Guerra de dragones (Lengua de dragones 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

A medida que giro el dial y me centro en las llamadas más fuertes, empiezo a recordar la traducción de algunos conceptos: tierra, extraño, mañana.

Al principio pensaba que aquellas voces pertenecían a dialectos dracónicos diferentes, cuando en realidad el significado difiere según el vínculo emocional que une a los dragones que se comunican.

Muevo el dial ligeramente y detecto una transmisión aún más fuerte, a tal volumen que estoy a punto de arrancarme los auriculares de la cabeza.

Ese dragón debe de estar justo por encima de mi cabeza.

La llamada se compone de un gorjeo de tipo 06 seguido de un trino de tipo 15 y de un tono de tipo 3.

Tardo un poco en reaccionar, pero cuando lo hago me quedo atónita.

Es imposible.

Mi traducción debe de ser errónea. Vuelvo a escuchar, pero esas llamadas siguen en la mente como si el tiempo que pasé en el invernadero las hubiera grabado a fuego. ¿Cómo podría olvidar el encuentro que lo cambió todo? Combino los significados y siento que la cabeza me da vueltas.

«Saludos, niña humana».

Me pongo en pie tan rápido que la máquina se me cae al suelo.

Con manos temblorosas, aparto la solapa de la entrada y corro hacia la playa.

Ante mí se extiende la arena negra, bañada por las olas que besan la orilla a mi izquierda y levantan espumarajos.

Las aves marinas surcan el cielo y siento el sabor de la sal en la lengua.

Al otro lado de la bahía veo ovejas pastando en los campos verdes y, más allá, colinas cubiertas de árboles.

En el horizonte veo una ráfaga de humo pálido, pero el cielo está vacío.

«¿Dónde está?».

—¡Se supone que debes quedarte en la tienda! — me reprende Ralph, que aparece de la nada —. No voy...

Una llamarada recorre la pared del acantilado, lamiendo las tiendas de campaña como una serpiente de fuego.

Se oyen chillidos y los guardias corren a apagar el fuego, mientras los dragones búlgaros emprenden el vuelo desde la arena, en dirección al despeñadero.

Ralph me empuja hacia atrás justo en el momento en que la tienda más cercana se prende fuego, pero me lo quito de encima de un empujón, y acto seguido veo pasar un fogonazo rosa.

Un dragón hace un vuelo rasante sobre la playa, lanzando otra llamarada, y el corazón me da un vuelco en el pecho.

Chumana.

Entro en la tienda a toda prisa y meto la máquina locuisonus en su estuche.

Vuelvo corriendo a la arena, y corro por el campamento mientras Chumana lo sobrevuela, gruñéndoles a los dragones búlgaros que se le acercan.

Los ojos me lloran con el humo. ¿Por qué no la han atacado los bolgoriths?

¿Es que la han tomado por uno de los suyos?

Necesito subir a algún lugar elevado, donde pueda recogerme.

Corro hacia los acantilados, sin poder contener la emoción.

Chumana ha venido a por mí. Estoy a punto de escapar.

Wyvernmire sale de su tienda rodeada de un enjambre de guardias que se la llevan lejos de la orilla.

El aire me quema los pulmones. Corro, y a punto estoy de caerme en la arena, mientras oigo los chillidos en el cielo.

Cuando levanto la vista, Chumana y los dragones búlgaros que iban a por ella han desaparecido. Se me cae el alma a los pies.

«No, no, no — pienso —. Demasiado tarde».

Miro atrás. Ralph corre tras de mí, furioso.

Los fuegos se están apagando, y los guardias se van reagrupando.

Uno de ellos me señala con el dedo. Trepo por el camino que asciende por el acantilado, presa del pánico.

¿Es que los búlgaros han matado a Chumana?

Mis botas resbalan sobre las rocas, y me deslizo hacia la playa.

La máquina locuisonus está a punto de caérseme de las manos.

—¡Recluta! — me grita Ralph.

Lo tengo ya a pocos pasos, y veo el brillo de su casco blanco.

Un silbido grave.

Vuelve a sonar, y siento que el mundo se para de golpe. Luego suena una tercera vez.

Busco desesperadamente con la mirada, recorriendo el acantilado con la vista, cegada por la luz del sol. Reconocería esa señal en cualquier parte. Y entonces lo veo entre las rocas. Un rostro conocido. Podría llorar de alegría.

Marquis.

Chumana aparece de nuevo, con dos dragones búlgaros pegados a sus talones.

Sus rugidos resuenan en el aire mientras una lluvia de fuego y sangre cae sobre las tiendas.

Las llamas trazan círculos sobre la arena, evitando que otros guardias vengan a por mí.

Marquis gesticula, señalando con urgencia algo a mis espaldas.

Oigo un repiqueteo y me giro, justo en el momento en que una alta figura emerge de entre el humo.

No es un dragón, sino un caballo. Su jinete me mira, con el sol brillando tras su cabeza.

El pánico me congela la sangre en las venas y siento que las rodillas no me aguantan.

Echo mano de la golondrina que llevo colgada del cuello, porque lo que estoy viendo no es posible.

La figura baja del caballo y viene hacia mí.

Me recoge y me pone en pie. Intento quitármelo de encima, con los ojos cubiertos de lágrimas, porque sin duda debe de ser una visión, un fantasma.

Pero es tan tangible como mi propio cuerpo, y siento el calor de sus manos en la cintura.

El humo nos envuelve igual que lo hizo en sus momentos finales, pero lo veo con la máxima claridad.

Esa sonrisa pícara, el olor a menta, esos ojos de un marrón intenso.

Me envuelve el rostro con ambas manos y me habla con esa voz suave:

— Hola, Featherswallow.