Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

El sonido grave del balido de una oveja atraviesa el bosque y me despierta.

La luz del día se filtra por entre las hojas y recuerdo dónde estoy: entre las ramas de un roble.

Con la sorpresa doy un respingo, y tengo que agarrarme a una rama para no caerme de mi saco de dormir.

Miro al suelo en busca del ruido que me ha despertado hasta que localizo a un niño abajo, haciendo sonar un cuerno.

—¡Todo el mundo quieto! — grita Jasper, desde el árbol que tengo enfrente.

Los pájaros salen volando de sus nidos y los niños abandonan sus sacos de dormir para situarse en las ramas más gruesas, con la mirada en el cielo. Levanto la vista yo también, con el corazón desbocado, y lo veo.

El vientre rojo de un dragón búlgaro.

Philippa se echa a llorar en una rama más alta, y oigo la voz de Marquis que la consuela. El dragón planea, como un ave rapaz, mientras todos observamos en silencio. Ladea el cuerpo, reflejando los rayos del sol con sus escamas rosadas. Desciendo a la rama que tengo justo por debajo.

—¡Viv! — exclama Marquis, con un susurro forzado —. ¿Qué estás haciendo?

Voy pasando de una rama a la otra hasta llegar al suelo.

—¡Featherswallow! — me chista Atlas desde algún lugar indeterminado —. ¿Es que te has cansado de vivir?

— Es Chumana, Atlas — respondo, con tranquilidad.

Llego al suelo y atravieso el bosque hasta el campo de trigo, donde están las cabañas de almacenamiento, fuera de la protección de los árboles.

Chumana ha aterrizado, derribando un recipiente lleno de apestosas conchas de almeja.

Sacude la cabeza para quitarse el polvo y la tierra de encima.

Las dos nos miramos, y veo todo mi rostro reflejado en cada uno de sus enormes ojos.

— Parece que empieza a ser una costumbre en ti, eso de hacer que los guardias te arresten.

Noto la mueca burlona en mis labios. Llevo toda la noche dándole vueltas a la rabia que me consume, y ya casi ha llegado a su punto de ebullición.

— Me alegro de que lo hayan hecho — respondo —. De otro modo, ¿cómo habría podido dar con el chico al que devolviste la vida con tu propia sangre? ¿Se te olvidó mencionarlo cuando éramos compañeras de piso?

Chumana baja la cabeza, casi a la altura de la mía.

— No se me olvidó. Lo mantuve en secreto. Es lo que me ordenaron.

—¿Quién? ¿Hollingsworth? — le espeto —. Así que las dos me mentisteis. Las dos me dejasteis que creyera que Atlas estaba muerto, por interés propio.

— Por el interés de la causa — me corrige Chumana —. Hollingsworth sabía que el deseo de venganza te motivaría para cumplir con tu deber, y que si descubrías que Atlas estaba vivo lo dejarías todo para ir en su busca.

Se me escapa una risita burlona.

—¿Mi deber? ¡Cumplí con mi deber en Bletchley Park destrozando la máquina locuisonus y uniéndome a los rebeldes!

Y aun así la rectora decidió tenerme apartada, dejando que los adolescentes hicieran todo el trabajo, sin darnos la información que necesitábamos.

¿Sabes que no me ha dicho qué se supone que debo preguntarles a los guivernos, si es que los encontramos? Si fuera una rebelde de verdad...

—¡Rita Hollingsworth es una rebelde desde antes incluso de que tú nacieras! — replica Chumana.

—¡Debe de ser fácil ser rebelde mientras recibes un sueldo de la primera ministra, tienes un trabajo de prestigio y las ventajas de ser de primera clase!

¡Se pasa día tras día ahí sentada, escribiendo esos repugnantes artículos de la Ley Babel, mientras mis amigos se consideran afortunados si no los devoran los dragones de Canna!

Al menos ahora estoy un paso más cerca de encontrar a los guivernos con los que se supone que debo comunicarme.

Por lo que parece, Hollingsworth no pensaba enviarme...

— Así que has puesto en peligro su posición y el éxito de todo el movimiento rebelde en un solo día por tu propio ego — me espeta Chumana —. Parece que ha hecho bien en no contártelo todo. No se puede confiar en ti.

—¡Es en ti en quien no se puede confiar! — grito, y unos cuantos pájaros echan a volar, piando.

Siento una mano en el brazo. Atlas tira de mí hacia atrás, con miedo en los ojos, mientras Marquis y Serena observan desde los árboles. Yo me lo quito de encima y me giro de nuevo hacia Chumana.

— Hablas de deber — le digo, indignada —. ¿Es eso lo que hiciste durante la Masacre de Bulgaria? ¿Cumplir con tu deber? — Las lágrimas me irritan los ojos —. ¿Entonces también cumplías órdenes, Chumana?

En cuanto las palabras salen de mi boca, siento una presión en el corazón.

El ambiente se vuelve más tenso; Chumana entorna los ojos.

He hecho referencia a lo que me contó en secreto en Bletchley Park: su colaboración en la masacre de la población humana en Bulgaria, por orden del gobierno británico.

Su mayor remordimiento, lo que más le duele en el mundo.

La acusación queda flotando entre las dos. Ha sido un golpe bajo, cruel. Ella levanta la cola con aire amenazador, y noto cómo se me eriza el vello del brazo. Lentamente, me giro y miro a Atlas.

— Corre.

Ambos damos un salto atrás en el momento en que la cola de Chumana barre el terreno, llevándose por delante varias cabañas de almacenaje que quedan reducidas a astillas.

Vuelan trozos de maderas y plumas. Nosotros echamos a correr hacia el bosque, pateando la tierra con fuerza, pero algo me hace vacilar un momento, y me giro a mirar por encima del hombro.

—¡Niña humana! — ruge Chumana.

Aterrorizada, veo que el color ámbar de sus ojos se convierte en un tono marrón oscuro opaco.

Da un paso adelante y mueve una garra en un gesto furioso.

Me giro y huyo, siguiendo a Atlas, mientras el bosque se llena de gritos de pánico.

Al llegar a los árboles siento una potente ráfaga de aire, y al girarme veo que Chumana ha emprendido el vuelo.

Echa a volar hacia el mar y yo me dejo caer junto a Atlas, respirando con dificultad.

— Se ha ido — dice Marquis, perplejo.

—¿Y qué? — replico —. No la necesitamos.

—¡Podría habernos ayudado! — exclama Serena —. ¡Nos habría protegido! — Me echa una mirada acusatoria —. ¿Es que no tienes ni una pizca de autocontrol?

—¡Me dijo que Atlas estaba muerto!

Los niños nos miran desde las ramas de los árboles. Veo a Gideon, agazapado en una rama alta, y a Jasper, pálido y con cara de pocos amigos.

Atlas me mira, entre intrigado y confundido.

—¿Qué querías decir con eso de la Masacre de Bulgaria? — me pregunta.

Le doy la espalda, avergonzada. No voy a reconocer que he sacado a colación los errores del pasado de Chumana, cuando fue ella la primera que me dijo que podía perdonarme por los míos.

Pero no tengo ocasión de responder, porque Jasper ya ha bajado del árbol y se nos acerca, con Philippa agarrada de su mano.

—¿Habéis traído a un dragón búlgaro a nuestro campamento? — grita, mirándonos a Atlas, a Marquis y a mí —. Fuera de aquí todos. ¡Ya!

Me cargo la máquina locuisonus al hombro mientras los otros recogen sus pertenencias.

No sé qué voy a hacer con ella, pero no la puedo dejar aquí.

El campamento se tiñe del color anaranjado del sol del amanecer, y el aire de pronto cobra vida con el sonido de los pájaros y de los dragones.

Philippa está abatida, junto a Marquis, entregándole unas hogazas de pan y un odre de agua.

Jasper nos acompaña para asegurarse de que salimos del campamento, y ella nos sigue, llorando.

—¿Por qué no vas a buscarnos unas fresas? — le dice él, en tono cariñoso, mientras nosotros subimos la cuesta en silencio —. Las plantas tienen flores blancas, ¿ves?

Señala un grupito de plantas con fresas que brillan como joyas rojas cubiertas de rocío.

— Toma — dice Marquis, entregándome un brazal negro —. Tenemos que llevarlo en todo momento, por orden de Hollingsworth.

Más órdenes.

—¿Por qué? — digo yo, cogiendo el brazal y echando una mirada a la golondrina que se supone que me representa.

— Para identificar los cuerpos en caso de muerte por fuego de dragón — responde él, evitando mirarme a los ojos —. Están hechos de piel de dragón. Es ignífuga.

— Vaya — exclamo, burlona —. Qué generoso por su parte.

Nos paramos al borde de un acantilado y Jasper señala en dirección al mar.

— Ahí está Sanday — dice. Su dedo traza la curva de la costa de Canna y luego la lengua de tierra que se adentra en el agua justo enfrente, un saliente verde a medio camino entre nuestra posición y Rùm —.

Con la marea baja, se puede caminar hasta allí por el arenal.

— Jasper echa una mirada a Philippa, que tiene la boca llena de fresas —.

No debería decíroslo, pero las chicas de Ruth quizá puedan ayudaros con esos guivernos que andáis buscando.

—¿Las chicas de Ruth? — pregunto yo.

Jasper me pasa un par de binoculares y yo los oriento hacia Sanday.

Lo primero que veo es una piara de cerdos pastando en un cercado.

Luego veo a una chica vestida con pieles blancas.

Muevo la rueda del enfoque con los dedos.

La chica tiene el cabello rubio, cortado de forma asimétrica, por encima de los hombros.

Me está mirando a mí directamente, con sus propios binoculares.

Levanta la mano despacio y me muestra el dedo medio.

— Ruth antes estaba con nosotros, hasta que empezaron las disputas entre los grupos.

—¿Hay más grupos como vosotros?

— Actualmente tres clanes — responde Jasper, metiendo las manos en los bolsillos y mirando hacia Sanday —.

Ruth atacó a un chico del otro grupo. No la culpo.

Él nunca nos dijo para qué lo habían enviado a la isla de Wean, pero no era difícil de adivinar.

En lo relativo a las chicas, le gustaba tomarse... libertades.

— Déjame adivinar — dice Serena —. ¿Ruth le dijo adónde se podía ir?

— Lo mató — responde Jasper —. Fue en defensa propia, pero aun así... tuvimos que expulsarla. Por infringir nuestra ley más importante. Ya son muchos los que mueren por los dragones, sin que nosotros nos matemos unos a otros.