teniendo eso?

— No podía dejársela a Jasper, ¿no? — dijo, bajando la voz —. Si llega a manos de Ralph o Wyvernmire, podrían escuchar a los dragones rebeldes: el príncipe búlgaro que conocí en la tienda de Wyvernmire dice que no ha intentado descifrar las llamadas nunca, pero yo no le creo.

—¿Y para qué sirve? — pregunta Ruth.

— Para nada — respondo a toda prisa —. Deberíamos irnos.

Dudo que Andronikos llegara muy lejos intentando traducir el koinamens.

Pero si un dragón búlgaro viera la máquina locuisonus en la tienda de Wyvernmire, la reconociera y se diera cuenta de que está intentando escucharlos...

tendría aún más motivo para querer destruir Britania, igual que mataron al pueblo búlgaro por intentar explotar su lenguaje telepático.

Vuelvo a meter la máquina en su funda y veo que Atlas me observa con curiosidad. ¿Puede ser que se haya dado cuenta de que se me acaba de pasar una idea por la cabeza, aunque solo sea brevemente?

Una pequeña parte de mí echa de menos poder escuchar los pensamientos de los dragones.

— Tomad esto — dice Ruth.

Una de las chicas aparece a su lado, con una cajita en las manos. Dentro hay seis bolsitas de veneno.

Me viene a la mente un recuerdo vago del baile de Bletchley, cuando charlábamos con un grupo de personas que se maravillaba de que los niños de Canna hubieran aprendido a sobrevivir ante los dragones. Ahora ya sé cómo.

— Si está a punto de comeros un dragón, tragaos las bayas — dice Ruth —. Si no podéis salvaros, al menos podréis evitar que el dragón se coma también a vuestros amigos.

Ruth tenía razón: es difícil no ver la Canna House.

Está junto a una de las carreteras que quedan en la isla, un edificio solitario y fantasmagórico con vistas al mar, oculto tras un muro exterior cubierto de hiedra de un verde brillante.

A los lados del sendero que atraviesa el jardín descuidado hay narcisos y violetas que crecen a su aire, a falta de cuidados.

Hollingsworth nunca me mencionó la casa, pero Ruth ha dicho que antes ahí había gente que estudiaba a los dragones.

A mí me parece una pieza demasiado importante del misterio como para que no me hayan hablado de ella.

Yo siempre he supuesto que el diario que me había dado tenía toda la información que necesitaba para investigar a los guivernos de las Hébridas, pero el diario ni siquiera menciona que son tuneladores.

La puerta de la entrada, roja, está colgando de las bisagras.

Atlas saca la pistola de la funda y los otros levantan sus armas.

Los recuerdo disparando aquellos rifles con torpeza, desesperados, cuando huíamos de Bletchley Park.

Pero ahora todos manejan sus armas como si fueran expertos.

Los últimos tres meses los han cambiado más de lo que pensaba. Es como si ya no los conociera.

Entramos a un vestíbulo destartalado y lleno de telarañas, con una alfombra raída.

Hay unos arcones de madera contra las paredes, probablemente saqueados por los niños de Canna hace ya años.

De una de las paredes, cubiertas con un papel medio despegado, cuelga el retrato de un bebé y al lado, en su cuna, un huevo de dragón.

— Buscamos un despacho — les recuerdo, en voz baja —. Algún sitio donde pudieran guardar los documentos de una investigación.

Vamos de sala en sala, atravesando varios espacios comunes y una cocina cubierta de excrementos de dracovol.

— Aquí — dice Marquis, desde el otro lado del pasillo.

Empuja la puerta con la punta de su pistola.

Frente a una chimenea de mármol hay un escritorio de caoba, cubierto de cañas de pesca y lo que parece un viejo equipo de cróquet.

Sobre las paredes veo urnas con mariposas sujetas con alfileres y, debajo, las sobras de una comida: un platillo con restos de óxido y un pedazo de queso enmohecido.

— Vitrinas — observa Serena, entrando tras nosotros.

Señala una serie de vitrinas en el otro extremo de la estancia.

Los cristales siguen intactos; no parece que a los saqueadores que pasaron por aquí les interesaran.

Dentro hay cientos de dibujos de dragones, todos ellos meticulosamente etiquetados.

Algunos son apenas bocetos, pero otros han sido pintados con acuarela, y el corazón me da un salto en el pecho al verlos.

Distingo las frondosas colinas de Canna, sus recortados acantilados y el mar de un azul verdoso, cada entorno representado con los dragones que viven en él: los dragones del oeste, los de las arenas y las serpientes marinas.

Marquis aparece junto a mí y examina la vitrina en silencio, fascinado.

A él siempre se le ha dado bien dibujar.

— Ahí — dice Gideon, alargando el brazo por encima de mi hombro —. Guivernos.