Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 6 #2
23%

Capítulo 6 #2

Gideon está a su lado, y me mira con un gesto de desaprobación.

Solo unos meses antes, tenía tanto miedo de que yo descodificara el lenguaje de los dragones antes que él, que intentó matarme.

Más tarde descubrí que, para él, perder suponía que lo enviaran de nuevo a Canna, donde lo habían reclutado en un principio.

Estaba desesperado por evitar volver a poner un pie en esta isla, y sin embargo aquí está. ¿Por qué?

—¿Qué hacéis aquí vosotros? — pregunto —. ¿Y cómo sabíais que estaba en la playa?

— Chumana se presentó buscándote — dice Gideon, levantando la mirada al cielo con preocupación —. Dijo que te habían detenido.

— Cuando la vimos pensamos que te traía por fin a Canna — añade Serena —. Llevamos mucho tiempo esperando. Al ver que no venías con ella, Marquis y Atlas entraron en pánico.

—¿Qué queréis decir con eso de que lleváis tiempo esperando?

Serena y Gideon se miraron.

— Tú no eras la única que tenías una misión asignada — dice Serena —. Cuando completamos nuestro entrenamiento nos enviaron aquí para buscar a un grupo de guivernos. Según parece, son importantes.

Alzo la mirada al cielo. ¿Es a ellos a quien envió Hollingsworth para localizar a los guivernos? ¿A los reclutas de Bletchley? ¿Por qué no me envió con ellos?

—¿Los habéis encontrado? ¿A los guivernos?

Serena frunce los labios.

— Aún no. La presencia del ejército en la isla nos ha tenido algo distraídos, por no hablar de los dragones búlgaros que intentan devorarnos.

Gideon vuelve a alzar la mirada al cielo.

— Estos son Henry, Martha y John — dice Philippa, señalando a los otros adolescentes.

Ellos me saludan con un movimiento de la cabeza, pero no sonríen.

— Te diría que con el tiempo acabarán cogiéndote cariño, pero no es verdad — murmura Serena.

— No confían en los forasteros — añade Gideon —. No se les puede culpar por ello, ¿no?

—¡Viv!

Marquis entra en el campamento, seguido de Atlas y Jasper.

— Te puedes quedar esta noche. — Echa una mirada a los otros —. Pero por la mañana tenemos que marcharnos.

—¿Cómo lo has convencido? — pregunto, echándole una mirada nerviosa a Jasper.

— Atlas le salvó la vida a Philippa hace unas semanas — responde Marquis, en voz baja —. Para Jasper es como una hermana.

Jasper me lanza una mirada hostil y pasa de largo, entrando en el campamento.

— Los dragones no deberían ser capaces de verte a través de los árboles — me dice Atlas, acercándose —. Pero si lo hacen, Jasper me hará responsable a mí. Así que ve con cuidado, Featherswallow.

Capto un destello juguetón en sus ojos y siento que el corazón me da un brinco. ¿Qué está pasando? Atlas — mi Atlas — debería estar enterrado en el cementerio escogido por su madre. ¿Quién es este chico que se mueve por el campamento como si hubiera nacido aquí?

Nos adentramos en el bosque, y nos rodean las sombras.

Aquí no hay cabañas, pero arden varias hogueras, rodeadas de un grupo de niños cada vez mayor, procedentes de diversas direcciones.

Dos niñas pasan a nuestro lado cargadas con una bolsa de malla llena de moluscos marrones que echan en una olla enorme de metal.

Atlas me entrega una bolsa de lona llena de paja.

Al levantar los brazos, veo cómo se le marcan bajo las mangas de la chaqueta.

¿No ha dicho algo Serena sobre entrenamiento?

— Siéntate — me dice, con voz suave.

Yo observo a los niños moviéndose como una maquinaria perfecta, cortando pan y cargando agua. El sol se está poniendo en el horizonte, y les ilumina el rostro con rayos de luz dorada.

—¿Quiénes son?

— Niños delincuentes — dice Atlas, encendiendo un cigarrillo —. Los que rechazaron la oferta de evacuación. Solo un puñado abandonaron la isla antes de que se presentara aquí el ejército de Wyvernmire.

Levanto las cejas, sorprendida. En ese momento Marquis, Serena y Gideon se sientan a nuestro lado.

—¿Prefieren vivir aquí?

— En realidad tiene sentido — responde Marquis, mirando al grupo de niños y adolescentes sentados sobre la hierba —. Aquí nadie tiene que llevar un pase de clase.

— Yo preferiría llevar un pase de clase que ser devorado — señala Gideon.

Cruza los brazos y observo que sigue lanzando frecuentes miradas al cielo. Tiene ojeras, y está más delgado que antes. Parece aterrado, pero tiene sentido que esté aquí. Él conoce la isla mejor que cualquiera de nosotros.

Una niña se acerca y nos deja un montón de pájaros muertos delante.

— Jasper dice que acabéis de desplumarlos.

— Jasper se puede ir a paseo — murmura Marquis.

Gideon se saca un pequeño cuchillo del bolsillo y coge un pájaro.

— Pichones — dice Atlas, mientras Gideon empieza a arrancar las bellas plumas blancas al pájaro —. Cuando son adultos se vuelven duros como el cuero, pero los pichones son gorditos y tiernos.

Lo miro de frente.

— Atlas, sería un buen momento para que me contaras qué demonios estás haciendo aquí.

Gideon resopla, burlón.

— Y el resto también — añado, mirando a los demás —. ¿Por qué iban a escoger los rebeldes a un puñado de adolescentes para esta misión tan crucial? ¿Dónde están vuestro equipo de coordinación, vuestros suministros, vuestras armas?

— Tenemos pistolas — responde Serena, a la defensiva —. Y una radio — añade, señalando la pequeña radio que asoma del paquete que tiene a su lado, y el transmisor conectado a un cable.

—¿Y cuántos bolgoriths pensáis matar con eso?

— Es para informar — responde Serena, con voz fría —.

Actualmente nuestra actividad se centra en la radio.

¿No has oído hablar de Inglaterra contra los Bolgoriths , el programa de radio de los rebeldes?

Hacen reportajes de noticias, segmentos de ocio, esas cosas.

Hollingsworth cree que es bueno para mantener la moral.

Tenemos a un profesor de Oxford que tiene su espacio, y luego estoy yo.

— Pone los ojos en blanco —. Informando de cada movimiento de nuestra querida Golondrina.

—¿Mis movimientos?

— Solo cosas superfluas, por si interceptan el canal. Hoy, la Golondrina está moviéndose por las colinas de las Hébridas — dice, con tono burlón —. Hoy, la Golondrina lleva...

— Vale, ya lo pillo.

— Llevamos tres semanas en Canna — dice Atlas —. La Coalición nos encargó que nos dirigiéramos al interior, pero hemos dedicado la mayor parte del tiempo a sobrevivir.

— Nos han enseñado el aspecto que tienen las huellas de los guivernos, dónde es más probable que aniden y cómo evitar que nos maten mientras los buscamos, pero de momento no hay ni rastro de ellos — dice Serena —. Por favor, dime que tú sabes algo más, Featherswallow.

— Tenía un diario — digo yo —. Con información sobre los guivernos. Pero... se quedó en Londres.

— Londres — repite Marquis, sacando un encendedor del bolsillo de la pechera de Atlas —. ¿Y qué hacías allí?

— Los guivernos de las Hébridas hablan un idioma llamado cannair — les cuento, sintiendo un nudo en la garganta al pensar en todos los datos de la investigación que he dejado atrás —. He estado aprendiéndolo. Hollingsworth cree que los puedo convencer para que se unan a la guerra.

Marquis absorbe el humo del cigarrillo a través de los dientes.

— En Londres... ¿fuiste a casa?

Nos miramos y veo la nostalgia en sus ojos.

— No. Vivía en un lugar seguro.

Miro a Atlas. Sus ojos marrones están rodeados de gruesas pestañas que le rozan la piel del rostro. Cojo aire.

—¿Por qué dejaste que creyera que estabas muerto?

Marquis cambia de postura, incómodo.

— Nos contaron — empieza a decir Atlas, despacio — que estabas en una misión crucial. Hollingsworth dio órdenes estrictas de no distraerte.

— Y a mí me dijeron que le habían enviado tu cadáver a tu madre.

Los cuatro me miran, compungidos.

Solo puedo pensar en la boca mentirosa de Rita Hollingsworth, maquillada con pintalabios.

Philippa aparece detrás de nosotros, con unos cuantos pichones fritos ensartados en palitos. Me entrega uno, pringoso de aceite. De pronto siento un hambre atroz. Le doy un bocado, quemándome los labios al morder la suculenta carne, y siento la explosión de sabor.

— Esto podemos acabarlo más tarde — dice Atlas.

Una cincuentena de niños está cenando en torno a las hogueras, devorando pichones y relamiéndose con las almejas blancas que sirven en una serie de platos y cuencos desportillados.

Jasper moja una rebanada de pan en un cuenco de porcelana roto, observando el campamento con preocupación.

Está asustado, es evidente. Y no es de extrañar, con los dragones sobrevolando el bosque y la rebelde más buscada por Wyvernmire en su campamento.

¿Qué delito cometería para que lo enviaran a Canna?

¿Qué cosas supuestamente tan terribles habrán hecho estos niños para merecer que los mandaran a una muerte segura en una isla infestada de dragones?

Tras la cena, los veo trepar a los árboles.

—¿Qué están haciendo?

—¿A ti qué te parece? — responde Serena, sorbiendo el jugo de un hueso de pichón —. Duermen ahí arriba.

—¿En los árboles?

— Según parece, un dragón sin alas llamado Lindorm sale a cazar por esta zona. Y por lo que dicen, o aprendes a dormir fuera de su alcance, o no sobrevives a la noche.

—¿Entonces cómo es que tú sigues viva? — respondo.

Ella se me queda mirando y yo me encojo de hombros.

—¿Te sorprende que no me pueda imaginar a Serena Serpentine durmiendo en la copa de un árbol?

Philippa vuelve a acercarse, y de pronto agradezco su presencia.

De no ser por ella, estaríamos a oscuras en la colina, pasando frío, en lugar de junto a la hoguera.

Muy pronto, ella y otros niños me enseñan a atarme a una de las ramas bajas, metida en un saco de dormir, y sus risitas resuenan en el bosque.

Cuando por fin bajo, me duelen los brazos y las piernas. Atlas me está esperando.

— He pensado que podríamos dar un paseo — me susurra.

Asiento, pero él me agarra el brazo con una mano.

— No quiero que Jasper nos vea. Sígueme dentro de unos minutos, ¿vale?

— De acuerdo.