Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

Y de algún modo mis pies me llevan hacia delante sin que les dé permiso, y cubren la corta distancia que nos separa, hasta que estoy tan cerca que puedo ver los puntitos dorados de sus iris.

Pasea la mirada por mi rostro, contempla mi corto cabello, se entretiene en mi boca.

Y de pronto acerca sus labios a los míos.

Siento la piel en llamas, y es como si de repente hubiera rugido un dragón a lo lejos y me hubiera envuelto en sus llamas, ardientes y voraces.

Choco de espaldas contra el áspero tronco de un árbol y busco el cabello de Atlas con las manos, mientras él me agarra de la cintura con las suyas.

Me quedo sin respiración y noto que sonríe.

Se aparta un poco, pero no me suelta.

— No sabía que las chicas de segunda clase besaran así — dice, suspirando.

— No lo hacen — respondo yo —. Pero las rebeldes, en cambio...

Suelta una risita contenida y yo apoyo la barbilla en su hombro. Nos quedamos inmóviles un buen rato, escuchando los sonidos del bosque a oscuras.

— Deberíamos volver — dice por fin.

Antes preferiría comer estiércol de dragón.

— Un momento — susurro, con la boca pegada a su chaqueta —. ¿Por qué no estás muerto?

— Dracólico — responde.

La cabeza me da vueltas. ¿Esa medicina ilegal hecha con sangre de dragón?

— El dracólico no puede resucitar a los muertos.

Me agarra la cintura con más fuerza.

— No estaba muerto, Viv. Seguía vivo, luchando. El dracólico me curó la herida de bala.

—¿Atlas? — Me da miedo preguntar —. ¿Quién te lo dio? ¿El dracólico?

Atlas frunce el ceño.

— Chumana. Me sacó de Bletchley volando. Ella...

Lo suelto de golpe.

—¿Chumana?

Él sonríe, confuso.

— Sí. Me sacó de allí volando y me llevó a ver a un erudito que conoce, un viejo conocido de sus días en la prisión de la biblioteca. Él le extrajo la sangre y me la administró. ¿Por qué me miras así?

— He vivido con Chumana todo este tiempo. En una casa segura, en Londres.

—¿Y no te lo dijo?

Meneo la cabeza, sintiendo el latido de las venas junto a los oídos.

Hollingsworth sabía que Atlas estaba vivo y, en su arrogancia, decidió no decírmelo, pensando solo en su interés.

Eso ni siquiera me sorprende. ¿Pero Chumana?

Permitió que llorara la muerte de Atlas la primera noche en la fábrica de azúcar, cuando le había salvado la vida apenas unos días antes.

Me siento humillada y traicionada, y doy un paso atrás.

—¿Viv? — dice Atlas —. Te prometo que no lo sabía.

—¡Deberías haberme escrito!

— Quería hacerlo, pero en Eigg estaba prohibido enviar correo, por si lo interceptaban.

— A la mierda las normas — murmuro, entre las lágrimas —. Todo el mundo lo sabía, salvo yo. Todo el mundo.

Pensaba que Chumana y yo éramos amigas. Pensaba que podía confiar en ella. Las lágrimas me nublan la visión. Me giro para volver al campamento, pero Atlas me agarra de la manga y me obliga a dar la vuelta.

— Yo no lo sabía — repite.

Querría gritarle, quitarme de encima esa humillación y el dolor del duelo innecesario por el que he pasado.

¿Cuántas veces he deseado poder cambiar las semanas pasadas en Bletchley Park discutiendo con él, haberlas empleado riéndome con él, besándolo?

¿Cuántas veces en los últimos tres meses he tomado la determinación de dejar de ser la idiota impulsiva que era el año pasado?

Trago saliva, y con ella me trago el orgullo.

— Siento que te mintieran — me dice.

— No es culpa tuya — respondo, con la voz ronca.

Marquis nos ve al volver al campamento.

—¿Dónde estabais vosotros dos? Tres de los dragones de Wyvernmire acaban de sobrevolar el bosque. — Me señala —. Están buscándote.

—¿Algún guardia? — pregunta Atlas.

— Aún no — dice Marquis, negando con la cabeza —. Supongo que por la oscuridad. Deberíamos irnos en cuanto amanezca.

Los miro a los dos, agotada.

—¿Tenéis alguna idea de dónde pueden estar los guivernos de las Hébridas?

— No — responde Marquis —. Pero supongo que Jasper lo sabrá.

Asiento. De momento me basta.

— Me voy a la cama.

Atlas me da un beso en la mejilla y veo que Marquis hace un esfuerzo por no reaccionar.

Me subo a una de las ramas más bajas de un árbol, donde me espera el saco de dormir.

Otros se están acomodando en ramas por encima, y sus faroles brillan como estrellas en la noche.

Oigo el roce de las hojas y el murmullo de los niños y, algo más allá, el ruido de interferencias de la radio de Serena.

A lo lejos resuena un rugido, y me pregunto dónde estará Chumana.

Ella también debe de haberse escondido. Vuelve a invadirme la rabia al pensar en sus mentiras, y las de Hollingsworth, pero la euforia provocada por los eventos del día es más fuerte.

Me habrán traicionado, pero Atlas está vivo. Es más de lo que habría podido esperar.

Mañana iremos en busca de los guivernos.

Como un equipo, que es lo contrario de lo que éramos en Bletchley Park.

Si los rebeldes mandaron aquí a Atlas y a los otros es porque la Coalición cree que están preparados para completar la misión.

Pero... ¿y yo? Yo solo estoy aquí porque me han detenido.

¿Hollingsworth pensaba enviarme a Canna en algún momento?

Cierro los ojos. Tengo que asegurarme como sea de que conseguimos la libertad para la tercera clase y los dragones de Britania. Tengo que usar mis idiomas para ganar la guerra.

Me imagino a mis padres saliendo de Highfall, a Ursa corriendo de nuevo hacia mí, a Sophie perdonándome por el dolor que le causé cuando hice que la degradaran.

Esta es mi segunda oportunidad.