Capítulo 6
Atlas vuelve a subirse al caballo y luego me recoge.
Le agarro de la mano, y mis brazos y piernas se mueven por su cuenta, a pesar de los bandazos que da mi mente entre dos imágenes: Atlas, sangrando a través del uniforme azul de Bletchley; Atlas, galopando hacia mí, con el sol brillándole como oro en la piel.
De pronto estoy montada a caballo, y siento bajo mi cuerpo el calor del animal, que rebufa, asustado.
Me agarró a los duros pelos de la crin. Atlas me rodea con los brazos y sostiene las riendas.
Una espesa humareda nubla el cielo. No veo a Marquis ni a Chumana, pero cuando el caballo se lanza hacia el humo y sube por la ladera, oigo un grito a nuestras espaldas.
—¡Joder!
Me giro a mirar por encima del hombro de Atlas.
Ralph me mira desde la playa, y apunta con su pistola.
Nuestro caballo galopa ladera arriba, soltando espumarajos por la boca.
Oigo el zumbido de las balas que pasan cerca; bajo la cabeza, presionando el rostro contra el cuerpo del animal, e inhalo su olor almizclado.
Es lo único que me permite aferrarme a este momento, recordándome que esto no es una alucinación.
Una llamarada de dragón nos cae cerca y el caballo retrocede, arrojando piedras por la pared de roca hasta la playa.
Oigo la voz de Atlas apaciguando al caballo, llamándolo por su nombre.
Levanto la vista y veo que llegamos a lo alto del promontorio.
En la playa, las llamas se extienden por las tiendas.
Un bolgorith yace tendido sobre la arena, ensangrentado.
Seguimos galopando, esta vez colina abajo, y la presión del viento me deja sin respiración.
Veo otro caballo galopando por los campos, con una figura alta y desgarbada a las riendas.
¿Desde cuándo sabe montar mi primo?
Cierro los ojos, agarrándome con fuerza al caballo hasta que por fin frenamos. El caballo relincha y nos detenemos frente a un murete de sílex. Más allá se extiende un campo de trigo, salpicado de cabañas; al fondo se ve un enorme bosque.
— Ya era hora — dice una voz.
Al oírla doy un respingo y me deslizo desde el lomo del caballo al suelo. Entonces lo veo, sosteniendo las riendas de una yegua negra y mirándome con una sonrisa de disculpa.
— Marquis — exclamo, casi sin voz.
Nos lanzamos el uno contra la otra y lo agarro con fuerza, con rabia, clavándole los dedos en la espalda.
Tiene el cabello más largo y lleva uniforme militar y botas de combate.
Cuando nos separamos veo un brazal negro que le rodea el bíceps, decorado con la imagen de una golondrina.
Me lo quedo mirando, sin atreverme a girarme.
Oigo el contacto de las riendas con el lomo del caballo, el tintineo del bocado y luego el impacto de unos pies al caer al suelo. Pero sigo sin poder mirarlo.
— Está muerto — le susurro a Marquis —. Lo vi morir.
Marquis me apoya las manos en los hombros.
— No lo está — me dice, con suavidad —. Solo nos lo pareció.
Los ostreros siguen piando entre el murmullo del viento que se cuela a través de los árboles.
En torno a mis botas veo flores silvestres, y fijo la mirada en ellas mientras intento controlar la respiración.
Me giro a mirar a Atlas. Sostiene las riendas con una mano, y con la otra acaricia el morro del caballo.
Tiene el rostro sucio de hollín y el cabello empapado de sudor.
Es la primera vez que lo veo sin su alzacuellos de seminarista; lleva la misma ropa y el mismo brazal que Marquis.
Y sus ojos buscan los míos, implorándome que...
¿qué? ¿Qué es lo que haces cuando la persona que amas muere y vuelve a la vida?
Él suelta el caballo y da un paso hacia mí. Tiene las manos separadas y muestra las palmas, como si fuera a rezar. Lo examino con la mirada: el rubor de sus mejillas, la barba de tres días, el brillo de esperanza en sus ojos.
— Cuando me dispararon...
—¡Fuera de aquí!
Una voz interrumpe a Atlas y al girarme veo a un chico avanzando a toda prisa por el campo de trigo en dirección a nosotros. Es alto y delgado, y no lleva camisa. Tiene el cabello castaño, desaliñado, y una nariz larga cubierta de pecas. Se me queda mirando, contrariado.
— Ella no puede estar aquí — afirma —. Ya os lo dije, Wyvernmire vendrá a por ella.
— Vale, vale, no te vuelvas loco — replica Marquis —. Tampoco íbamos a llevarla al campamento.
— Ya estáis demasiado cerca — dice el chico.
Tras él aparecen un montón de niños, que nos miran desde lejos.
— Jasper — dice Atlas —, ¿de verdad no le puedes dar un respiro? — Se gira a mirar por encima del hombro —. Ahí fuera habrá dragones buscándola; deja que se esconda aquí hasta que caiga la noche. Luego nos vamos. Tienes mi palabra.
Jasper niega con la cabeza.
— Lo siento. Es demasiado peligroso.
Noto una mano que se cuela en la mía y doy un respingo.
—¿Tú eres Viv?
La niña tendrá unos diez años, y lleva un par de pantalones y una camisa que le viene varias tallas grande. Me sonríe con ganas y Marquis suelta un suspiro.
— Sí, Philippa. Es Viv.
— Jasper dijo que Marquis y Atlas podían ir al campamento de los guardias a buscarte, y ahora estás aquí. Dicen que eres una rebelde de Londres, y también han dicho... — Se interrumpe, jadeando, para coger aire —. Que puedes hablar con los dragones.
El corazón se me acelera. ¿Cómo es que Marquis y Atlas necesitaban permiso?
¿Por qué viven con los niños de Canna? ¿Y qué están haciendo en la isla?
Miro a la niña y asiento, sin saber muy bien cómo responder.
El contacto de su manita caliente en la mía me recuerda a Ursa.
Ella se gira hacia Jasper y levanta la barbilla.
— Deja que se quede — dice —. Quiero que me cuente cosas de los dragones.
Atlas y Jasper se miran fijamente a los ojos por encima de la cabeza de Philippa.
— Yo salvé a la tuya — le dice Atlas a Jasper —. Ahora tú salva a la mía.
«La mía».
No sé de qué está hablando, pero veo que Jasper suaviza el tono.
— Está bien — murmura, alzando la vista al cielo —. Pero que sea rápido.
Philippa me dedica una gran sonrisa y veo los huecos dejados por los dientes de leche.
Marquis inclina la cabeza hacia mí.
— Cruza los campos con Philippa y entrad en el bosque. — Luego hace una señal a Atlas y a Jasper —. Ya arreglaremos las cosas una vez allí.
— Estarás de broma — respondo —. Ni siquiera sé...
— Ya te lo explicaremos todo, primita. Pero de momento tienes que desaparecer.
Echo una mirada rápida a Atlas, que me está observando.
Siento que se me acelera la respiración.
Recuerdo la última vez que lo vi: el pecho se le hinchó, se deshinchó y no volvió a hincharse.
Había dejado de respirar. No tenía ninguna duda.
Él esboza una sonrisa, pero yo no puedo devolvérsela.
Me he pasado tres meses en esa fábrica de azúcar, llorando cada noche hasta caer dormida.
— Venga, Viv — dice Philippa, como si me conociera de toda la vida.
Dejo que me lleve por el campo hasta las cabañas.
Están hechas de madera de deriva y placas de metal claveteadas, y han rellenado los agujeros con algo que parece una mezcla de hierba y lana de oveja.
Philippa se cuela entre las cabañas, recorriendo senderos ya abiertos en el campo de trigo, y es como caminar por un pueblo.
Encontramos a niños que se nos quedan mirando al pasar.
Todos están trabajando: reparando las cabañas, moliendo algo en enormes morteros de arcilla, destripando pescado.
Un niño está sentado frente a una de las cabañas, desplumando un ave.
De todos los que he visto hasta ahora, ninguno puede tener más de dieciséis años.
Philippa sigue adelante, y no para hasta llegar frente a una larga fila de árboles.
El aire es fresco y húmedo. Sonríe y me coge de nuevo la mano, y juntas subimos un terraplén.
Veo cómo le oscila el cabello sobre la espalda, pero no dice nada hasta que llegamos arriba.
— Lo has conseguido — dice, eufórica, señalando hacia el otro lado del terraplén —. Camp Jasper.
Al otro lado se abre un valle, un cráter natural rodeado de árboles altísimos que nos cubren con sus sombras, tiñendo todo de verde.
Veo más niños, de piernas y brazos largos, y con la piel tostada por el sol, que corren arriba y abajo por la cuesta, amontonando leña, removiendo un líquido caliente en grandes recipientes.
Una chica algo mayor les grita a un grupo de niñas, que salen correteando, chillando como gaviotas.
Unas llevan ropa que les viene demasiado grande, y otras van desnudas, y de pronto observo que del cuello les cuelgan unas pequeñas bolsitas de fieltro.
Philippa también lleva la suya, oculta bajo la camisa.
— Por aquí — me indica Philippa, deslizándose cuesta abajo —. Te llevaré con tus amigos.
—¿Amigos?
Philippa se lanza ladera abajo y yo intento seguirla, resbalando torpemente por la cuesta. Noto que me ruborizo al ver que los niños dejan de jugar y me miran boquiabiertos, como si fuera algún tipo de atracción de feria.
—¿Otra nueva? — dice una niña.
— No — responde un niño, en voz alta —. Es demasiado mayor.
Philippa se gira hacia mí y me tira de la mano, impaciente.
— Tus amigos — repite.
Al otro lado del valle hay un grupo de adolescentes. La mayoría tiene herramientas y cuchillos hechos con sílex colgados del cinto, salvo dos, que llevan pistolas y brazales negros. Parecen completamente fuera de lugar, y cuando dejan de hablar entre ellos para mirarme, entiendo por qué.
—¿Serena? — pregunto, incrédula —. ¿Gideon?
Serena me mira sin inmutarse.
— Parece que el intento de rescate ha sido un éxito.
Lleva el cabello recogido en trenzas pegadas a la cabeza, y tiene las mejillas coloradas y curtidas. Luce el mismo uniforme que los chicos y un pañuelo al cuello, bordado con imágenes de dragones.