Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Le devolví los binoculares.

— Lo que no nos esperábamos era que la mayoría de las chicas se fueran con ella.

—¿De verdad? — replica Marquis, burlón.

—¿Eso cuándo pasó? — pregunto.

— Hace años — dice Jasper —. Pero ahora Ruth no puede poner un pie en Canna, y nosotros no vamos a Sanday. No podríamos, aunque quisiéramos. Sus defensas son impresionantes.

— Eso tampoco es de extrañar — comenta Atlas, pensativo.

Echo una mirada a los chicos y me señalo a mí misma y a Serena.

— Tendréis que dejar que seamos nosotras las que hablemos.

— Bueno, os dejamos aquí — dice Jasper —. Si Wyvernmire viene por aquí preguntando, le diremos lo que la última vez, que no sabemos nada de vosotros. Pero no volváis. Si os encuentra aquí, desearemos habernos marchado de Canna cuando tuvimos ocasión.

Le agarra a Philippa la mano manchada de fresas, y se alejan los dos.

Nosotros nos quedamos sentados al sol de la mañana, compartiendo una parte del pan que nos han dado, esperando que baje la marea.

Observo a Atlas, sentado en una roca, con un pequeño cuaderno de cuero asomándole en el bolsillo.

Está cargando la pistola mientras tararea en voz baja, recitando lo que parece una oración.

Ya casi había olvidado esa parte de él, su pasado en el seminario.

¿Y él? ¿Moriría esa parte de su vida cuando estuvo a punto de morir en Bletchley Park, cuando cambió el alzacuellos por el uniforme de los rebeldes?

¿O sigue ahí, escondida en alguna parte de su interior, incluso cuando me besa?

Miro a los otros. Marquis y Gideon fuman mientras observan el cielo, y Serena está manipulando la radio.

Me he quedado muy a gusto soltando toda esa rabia con Chumana, pero vuelvo a sentir un cosquilleo al pensar que el resto de los reclutas han pasado tres meses en Eigg, sabiendo que yo estaba sola en Londres, pensando que Atlas estaba muerto.

Le echo otra mirada a Marquis. Hasta él me ocultó la verdad.

Siento que algo me separa de ellos, una distancia insalvable.

«Y volvéis a estar con Sandy y Drake en nuestra transmisión diaria de Inglaterra contra los Bolgoriths ».

Serena deja de mover el dial de la radio.

«Nuestra patética primera ministra hundió las garras una vez más en su propia capital anoche, cuando los bolgoriths búlgaros destruyeron todo un barrio del sur de Londres en busca de rebeldes.

Pero nos han llegado informaciones de que nuestra Golondrina ha volado del nido en una misión que muy pronto nos liberará de los carroñeros de Wyvernmire».

—¿Quiénes son Sandy y Drake? — me apresuro a preguntar.

Serena se encoge de hombros.

— Se rumorea que son un par de estudiantes universitarios de segunda clase a los que se les prohibió estudiar las lenguas dracónicas cuando se instauró la Ley Babel. Pero quién sabe...

«Hoy estamos en directo con nuestro colega rebelde Drogo, un experto en lingüística. ¿Qué le parece, Drogo, la orden de Wyvernmire de que los dragones de Britania deben abandonar sus lenguas nativas en favor del slavidraneishá?».

«Es un ejemplo de asimilación lingüística — responde una voz sibilante —, en la que se obliga a un grupo a abandonar su lengua materna, cercenando así sus raíces culturales».

Levanto la vista de la radio, atónita. Esa voz pertenece a un dragón.

— Marea baja — anuncia Gideon.

Serena apaga la radio y bajamos hacia el arenal, ya visible, que llega hasta Sanday.

Todos menos yo llevan una mochila y una pistola similares a los que llevan los guardias.

No puedo evitar pensar que, si no me hubieran arrestado, yo también iría equipada.

Gideon da un salto cada vez que ve una sombra entre las olas, tomando a las gaviotas por dragones.

Los enormes acantilados de granito de Sanday se ciernen sobre nosotros, amenazantes, azotados por el frío viento procedente del mar.

—¿Dónde están todos?

— Fingen que no hay nadie — dice Marquis, mientras rodeamos uno de los acantilados, levantando la vista en dirección a las algas y los moluscos pegados a la roca.

El suelo está lleno de agujeros, charcas que se llenan de agua al subir la marea, pero ahora mismo parecen estar llenos de tesoros comestibles: mejillones, estrellas de mar y caracolillos cuyo nombre desconozco.

Nuestras botas se hunden en la arena húmeda mientras recorremos el perímetro de la colosal roca en busca de una subida.

Atlas me roza una mano con la suya y yo vuelvo a fijar la vista en su pistola.

—¿Ya sabes usar esa cosa? — le pregunto.

— Mejor que Ralph Wyvernmire, diría yo — responde, socarrón —. No me parece que ninguna de sus balas nos alcanzara en la playa, ¿no?

— Hmmm — respondo, justo en el momento en que veo un sendero abierto en la roca.

—¿Por qué estaba tan desesperado por recuperarte? ¿Tiene que ver con la máquina? — pregunta, señalando la locuisonus que llevo colgada del hombro, como si fuera tan letal como el arma que lleva él.

— Cree que tiene algún tipo de vínculo de pareja con Goranov — le digo —, y quería que usara la locuisonus para comprobar si Goranov le está haciendo doble juego.

—¿Un vínculo? — pregunta Atlas, frunciendo el ceño.

Una vara en forma de flecha aterriza en la arena, junto a mi pie, y doy un salto atrás, chocando con Atlas.

— Ballesta — dice él, entre dientes.

Los otros también se han parado de golpe. Tienen otras flechas frente a los pies. En lo alto del acantilado aparece una chica con la larga melena al viento. Nos apunta con su ballesta.

— Formamos parte de la Coalición Humanos-Dragones, alzada en armas contra la primera ministra Wyvernmire y sus dragones búlgaros — dice Atlas, en voz alta —. Hemos venido a preguntaros qué sabéis de los guivernos de las Hébridas.

La chica no se mueve.

— Nos envía Jasper — digo yo.

—¿Por qué le dices eso? — protesta Serena, entre dientes —. Probablemente lo odie.

— Dejad las armas en la arena — grita la chica.

Hacemos lo que nos pide y, tras un momento de incertidumbre, baja la ballesta.

Tras ella aparecen otras dos chicas y, a una señal suya, bajan corriendo por el acantilado. Un momento más tarde están en la arena, indicándonos que nos acerquemos.

— Esto no me gusta — murmura Gideon —. Demasiado fácil.

Seguimos a las chicas, que se mantienen a una distancia de seguridad, hasta el otro extremo de Sanday, donde la marea baja ha dejado a la vista una bahía semicircular invisible desde Canna. Allí encontramos al menos a veinte chicas de pie, con las armas en alto.

— Ya os lo decía yo — confirma Gideon.

Las más jóvenes llevan vestidos hechos jirones o pantalones largos con tirantes, pero las mayores van cubiertas con pieles de oveja.

Sus armas no son de fabricación casera, como las de Jasper.

Tienen ballestas, revólveres y unos rifles que se parecen mucho a los que usan los Guardias de la Paz.

Pero no es eso lo que más me sorprende: son los dracovols.

Los dragones en miniatura están por todas partes, apoyados en los hombros de las chicas, en nidos por los acantilados y revoloteando por el aire, como si fueran pájaros.

La chica de la ballesta se acerca. Tiene más o menos mi edad, el cabello rubio enmarañado y una túnica de piel de oveja que deja a la vista sus brazos y piernas huesudos.

Va descalza. Un dracovol morado gorjea en su hombro.

Tiene un aspecto como etéreo; de hecho, todas lo tienen.

Con el cabello al viento y esos rostros duros, parecen sacadas de una pintura de la Grecia clásica.

—¿Ruth? — le pregunto a la chica —. Soy Vivien Featherswallow.

Ella se me queda mirando.

—¿Os envía Jasper?

Asiento. Ella me observa un momento, y luego acaricia la minúscula cabecita del dracovol.

— Sí, soy Ruth. ¿Qué es lo que queréis?

— Pensamos que sería más divertido quedarnos por aquí que con esa pandilla de aburridos de Jasper — dice Marquis, con una sonrisa —. Hemos oído que mataste a alguien.

Le lanzo una mirada fulminante.

— En defensa propia, por supuesto — se apresura a añadir.

Ruth no responde, pero en sus labios aparece la sombra de una sonrisa.

— No es por eso por lo que estamos aquí — digo yo —. Estamos buscando a los...

— Guivernos de las Hébridas — dice Marquis, apoyándose en el acantilado —. Nos preguntábamos si sabríais dónde podríamos encontrarlos. Y luego nos iremos y os dejaremos tranquilas.

Meneo la cabeza, desesperada, y Serena suelta un sonoro suspiro. Marquis levanta los brazos sobre la cabeza y la sonrisa desaparece del rostro de Ruth. Echa mano de su ballesta, y las otras chicas reaccionan igual de rápido que ella.

— Tranquilas — dice él, sacando una hogaza de pan de su mochila. Se la tiende a las chicas —. Un regalo. No parece que tengáis mucho trigo por aquí.

Ruth alarga la mano lentamente, coge el pan y lo olisquea. Se lo entrega a otra chica situada tras ella y muy pronto la hogaza va pasando de mano en mano como un trofeo.

— Solo vosotras podéis entrar — dice Ruth, señalándonos a mí y a Serena.

Resisto la tentación de dedicarle a Marquis una sonrisa socarrona.

—¿Entrar? — pregunta Marquis, educadamente.

Ruth echa una mirada a la pared del acantilado, a sus espaldas, y veo una entrada en la piedra mojada, una pequeña grieta por la que apenas cabe una persona.

Marquis hace una reverencia, provocando risitas entre unas cuantas de las chicas, se saca un cigarrillo de detrás de la oreja y lo enciende.

Atlas se sienta en la roca, mientras Gideon, con la mirada perdida en el mar, murmura algo sobre las mujeres.

—¿Entonces podéis ayudarnos? — le pregunto a Ruth —. ¿Con los guivernos?

Ella me mira sin inmutarse.

— Quizá.

Serena y yo la seguimos hacia la bahía, dejando a los chicos atrás.

—¿Quizá? — dice Serena —. Yo creo que ya hemos tenido bastantes mensajes crípticos. ¿Tú no?