Capítulo 7 #3
Sonrío. Ruth nos hace pasar por la abertura en la roca.
Está oscuro y mojado, y el paso es tan estrecho que da la impresión de que las paredes nos aprisionan.
Me mantengo todo lo cerca de Ruth que puedo, y siento que el agua me cubre los pies.
Oigo un revoloteo sobre nuestras cabezas y contengo un chillido al sentir el contacto de una larga cola en la cabeza.
— Son dracovols, no ratas — oigo que murmura Serena para sí, una y otra vez.
Giramos hacia la izquierda y, al fondo del túnel, veo una luz.
Más allá hay una escalera de caracol tallada en la roca e iluminada por velas.
Me vuelvo y miro a Serena, que no parece creérselo.
Seguimos a Ruth escaleras arriba y llegamos a un largo pasillo de piedra con unos arcos laterales que dan a una serie de cámaras.
—¿Esto quién lo construyó? — pregunto.
— Probablemente los antiguos habitantes de la isla — responde Ruth.
— Tenéis el mejor lugar de Canna — comenta Serena —. ¿Esto lo sabe Jasper?
— No digas tonterías — replica Ruth, cortante. Parece como si el cabello le brillara a la luz de las velas —. Y vosotras no se lo vais a decir. Ni a él, ni a ninguno de los hombres de ahí fuera. A todos esos les gusta quedarse con lo que no es suyo.
Se nos queda mirando, expectante, y me apresuro a asentir.
— Yo nunca he dicho que fuera a contárselo a nadie — responde Serena, molesta.
Ruth nos hace pasar a través de un arco.
El suelo de la cámara está cubierto con lana de oveja, y en el techo hay incrustados unos cristales naranjas que relucen.
Otros túneles llevan a más cámaras. Me pregunto hasta dónde llega la guarida de las chicas, y me imagino una red de túneles que se extiende por todo el subsuelo de Sanday.
Veo una mesa hecha de madera pulida, tan larga y pesada que debió de construirse en el interior de la estancia, y varias cajas enormes llenas de comida enlatada.
Las paredes están decoradas con espejos y otros abalorios: conchas pulidas y antiguas ilustraciones de mujeres con vestidos de noche, arrancadas de alguna revista.
Ruth se sienta sobre la mesa, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo.
— Bueno — dice —. Guivernos.
— Sí, guivernos de las Hébridas — respondo yo —. ¿Has visto alguno? Supongo que desde lo alto de Sanday tenéis buenas vistas de Canna.
— La última vez que vi un guiverno de las Hébridas fue hace unos años. Hay muchos verdes por aquí, pero los de las Hébridas son diferentes.
—¿Así que los has visto? — insisto, intentando disimular mi incredulidad —. ¿Eso fue antes de que Jasper te echara?
Ruth se encoge de hombros.
— Pues sí.
—¿Diferentes? ¿En qué se sentido? — pregunta Serena —. ¿Y qué son los verdes?
— Los guivernos de manchas verdes — digo yo —. Pero tenía entendido que nadie había visto ningún guiverno de las Hébridas desde 1866.
— Y la persona que te ha dicho eso vive en la isla, ¿no? — dice Ruth.
— No. Pero...
— Es cierto que los guivernos de las Hébridas son esquivos. Anidan en la otra punta de la isla, la parte que da a Skye, no a Rùm. Pero los que vivimos aquí a veces los vemos. Son raros como las hadas, pero existen.
Quiero preguntarle a Ruth cómo ha podido ver guivernos en la otra punta de la isla si no puede salir de Sanday, pero recuerdo su habilidad en el uso de la ballesta y decido dejarlo.
— Hemos visto mapas que muestran dónde podrían anidar los guivernos — dice Serena, mirando a Ruth a los ojos —. No nos has dicho nada que no supiéramos ya.
— Si tenéis mapas, ¿para qué habéis venido a preguntarme?
— Los mapas son antiguos — me apresuro a precisar, antes de que Serena le pueda soltar otro desplante. Pienso en los mapas del diario de Clawtail —. Probablemente la topografía haya cambiado desde la época en que los dibujaron, y los guivernos también podrían haberse movido.
— Por supuesto que se han movido — dice Ruth.
Parpadeo.
— Los guivernos son tuneladores.
Serena suelta un suspiro de hastío.
—¿Y eso qué se supone que significa exactamente?
—¿Es que no os enseñan nada sobre dragones en Londres?
Me muerdo el labio para no responderle. Ruth se pasa un dedo por el muslo, uniendo las numerosas pecas que tiene con una línea invisible. Disfruta viendo que sabe algo que nosotras desconocemos. Serena, a mi lado, está que trina.
— Todos los guivernos son tuneladores — dice Ruth por fin —, pero los guivernos de las Hébridas tienen un truco especial.
Meneo la cabeza, incrédula.
— Clawtail, el autor de un diario sobre los guivernos, no escribió nunca nada sobre túneles.
— Cormac tampoco mencionó los túneles — añade Serena.
—¿Habéis estado en la Canna House? — pregunta Ruth. Yo levanto la vista —. Es difícil pasarla por alto: es la casa más grande de la isla. Ha sido saqueada un centenar de veces, por supuesto, pero ninguno de los chavales de la isla está interesado en lo que vosotras andáis buscando.
— No tenemos tiempo para visitar casas antiguas — responde Serena, apretando los dientes. Me mira —. Deberíamos haber encontrado a los guivernos hace semanas.
— Ahí solían estudiar a los dragones — explica Ruth —. Yo he visto dibujos de guivernos.
El corazón me da un brinco en el pecho. Si antes la gente estudiaba a los dragones en la Canna House, quizá encontremos información sobre dónde viven exactamente. Ruth se acerca al otro extremo de la sala, donde hay una entrada a un pequeño cuartito.
— Mirad.
Hay un agujerito en la pared, un círculo perfecto, hecho a propósito, pero casi invisible, por el que se cuela un aire fresco, y cuando acerco el ojo veo la playa que hemos cruzado para llegar aquí. Más allá está Canna, de un verde intenso, bajo una nube que amenaza tormenta.
— Busca la bahía a la que llegan las barcas de los guardias, y luego la bandera con el escudo de Wyvernmire — me indica Ruth.
Localizo la famosa W rodeada de una cola de guiverno.
— Ahora mira hacia arriba. ¿La ves?
La veo. Una casa alta entre los árboles, a apenas tres kilómetros de la costa.
— Gracias, Ruth.
Ruth nos acompaña de nuevo al exterior, y me encuentro a un grupo de chicas sentadas sobre la hierba, leyendo con gran atención unos libros muy viejos con manchas de agua en las páginas. De vez en cuando alguna de ellas mira con disimulo a los chicos, que fuman frente a la entrada de la cueva.
—¿Os ha dado envidia no poder entrar? — bromea Serena.
— No exactamente — responde Marquis.
Gideon da una calada a su cigarrillo, con las orejas rojas, esforzándose por apartar la mirada de los grititos divertidos procedentes de la playa.
Dirijo la mirada hacia el mar y veo los cuerpos delgados y morenos de las chicas que saltan entre los espumarajos de las olas, disfrutando del momento y agitando el cabello mojado.
—¿Están... desnudas? — pregunto.
— Tal como las trajeron al mundo — responde Atlas, sin apartar la vista de la cueva.
Las chicas meten las manos en el agua y luego levantan los brazos por encima de la cabeza como bailarinas, con redes llenas de conchas ovaladas de color púrpura.
— Mejillones — dice Ruth —. Son delic...
De pronto su gesto se transforma al mirar al horizonte, y en sus ojos veo el miedo.
Marquis reacciona de golpe y echa mano de la pistola. En el agua, las chicas se ponen a chillar. Sigo la mirada de Ruth, escrutando la costa hasta que la veo: una sombra plateada en el mar.