Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

El corazón se me dispara cuando veo que da media vuelta y desaparece entre las sombras. Espero, con la vista puesta en Jasper, sentado junto a la hoguera con Gideon y otros más. Pasado un rato sigo a Atlas.

—¡Featherswallow! — susurra una voz.

Atlas aparece tras un roble, asustándome. Me observa, y siento que mi temperatura corporal aumenta.

Atlas King.

Por primera vez tengo la entereza necesaria para mirarlo realmente.

Se ha lavado al volver de la playa: tiene el cabello húmedo y la rizada melena le cae por detrás de las orejas.

Ya no huele a sudor y a caballo, sino como a flores.

Me tiende una mano y le doy la mía, evitando su mirada porque si lo hiciera seguramente me vendría abajo.

Caminamos por el bosque, a la luz de la luna, hasta que el ruido del campamento empieza a desaparecer.

—¿No tienen miedo de que sus risas atraigan a los dragones? — susurro —. Los bolgoriths cazan de noche.

Atlas se encoge de hombros.

— A los dragones les cuesta aterrizar en los sitios donde los árboles crecen tan cerca unos de otros. Y los chicos tienen refugios asignados por toda la isla en caso de ataque durante el día.

Hago un esfuerzo para mirarlo a la cara. Él tiene los ojos puestos en la golondrina que llevo colgada del cuello.

— Aún la llevas.

— Por supuesto — respondo, con un cosquilleo en las tripas —. No me la he quitado nunca.

El silencio nos envuelve y sé que ambos estamos recordando nuestros últimos momentos juntos: destrozando la máquina locuisonus, perdiéndonos en el humo, él agarrándome de los brazos.

¿Cómo puede estar aquí, vivo?

— Ursa... — le digo, pensando en mi hermana, que se quedó en Eigg —. ¿Cómo está?

Atlas sonríe.

— Está bien, vive en una casa de campo con la doctora Seymour y su bebé. Se porta como una madre en pequeñito.

Me tranquilizo un poco pensando en que Ursa está segura, con alguien que se preocupa por ella. De pronto siento unas ganas terribles de darle besos, de aspirar el aroma de su cabello dorado.

—¿Y Sophie? ¿Y Karim?

— Cuando nos fuimos de Eigg, Sophie se estaba entrenando para su misión. No te puedo decir de qué se trata; es información clasificada. Y Karim está destinado en la isla, como médico.

Asiento.

—¿Qué tipo de entrenamiento hicisteis?

— Combate, supervivencia y rastreo, por cortesía de Cormac Mackenzie, un rebelde de primera clase que antes trabajaba en Inteligencia, más específicamente en el Departamento de Defensa contra los Dragones.

Levanto una ceja, sorprendida.

— Ha tomado el mando en Eigg, y le gusta recordárselo a la gente.

Según Marquis, desde que se ha unido a la rebelión su ego se ha disparado aún más.

Pero se crio en las Hébridas, lo que lo convierte en un experto en supervivencia en el medio, y es buena persona.

Aunque nos hiciera correr como locos por la playa al amanecer.

— Hace una pausa —. Pero aún no me lo has preguntado.

—¿Preguntarte qué?

— Por qué no estoy muerto.

Sus ojos vuelven a escrutarme el rostro, como si fuera una bomba de relojería y estuviera esperando a que explotara.

— Yo...

Atlas tiene razón. No le he hecho la pregunta porque solo de pensar en ella siento una rabia que me quema la piel.

Hollingsworth sabía que Atlas estaba vivo.

—¿Qué significa el brazal? — le pregunto.

— Es el nuevo símbolo de la Coalición, un recordatorio de la golondrina que nos mantiene unidos a humanos y dragones. Tu conocimiento de las lenguas dracónicas, y el hecho de que destrozaras la máquina locuisonus, ha hecho que más dragones que nunca se unan a la causa.

Alargo la mano y le toco el brazal, y recuerdo lo que me dijo Hollingsworth sobre que debía ser el rostro de la rebelión.

Me parece ridículo que me hayan asignado ese papel solo porque descifré el código de los dragones y luego me negué a entregárselo a Wyvernmire.

Sé que la golondrina no es más que un símbolo, para mantener a los rebeldes unidos en la lucha.

Y Hollingsworth es una mentirosa, pero... ¿y si tiene razón?

¿Podría ser mi capacidad como traductora, el hecho de ser una «lengua de latón», lo que nos acabe ayudando a ganar esta guerra?

— La golondrina fue idea mía — dice Atlas —. ¿Recuerdas la leyenda?

Asiento.

— Las golondrinas eran en principio dragones que podían hablar en todos los idiomas del mundo — digo yo —.

Pero aquello era un lastre para ellas, al ser capaces de empatizar con las historias de tanta gente, así que le pidieron a Dios que les librara de aquella carga y las hiciera livianas y despreocupadas.

Dios las convirtió en aves y les dejó la cola bifurcada, como la lengua de los dragones, para recordarles lo que habían sido en el pasado.

De pronto la rabia que me provoca Hollingsworth queda en un segundo plano, ante la perspectiva de poder pasar todo el tiempo que quiera con Atlas, sin clases ni categorías que nos separen.

Antes de verlo caer por el disparo de Ralph me había atrevido a imaginarme un futuro con él, los dos luchando codo con codo, compartiendo estrategias, una comida, una cama...

Levanto la mirada, intentando no ruborizarme, pero siento el contacto de la suya, y la anticipación en sus ojos marrones, que por fin encuentran los míos. Da un paso adelante.

— Viv...